domingo, 11 de octubre de 2026

Lo que el estudiante debe demostrar cuando trabaja con IA

 Infografía que resume las funciones de la IA en el aprendizaje, los principios de transparencia, progresión y reflexión, y la necesidad de comprender, verificar y justificar las decisiones del estudiante.

Recientemente, en un posgrado, los participantes debían crear una presentación animada, donde el texto debía ser mínimo, con un tamaño de fuente superior a los 24 puntos y las imágenes relacionadas con el contenido. A pesar de que se advirtió de esas características, la casi totalidad prefirió entregar su trabajo elaborado con IA, sin modificación alguna. A muchos les escribí: ¿a quién debo calificar, a la IA o a ti?

Lo mismo me pasó con un grupo de estudiantes de la mención en tecnología educativa. Les pedí un ensayo; podían emplear la IA, pero debían explicar qué hicieron. Sin embargo, al preguntarle a varios de ellos por qué seleccionó esa idea, no pudieron explicarlo. De ese mismo grupo, otros estudiantes contrastaron las respuestas, y justificaron su contenido. La pregunta que todos nos hacemos es: ¿Qué estamos evaluando cuando calificamos únicamente lo que entregan?

La pregunta adquiere importancia cuando la IA interviene en tareas que antes realizaba el estudiante. La escritura, la síntesis y la transformación de información pueden distribuirse entre la persona y el sistema. Esto obliga a precisar qué debe aprender el estudiante y cómo podrá demostrarlo. Una consigna que permite trabajar con IA necesita criterios de evaluación coherentes con esa participación.

Acabo de encontrar un artículo de Sun, Dohn y Rehm (2026) que aporta una perspectiva útil para examinar este problema. Los autores revisaron 102 estudios empíricos sobre IA generativa en educación superior. Su interés fue identificar cómo se reparte el trabajo de producir, evaluar y transformar conocimiento. A partir de ese análisis, plantean una relación entre las actividades que incorporan IA y las expectativas universitarias sobre competencia individual.

Una herramienta puede cumplir funciones muy diferentes

En la revisión, 43 estudios se clasificaron como usos de la IA en función de asistente y otros 43 como facilitador del desarrollo de competencias. Juntos representan aproximadamente el 84,3 % de todos los estudios. En el primer caso, el estudiante produce un trabajo y recibe ayuda para mejorarlo. En el segundo, la interacción se orienta a desarrollar pensamiento crítico, creatividad o autorregulación. Son configuraciones que permiten seguir atribuyendo al estudiante la competencia que se pretende formar.

Los otros usos tuvieron menor presencia. Ocho estudios correspondieron a generación de productos, cinco a elaboración de materiales sintéticos y tres a transformación de contenidos. La generación puede producir un artefacto a partir de pocas instrucciones, los materiales sintéticos incluyen casos ficticios para practicar y la transformación convierte un contenido a otro formato, estilo o contexto. Una misma herramienta puede cumplir cualquiera de estas funciones, por lo que su papel depende de la actividad diseñada.

Estos porcentajes describen los estudios seleccionados, no la frecuencia de uso de todos los universitarios. Tampoco demuestran que una función produzca más aprendizaje que otra. Los autores interpretan el predominio de ciertas configuraciones como expresión de su compatibilidad con las expectativas institucionales. Reconocen que la distribución también puede estar influida por lo que se investiga y publica.

Su aporte consiste en mostrar que cada forma de participación exige algo diferente. Cuando la IA comenta un texto escrito por el estudiante, este debe comprender y valorar las sugerencias. Si genera un texto, necesita examinar su integridad y distinguirlo de una evidencia real. Cuando transforma un artículo en una infografía, debe comprobar que conserve los conceptos y relaciones importantes. Pedir el mismo tipo de explicación en todas estas tareas puede resultar insuficiente.

La contradicción aparece cuando solicitamos un producto con IA y luego lo calificamos como si toda su elaboración hubiera sido individual. También aparece cuando aceptamos un resultado bien presentado sin comprobar qué comprende su autor. En ambos casos falta claridad sobre la contribución esperada. El estudiante queda obligado a interpretar reglas que pueden cambiar entre la consigna y la evaluación.

Desde el enfoque histórico cultural, las herramientas forman parte de la actividad humana y de sus posibilidades de actuación. El artículo recupera esta comprensión mediante Wertsch y la idea de «persona más» de Perkins. La competencia puede expresarse en la acción de una persona con sus herramientas. Sin embargo, un desempeño ampliado por la tecnología no permite suponer automáticamente que se ha producido aprendizaje. Necesitamos examinar qué conocimientos y decisiones hacen posible ese desempeño y cuáles puede explicar el estudiante.

Por eso, prohibir o permitir la IA de manera general no resuelve el problema pedagógico. El docente debe decidir qué acciones son necesarias para alcanzar el objetivo. Si busca que el estudiante construya un argumento, tiene que ofrecer oportunidades para que lo formule, lo contraste y lo defienda. Si busca que transforme información para un público específico, necesita evaluar la fidelidad del contenido y las razones de su adaptación. El lugar de la IA debe definirse a partir de esas exigencias.

Hacer visible la contribución del estudiante

Sun y sus colaboradores proponen tres principios: transparencia, progresión y reflexión. La transparencia exige explicar desde el inicio qué puede hacer la IA, qué corresponde al estudiante y cómo se evaluará su participación. Una indicación como «pueden usar IA» deja demasiadas cuestiones abiertas. Conviene precisar qué fuentes deben consultar, qué resultados necesitan verificar y qué decisiones tendrán que justificar.

La progresión implica diseñar actividades con diferentes repartos del trabajo. Puede comenzarse con la revisión de un texto propio, continuar con el análisis de un caso sintético y después transformar un contenido. El avance depende de los objetivos y conocimientos previos. Esta secuencia es una orientación propuesta por los autores, no una fórmula validada para cualquier curso. Su valor está en ampliar gradualmente las responsabilidades que el estudiante aprende a asumir.

La reflexión permite explicar qué se hizo y por qué. Para que tenga valor formativo, debe referirse a decisiones concretas. Resulta más útil justificar por qué se descartó una respuesta que afirmar de manera general que se utilizó la IA responsablemente. También importa reconocer una duda que permanece después de revisar el resultado. La reflexión puede ayudar al docente a retroalimentar el proceso mientras todavía es posible mejorarlo.

A partir de estos principios, podemos pensar en una actividad de transformación de un artículo académico en una infografía. Antes de consultar la IA, el estudiante identifica la tesis del texto y selecciona los conceptos esenciales. Después compara su interpretación con la propuesta del sistema. Finalmente, revisa qué relaciones se conservaron, qué información se simplificó y qué errores debió corregir. La evidencia incluye el producto y una explicación breve de las decisiones que determinaron su versión final.

Este ejemplo es una propuesta de aplicación pedagógica, no una actividad evaluada por el estudio. Su interés está en conectar comprensión, interacción y revisión. La taxonomía de Bloom puede ayudar a precisar esas exigencias: identificar información, explicar relaciones, analizar una transformación y valorar su adecuación. Crear un producto con IA adquiere sentido educativo cuando la tarea ofrece evidencias de esas acciones. El verbo «crear» en la consigna, por sí solo, no garantiza un proceso cognitivo complejo.

Hacer visible el aprendizaje tampoco requiere acumular capturas de pantalla o transcribir conversaciones enteras. La documentación debe ser suficiente para comprender las decisiones relevantes. Una comparación entre versiones y una breve defensa pueden aportar más que un registro extenso sin análisis. La retroalimentación puede centrarse en la comprensión de la fuente, la calidad de la verificación y la pertinencia de los cambios realizados.

La revisión de Sun, Dohn y Rehm invita a reconsiderar qué reconocemos como trabajo competente en la universidad. Sus explicaciones requieren investigación en las aulas, pero ofrecen preguntas necesarias para el diseño docente. Cuando la IA participa en la producción, debemos precisar qué contribución intelectual esperamos del estudiante. Un buen resultado es parte de la evidencia. Comprenderlo, revisarlo y responder por las decisiones que lo hicieron posible permite valorar mejor lo aprendido.

Si deseas leer todo el artículo o un resumen traducido del mismo te invito a https://lectura-alfabetizacion-ia-carlos.cbravoreyes.chatgpt.site/



Sun, Z., Dohn, N. B., y Rehm, M. (2026). Literacy Demands Placed on Students in Student–GenAI Entanglements in Higher Education. Postdigital Science and Education. https://doi.org/10.1007/s42438-026-00697-7

martes, 6 de octubre de 2026

De la inteligencia artificial individual a la inteligencia colectiva: aprender con otros en tiempos de IA

La expansión de la inteligencia artificial generativa en la educación superior ha creado una escena que ya resulta familiar. Un estudiante se sienta frente a una pantalla, formula una pregunta y recibe una respuesta elaborada en pocos segundos. Puede pedir otra explicación, solicitar ejemplos, resumir un texto, corregir un escrito o generar ideas. La interacción parece muy activa, pero ocurre casi siempre de manera individual. Es el estudiante frente a la inteligencia artificial y es esta la que hace todo.

Es que estamos utilizando una tecnología nueva para reforzar una concepción bastante antigua del aprendizaje.

En el informe de UNESCO (UNESCO., 2026) The algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI for the future of education, Imogen Casebourne y Rupert Wegerif plantean una perspectiva diferente. Su pregunta no se limita a cómo la inteligencia artificial puede mejorar el aprendizaje individual. Se preguntan si puede contribuir al desarrollo de la inteligencia colectiva, entendida como la capacidad de los grupos para pensar, aprender y resolver problemas de una manera que supere las posibilidades de cada integrante por separado.

La pregunta resulta especialmente relevante para la educación superior. Muchas de las herramientas actuales prometen personalización, respuestas adaptadas, tutoría individual y retroalimentación inmediata. Sin embargo, los problemas que los futuros profesionales tendrán que enfrentar rara vez podrán resolverse mediante una conversación aislada entre una persona y una máquina.

El cambio climático, los conflictos sociales, los problemas educativos, la pobreza, la salud pública o las transformaciones derivadas de la propia inteligencia artificial exigen interpretar perspectivas diferentes, dialogar, contrastar información, negociar significados y construir soluciones con otros.

La pregunta pedagógica cambia entonces de dirección: ¿qué ocurre si dejamos de pensar en la IA solamente como asistente de cada estudiante y comenzamos a considerarla como una mediación dentro de procesos colectivos de aprendizaje?

De conversar con la IA a pensar con otros

Casebourne y Wegerif parten de una idea sugerente. La inteligencia no tiene que concebirse únicamente como algo que existe dentro de la mente individual. También puede emerger de las relaciones entre las personas. Por ello, el diálogo adquiere un papel central en la inteligencia colectiva.

Pero dialogar significa algo más que hablar. Implica formular preguntas, escuchar, cuestionar supuestos, interpretar perspectivas diferentes y modificar las propias ideas como resultado de la interacción. Los autores relacionan estas características con las pedagogías dialógicas y con actividades abiertas donde los estudiantes construyen conjuntamente explicaciones y soluciones.

Esta perspectiva encuentra un punto de encuentro muy interesante con el enfoque histórico cultural. No porque ambos planteamientos sean equivalentes, sino porque permiten pensar el aprendizaje desde una concepción social. Desde la perspectiva vigotskiana, el desarrollo de las funciones psicológicas superiores tiene un origen social y está mediado por herramientas y signos culturales. El estudiante no aprende simplemente recibiendo información, sino participando en actividades con otros, apropiándose progresivamente de instrumentos culturales y transformando esas experiencias en procesos internos. Por ello debemos comprender que la inteligencia artificial no elimina esta relación, por el contrario Introduce una nueva mediación dentro de ella.

El problema surge cuando la IA ocupa el centro de la actividad y desplaza la interacción social. Un estudiante pregunta, la IA responde y el estudiante acepta la respuesta. El circuito puede ser eficiente, pero pedagógicamente pobre. Incluso cuando veinte estudiantes realizan la misma tarea con veinte conversaciones independientes, seguimos ante veinte procesos individuales. En este caso la tecnología genera muchas respuestas sin generar necesariamente una construcción colectiva del conocimiento.

Casebourne y Wegerif proponen mirar en otra dirección. La IA podría facilitar proyectos en los que los estudiantes recopilen información, contrasten perspectivas, interpreten datos y elaboren soluciones comunes. También puede ayudar a traducir entre idiomas, sintetizar posiciones diferentes o identificar puntos de consenso dentro de grupos numerosos. Estas posibilidades podrían reducir algunas barreras que dificultan la colaboración.

Pensemos en una clase universitaria que estudia el abandono estudiantil. La actividad podría comenzar sin IA, cada estudiante analiza el problema desde su experiencia, formación y contexto. Después se contrastan perspectivas y se construyen preguntas comunes. La IA puede incorporarse posteriormente para analizar documentos, organizar información, sugerir interpretaciones o cuestionar argumentos. Pero sus respuestas no constituyen el resultado de la actividad, se convierten en un nuevo objeto de discusión. Un grupo puede aceptar una interpretación de la IA, otro puede rechazarla y un tercero puede detectar un sesgo. Los estudiantes deben explicar sus decisiones y construir una interpretación colectiva.

La diferencia parece pequeña, pero pedagógicamente es considerable. En el primer caso el estudiante pregunta a la IA qué debe pensar. En el segundo, la respuesta de la IA se convierte en un elemento para pensar con otros.

La paradoja de muchas respuestas parecidas

Existe, sin embargo, un problema que no debemos minimizar. La inteligencia artificial también puede reducir la diversidad cognitiva de un grupo. Casebourne y Wegerif advierten que cuando diferentes personas utilizan el mismo sistema de IA como fuente de inspiración pueden terminar generando ideas similares. La aparente multiplicación de respuestas podría ocultar una progresiva homogeneización del pensamiento. Esta posibilidad merece especial atención en nuestras clases.

Un profesor puede solicitar a treinta estudiantes que propongan soluciones para un problema. Antes de la IA, las respuestas podían ser incompletas, desiguales e incluso equivocadas, pero provenían de experiencias, conocimientos y procesos de razonamiento diferentes.

Ahora treinta estudiantes pueden consultar sistemas semejantes. Las respuestas serán probablemente más correctas en su forma, mejor organizadas y lingüísticamente más elaboradas. Sin embargo, también pueden parecerse considerablemente. Tendríamos treinta productos, pero no necesariamente treinta perspectivas.

Aquí aparece una paradoja educativa: la IA puede aumentar la producción individual y, al mismo tiempo, disminuir la diversidad necesaria para construir inteligencia colectiva.

Este problema se agrava porque los propios modelos se alimentan de conjuntos de datos que contienen ausencias, desigualdades y sesgos. Si un grupo construye su discusión a partir de respuestas semejantes generadas por sistemas entrenados con fuentes parcialmente homogéneas, determinadas voces pueden quedar invisibilizadas. Los autores advierten que estos procesos podrían reproducir e incluso amplificar prácticas de exclusión. Por ello, la inteligencia colectiva no consiste en colocar a varias personas alrededor de una herramienta de IA. Requiere preservar la diferencia.

Antes de consultar una IA, los estudiantes deberían tener oportunidades para expresar sus propias interpretaciones. Después de recibir una respuesta automatizada, necesitan contrastarla con otras fuentes, con sus compañeros y con la realidad que estudian. Finalmente, deben explicar qué conservaron, qué rechazaron y qué modificaron. En este proceso el docente mantiene una función decisiva.

Casebourne y Wegerif destacan que los profesores tendrán que enseñar a dialogar, cuestionar, desafiar e interpretar las recomendaciones automatizadas. También deberán favorecer condiciones de respeto, empatía y participación que hagan posible una auténtica construcción colectiva.

La función docente no disminuye. Cambia.

Ya no consiste solamente en proporcionar información que los estudiantes pueden obtener mediante una máquina. El profesor diseña situaciones donde esa información debe ser interpretada, confrontada y transformada mediante la interacción social.

Este cambio también obliga a revisar la evaluación. Si continuamos calificando exclusivamente el producto individual, será lógico que cada estudiante busque la manera más eficiente de producirlo con ayuda de la IA. Si valoramos la argumentación, la contrastación, la negociación de significados y la construcción compartida de soluciones, la relación con la herramienta cambia. La IA deja de ser una máquina para terminar tareas y comienza a formar parte de una actividad intelectual colectiva.

El reto, por tanto, no consiste en enseñar solamente a nuestros estudiantes a conversar mejor con ChatGPT, Gemini, NotebookLM o cualquier herramienta que aparezca después. Necesitamos enseñarles a pensar con otras personas en un contexto donde también participan sistemas de inteligencia artificial.

Casebourne y Wegerif imaginan una educación que no enseñe únicamente qué saber, sino también cómo negociar significados, construir soluciones y desarrollar comprensiones compartidas. Reconocen que todavía no existe una fórmula para conseguirlo. Será necesario experimentar, reflexionar y construir nuevas prácticas. Tal vez esa incertidumbre sea precisamente una oportunidad para la universidad.

Durante los últimos años hemos preguntado con insistencia qué puede hacer cada estudiante con la inteligencia artificial. La siguiente pregunta debería ser más exigente: ¿qué podemos llegar a pensar y construir juntos, con ayuda de la IA, que ninguno de nosotros podría alcanzar por separado?

Ese cambio de pregunta puede conducirnos desde una inteligencia artificial centrada en el individuo hacia una pedagogía de la inteligencia colectiva.

 

Referencias

Casebourne, I., & Wegerif, R. (2026). AI and education for collective intelligence: A futures perspective. In UNESCO, The algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI for the future of education (pp. 145–150). UNESCO

UNESCO. (2026). The algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI and the futures of educationThe algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI and the futures of education. UNESCO. https://doi.org/10.54675/PMRO5023