Cuba no solo envió
discursos a África y América Latina. Envió hombres, armas, médicos, maestros,
técnicos, asesores y una parte considerable de su limitada capacidad nacional.
Lo hizo bajo el nombre de internacionalismo. Esa palabra ocupó durante décadas
un lugar casi sagrado en la retórica política cubana. Servía para explicar la
presencia en Angola, Etiopía, Argelia, Guinea Bissau, Mozambique, Nicaragua,
Bolivia, Chile, El Salvador, Colombia y Venezuela. Servía también para
convertir el sacrificio externo en deber histórico y causa del pueblo cubano.
Si hoy miramos esas
acciones desde la situación actual, aparecen muchas preguntas y reclamos. La
isla atraviesa apagones, escasez de combustible, deterioro alimentario,
salarios sin capacidad real de compra y una vida cotidiana marcada por la
espera. Se espera que haya electricidad, que se bombee agua, que aparezca con
qué cocinar los pocos productos a los que tienen acceso la mayoría de los
cubanos. Entre 2024 y 2026, el respaldo material visible de muchas naciones
beneficiadas por la política internacionalista cubana ha sido reducido,
desigual o casi inexistente. El apoyo diplomático contra el bloqueo permanece,
pero no se convierte de manera automática en petróleo, alimentos, créditos o
inversión. Esa diferencia entre gratitud verbal y ayuda concreta abre una
pregunta incómoda: ¿qué recibió el pueblo cubano a cambio de tantos años de
sacrificio?
El internacionalismo
como política de Estado
La participación cubana
en África y América Latina debe leerse dentro de la Guerra Fría, la
radicalización de la Revolución cubana y la dependencia económica, militar y
diplomática de la Unión Soviética. Cuba no fue un apéndice total de Moscú, pero
tampoco actuó con autonomía material plena. Cuba combinó iniciativa propia,
ambición ideológica, búsqueda de prestigio y dependencia de subsidios, armas,
petróleo y protección soviética.
Angola fue el caso
central. La Operación Carlota comenzó el 5 de noviembre de 1975. Su objetivo
inicial fue impedir la caída de Luanda antes de la independencia. Luego se
convirtió en una misión militar de larga duración. Datos conservadores estiman
que más 300 mil militares cubanos pasaron por Angola entre 1975 y 1991. A ellos
se sumaron cerca de 50.000 colaboradores civiles, entre ellos unos 10.000
docentes. Esa dimensión revela que no se trató de una ayuda simbólica, sino de
una movilización nacional de gran escala.
La presencia cubana en
África no se limitó a Angola. En Argelia hubo apoyo político, sanitario y
militar. En Guinea Bissau, Cuba aportó médicos e instructores al PAIGC. En
Etiopía envió entre 12.000 y 17.000 militares en el pico de la guerra del
Ogadén. En Mozambique participó con cooperación educativa, médica y técnica. En
Namibia su influencia fue indirecta, pero asociada al desenlace regional de la
guerra angoleña y al proceso de independencia. Esa variedad muestra que el
internacionalismo fue una política de múltiples instrumentos: guerra, salud,
educación, asesoría, propaganda y diplomacia.
En América Latina, la
política cubana tuvo otro rostro. En los años sesenta respaldó movimientos
guerrilleros en varios países. Bolivia quedó marcada por la experiencia del Che
en 1966 y 1967. Nicaragua recibió apoyo político, educativo y sanitario. El Salvador
mantuvo vínculos con la insurgencia. Chile fue escenario de influencia política
e inteligencia durante el gobierno de Salvador Allende. Colombia terminó
representando una mutación: Cuba pasó de inspirar procesos insurgentes a ser
sede y garante del proceso de paz con las FARC. Venezuela fue el caso tardío
más rentable para La Habana, con la relación de médicos por petróleo y una
alianza estatal de gran peso económico.
El discurso de Fidel
Castro presentó esas acciones como deber moral. África aparecía como deuda
histórica. Angola era una causa de dignidad. La lucha contra el apartheid, el
colonialismo y el imperialismo funcionaba como argumento político y emocional.
Esa narrativa no fue vacía. Hubo riesgos reales, muertos reales y una presencia
cubana reconocida en varios procesos de liberación. Pero tampoco puede ser
leída sin cálculo político. El internacionalismo elevó el prestigio de Fidel,
fortaleció la imagen mundial de Cuba, le dio liderazgo en el Movimiento de
Países No Alineados y permitió convertir las privaciones internas en parte de
una épica exterior.
El costo que quedó
dentro de Cuba
El costo humano fue alto.
La Operación Tributo recordó 2.289 restos de combatientes repatriados desde
África en 1989. Otras estimaciones ubican los muertos cubanos en Angola en
torno a 2.016 a 2.100. No existe una contabilidad pública definitiva, lo que obliga
a tratar las cifras con cautela, pero no reduce la gravedad del sacrificio.
El costo económico es más
difícil de calcular. El propio Fidel afirmó que Angola pagaba alojamiento y
alimentación de las tropas, y que Cuba pagaba salarios y primas de guerra. La
Unión Soviética asumió una parte grande del aparato material. Sin embargo, eso
no elimina el costo cubano. Cuba puso personas, organización, logística,
cuadros profesionales y años de trabajo que no fueron dedicados a la
agricultura, la vivienda, el transporte, la infraestructura o los servicios
internos, con un costo incalculable.
Ese es el punto que más
afecta al pueblo cubano. Los discursos hablaban de solidaridad internacional,
pero la vida cotidiana cargaba con ausencias. Miles de familias entregaron
hijos, padres, hermanos, médicos, maestros y técnicos a misiones lejanas. Muchas
recibieron ceremonias, medallas y consignas, pero no necesariamente
explicaciones completas. El dolor fue absorbido por el relato oficial del héroe
internacionalista. La pregunta económica quedó casi siempre fuera del debate
público: ¿cuánto dejó de construirse dentro de Cuba para sostener una política
exterior tan ambiciosa? No olvidemos que Cuba estaba saliendo de la “Zafra de
los 10 millones” en 1970 y las penurias económicas de aquella desastrosa idea
de Fildel.
La comparación con el
presente vuelve más dura esa pregunta. Entre 2024 y 2026, Cuba enfrenta una
contracción económica, apagones masivos, escasez de combustible y problemas
alimentarios, como nunca. El apoyo diplomático contra el bloqueo se mantuvo en
organismos internacionales, pero la ayuda material visible fue limitada.
Argelia es uno de los pocos casos con apoyo material relevante, por sus
exportaciones de crudo y gas. Angola, país donde Cuba concentró su mayor
esfuerzo histórico, solo da su apoyo diplomático, pero sin una ayuda material
proporcional. Namibia muestra gestos solidarios incipientes. Colombia y Bolivia
sostienen apoyo político. Venezuela, que fue soporte material decisivo durante
años, aparece en 2026 con un auxilio reducido o interrumpido. Nicaragua, lejos
de aliviar la situación cubana, eliminó la exención de visado para cubanos.
Mozambique, Etiopía, Guinea Bissau y Congo no muestran, una colaboración
material relevante y visible.
Esa realidad no se puede afirmar
que todos abandonaron a Cuba. Hay apoyos diplomáticos, memorias agradecidas y
gestos simbólicos. Pero sí permite sostener una tesis más precisa: la
reciprocidad material ha sido débil frente a la magnitud del sacrificio
histórico. Muchos países que recibieron tropas, médicos, maestros, armas,
asesoría o respaldo político no aparecen hoy como sostén efectivo de la
sociedad cubana. La gratitud existe en discursos, aniversarios y comunicados.
El problema es que la electricidad, el combustible, los alimentos y los
medicamentos no llegan por medio de discursos. El hambre no se elimina con
palabras.
Aquí se produce el mayor
desajuste entre memoria y realidad. Cuba construyó una red de prestigio, pero
no una red de auxilio suficiente. Ganó reconocimiento en sectores del Sur
global, pero no garantías materiales para su población. Ganó una narrativa heroica,
pero perdió vidas, recursos, capital humano y autonomía económica. La política
internacionalista presentó el sacrificio como virtud nacional, pero pocas veces
permitió discutir cuánto costaba esa virtud a quienes hacían colas, vivían con
salarios insuficientes o veían partir a sus familiares hacia guerras y misiones
decididas desde arriba. Nunca se consultó al pueblo, fue una decisión de Fidel
y así debía cumplirse.
No se trata de negar el
valor histórico de algunas acciones cubanas. La defensa inicial de Angola, el
aporte a la independencia de Namibia, la cooperación médica y educativa en
países africanos y latinoamericanos dejaron huellas reales. Tampoco se trata de
convertir toda solidaridad en cálculo mercantil. La ayuda entre pueblos no
siempre puede medirse con una factura. Pero una cosa es reconocer el valor de
la solidaridad y otra muy distinta es aceptar que un Estado use durante décadas
los recursos de su pueblo sin rendir cuentas claras sobre costos, pérdidas y
beneficios.
La paradoja es severa.
Cuba ayudó a sostener gobiernos, formar cuadros, educar niños, curar enfermos y
ganar batallas fuera de sus fronteras. Hoy, buena parte de esos antiguos
beneficiarios no tiene capacidad, voluntad o prioridad política para auxiliarla
de manera proporcional. La historia dejó una deuda moral, pero la política
internacional contemporánea se mueve por intereses, recursos y coyunturas. La
memoria agradece; los mercados deciden. La retórica acompaña; los barcos con
combustible no siempre llegan.
El internacionalismo
cubano fue una de las políticas exteriores más activas del siglo XX en el Sur
global. Tuvo gestos de valor, resultados concretos y costos profundos. El
pueblo cubano pagó una parte alta de esa política con vidas, trabajo,
privaciones y silencio. La crisis actual permite mirar hacia atrás con menos
consignas y más preguntas. La más dura no es si Cuba fue solidaria. Lo fue. La
pregunta es si el pueblo cubano fue consultado, informado y recompensado por
una solidaridad que hoy, en su hora más difícil, regresa en forma de homenajes,
votos diplomáticos y muy poca ayuda material.