domingo, 1 de noviembre de 2026

El arte de diseñar experiencias de aprendizaje

Cuando comenzamos a incorporar la inteligencia artificial en nuestras prácticas educativas, una de las primeras habilidades que desarrollamos fue la formulación de instrucciones o prompts. Aprendimos a definir roles, especificar contextos, describir tareas y establecer criterios para obtener respuestas más pertinentes. Esta competencia sigue siendo valiosa, pero no agota las posibilidades pedagógicas de la tecnología.

El cambio más importante ocurre cuando dejamos de preguntarnos únicamente: "¿Qué puede hacer esta herramienta?", y comenzamos a plantearnos: ¿qué quiero que aprenda el estudiante al interactuar con ella?. Esta segunda pregunta modifica el proceso de diseño: ya no se trata solamente de formular una petición, sino de anticipar una secuencia de aprendizaje, identificar dificultades posibles, decidir cuándo ofrecer pistas y determinar cómo reconocer avances.

El modelo de conocimiento tecnológico, pedagógico y disciplinar (TPACK), desarrollado por Mishra y Koehler (2006), destaca que la integración educativa de la tecnología requiere articular el conocimiento tecnológico con el pedagógico y el disciplinar. Desde esta perspectiva, conocer una herramienta no basta para utilizarla con sentido educativo. Es necesario comprender el contenido que se enseña, las estrategias que favorecen su aprendizaje y las posibilidades y limitaciones del recurso tecnológico.

Por tanto, diseñar una experiencia de aprendizaje implica tomar decisiones que van más allá de la herramienta: qué conocimientos previos conviene activar, qué desafío puede promover la comprensión, qué tipo de ayuda necesita el estudiante y cómo se evaluará lo aprendido. La tecnología adquiere sentido formativo cuando estas decisiones pedagógicas orientan su utilización y no cuando la actividad se construye únicamente alrededor de sus funciones.

¿Qué aporta un asistente pedagógico personalizado?

Un asistente pedagógico personalizado es una configuración de inteligencia artificial diseñada para cumplir una finalidad educativa delimitada. Puede incluir instrucciones sobre su función, el enfoque metodológico, los contenidos, el nivel de los destinatarios, las formas de acompañamiento y los criterios de evaluación. También puede apoyarse en documentos curriculares y materiales de referencia seleccionados para orientar sus respuestas.

En lugar de proporcionar siempre soluciones completas, el asistente puede formular preguntas orientadoras, proponer pasos graduales, ofrecer ejemplos alternativos, solicitar justificaciones y ayudar a revisar los avances mediante una rúbrica. Por ejemplo, ante una respuesta incompleta, puede preguntar qué evidencia respalda una afirmación o qué aspecto del problema todavía necesita explicación, en vez de sustituir inmediatamente el razonamiento del estudiante por una respuesta terminada.

Este tipo de diseño no exige necesariamente conocimientos de programación. Algunas plataformas permiten configurar asistentes mediante instrucciones y documentos de referencia. Sin embargo, las posibilidades concretas dependen de las funciones disponibles en cada entorno, y la personalización no garantiza por sí sola una mejor experiencia educativa.

También es importante reconocer que los asistentes integrados en otras plataformas pueden promover estrategias semejantes. La aportación específica de un asistente diseñado por el docente reside en la posibilidad de explicitar una intención curricular, establecer criterios de interacción y mantener una orientación coherente con los objetivos de la actividad.

Para que esa configuración resulte útil, es necesario probarla con tareas representativas, revisar la pertinencia de sus respuestas e identificar posibles errores o instrucciones ambiguas. La experiencia real de los estudiantes debe orientar los ajustes. Diseñar un asistente no es una tarea que termina cuando se redactan sus instrucciones; es un proceso de revisión continua.

Un ejemplo desde la creación multimedia

Pensemos en una asignatura de Multimedia Educativa. Un estudiante solicita a una herramienta de inteligencia artificial: «Crea un cuento interactivo sobre el cuidado del medioambiente para primaria». La herramienta puede producir una narración atractiva, proponer personajes y sugerir imágenes. Sin embargo, la calidad aparente del producto no demuestra necesariamente que el estudiante haya desarrollado competencias de diseño didáctico.

Si el docente configura un asistente para acompañar esa actividad, el proceso puede comenzar con preguntas diferentes: ¿qué aprendizaje se busca promover?, ¿qué conocimientos tienen los niños sobre el tema?, ¿qué decisiones deberán tomar durante la historia?, ¿cómo contribuye cada interacción a comprender el contenido? Estas preguntas ayudan a vincular la narrativa con una finalidad educativa concreta.

Durante el desarrollo, el asistente puede invitar al estudiante a revisar la coherencia de la historia, comprobar que las decisiones interactivas tengan sentido, analizar la accesibilidad de los recursos visuales y establecer qué evidencias permitirán valorar el aprendizaje. También puede solicitar que justifique por qué eligió una determinada estructura narrativa o cómo adaptaría el contenido a las características de sus destinatarios.

El estudiante continúa siendo responsable de las decisiones: selecciona, argumenta, modifica y evalúa. La inteligencia artificial puede hacer visibles aspectos que requieren atención, pero no reemplaza la comprensión del propósito educativo ni el juicio necesario para tomar decisiones de diseño.

La diferencia entre ambos escenarios no consiste simplemente en que uno produce un recurso y el otro utiliza una herramienta más sofisticada. Reside en el lugar que ocupa el aprendizaje dentro del proceso. En el primer escenario, la atención se concentra en obtener un producto; en el segundo, la elaboración del producto también se convierte en una oportunidad para desarrollar competencias de planificación, diseño, argumentación y evaluación.

Más allá de los prompts: capacidades con propósito

La evolución de la inteligencia artificial ha favorecido el desarrollo de instrucciones, procedimientos y capacidades especializadas que pueden reutilizarse en diferentes tareas. En algunos entornos, estas capacidades se denominan skills y permiten organizar procedimientos para propósitos específicos, como apoyar la planificación didáctica, revisar aspectos de accesibilidad o estructurar retroalimentación formativa.

No obstante, es importante distinguir entre una instrucción que describe una capacidad pedagógica y una skill técnica implementada en una plataforma. Aunque ambas pueden estar relacionadas, no son necesariamente equivalentes: una describe una forma de actuación, mientras que la otra puede requerir una estructura o funcionalidad específica del entorno tecnológico.

Desde el punto de vista educativo, la cuestión más importante no es cuántas capacidades puede incorporar un asistente, sino qué necesidad de aprendizaje justifica cada una. Una función para revisar la accesibilidad puede ser pertinente si la tarea exige diseñar materiales inclusivos; una función para proporcionar retroalimentación puede resultar útil si existen criterios claros para orientar la revisión. En cambio, acumular funciones sin una finalidad definida puede aumentar la complejidad sin mejorar la experiencia.

Por ello, antes de incorporar nuevas capacidades, conviene precisar qué aprendizaje se espera, qué tarea puede apoyarse mediante la herramienta y qué decisiones deben permanecer bajo responsabilidad humana. La sofisticación tecnológica no constituye, por sí misma, una medida de calidad pedagógica.

La mediación humana no se delega

El diseño de experiencias de aprendizaje con inteligencia artificial debe incorporar criterios éticos y profesionales. Miao y Holmes (2023), en las orientaciones de la UNESCO sobre IA generativa en la educación y la investigación, destacan la importancia de un enfoque centrado en las personas y de considerar aspectos como la protección de datos, la seguridad y la pertinencia pedagógica. Asimismo, el marco de competencias para docentes elaborado por Miao y Cukurova (2024) resalta la necesidad de desarrollar capacidades profesionales y éticas para integrar estas tecnologías en la educación.

Estas consideraciones tienen consecuencias directas para el diseño de asistentes pedagógicos. Un sistema puede proporcionar información incorrecta, reproducir sesgos o interpretar de forma inadecuada una respuesta. También puede solicitar o procesar información personal que no resulta necesaria para la actividad. Por ello, el docente debe verificar los contenidos, seleccionar cuidadosamente los materiales de referencia, proteger la privacidad de los estudiantes y revisar la pertinencia de las recomendaciones generadas.

La supervisión humana no debe reducirse a comprobar si una respuesta parece correcta. También implica valorar si la intervención es apropiada para el nivel educativo, si respeta la diversidad de los estudiantes y si contribuye realmente al objetivo de aprendizaje. Una respuesta técnicamente correcta puede resultar pedagógicamente insuficiente si no considera los conocimientos previos o las necesidades de quien aprende.

Además, el acompañamiento debe preservar la autonomía del estudiante. Si el asistente proporciona todas las respuestas, resuelve cada dificultad y toma todas las decisiones, puede reducir las oportunidades de practicar el razonamiento independiente. En cambio, si ofrece ayudas graduales, solicita explicaciones y permite revisar los intentos, puede favorecer una participación más activa en la construcción del conocimiento.

Diseñar acompañamiento, por tanto, no significa automatizar el juicio pedagógico. Significa utilizar la tecnología con una finalidad clara, reconocer sus límites y mantener la responsabilidad humana sobre las decisiones educativas relevantes.

El verdadero arte de diseñar experiencias

La incorporación de inteligencia artificial nos invita a revisar nuestra práctica docente y la manera en que concebimos las experiencias de aprendizaje. La pregunta más importante quizá ya no sea cuántas herramientas conocemos o cuántas funciones somos capaces de configurar, sino qué experiencias podemos diseñar para que los estudiantes comprendan, cuestionen y creen con autonomía.

Diseñar un asistente pedagógico implica anticipar preguntas, reconocer dificultades, ofrecer apoyos oportunos y crear oportunidades para que cada estudiante construya explicaciones propias. Requiere relacionar los objetivos curriculares con las actividades, establecer criterios de retroalimentación y comprobar que las interacciones contribuyan al aprendizaje esperado.

La inteligencia artificial puede generar respuestas, actividades y recursos en cuestión de segundos. Sin embargo, convertir esas posibilidades en experiencias educativas significativas requiere intención, criterio y sensibilidad docente. También exige evaluar de manera continua si las herramientas están ayudando a comprender mejor o si, por el contrario, están sustituyendo procesos que el estudiante necesita aprender a realizar.

El verdadero arte no consiste en conseguir que la inteligencia artificial haga cada vez más tareas, sino en decidir con fundamento cuáles conviene apoyar mediante la tecnología y cuáles deben continuar siendo parte del esfuerzo intelectual del estudiante. La innovación educativa adquiere sentido cuando amplía las oportunidades de aprender sin perder de vista la autonomía, la responsabilidad y el valor de la mediación humana.

En última instancia, diseñar experiencias de aprendizaje con inteligencia artificial significa poner la tecnología al servicio de una intención pedagógica y no convertir la pedagogía en una consecuencia de las posibilidades tecnológicas. El propósito no es solamente obtener mejores productos, sino formar personas capaces de comprender, argumentar, crear y tomar decisiones fundamentadas.

¿Estamos enseñando a obtener mejores respuestas de la inteligencia artificial o estamos diseñando experiencias para aprender a formular mejores preguntas?

Referencias

Kasneci, E., et al. (2023). ChatGPT for good? On opportunities and challenges of large language models for education. Learning and Individual Differences, 103, 102274. https://doi.org/10.1016/j.lindif.2023.102274

Miao, F., & Cukurova, M. (2024). AI competency framework for teachers. UNESCO. https://doi.org/10.54675/ZJTE2084

Miao, F., & Holmes, W. (2023). Guidance for generative AI in education and research. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000386693

Mishra, P., & Koehler, M. J. (2006). Technological pedagogical content knowledge: A framework for teacher knowledge. Teachers College Record, 108(6), 1017–1054. https://doi.org/10.1111/j.1467-9620.2006.00684.x

 

domingo, 25 de octubre de 2026

Cuando el trabajo es excelente, pero el aprendizaje sigue siendo una pregunta



El pasado semestre, en una de mis materias, orienté la creación de un ensayo, donde no se prohibía el empleo de la IA. Durante la defensa oral le pregunté a un estudiante por una frase de su trabajo. Su respuesta fue: “De tanto que escribí, no recuerdo esa parte”. Era obvio que la IA había creado el ensayo.

La pregunta que debemos plantearnos es: ¿qué comprende el estudiante de aquello que acaba de presentar? Esta situación real y que se repite todos los días expresa una dificultad que merece nuestra atención, porque la calidad de un producto elaborado con inteligencia artificial no basta para determinar el aprendizaje de quien lo entrega.

La discusión suele concentrarse en cuánto utilizó el estudiante la IA, qué herramienta empleó o si declaró su intervención. Estas preguntas tienen sentido, pero resultan insuficientes cuando el objetivo es valorar conocimientos, capacidades de análisis y decisiones fundamentadas. Conocer la herramienta utilizada no permite establecer, por sí solo, qué operaciones intelectuales realizó el estudiante y cuáles delegó.

La revisión sistemática de Crompton y Burke (Crompton & Burke, 2026) , publicada el 16 de octubre en International Journal of Educational Technology in Higher Education, ofrece un punto de partida para examinar este problema. Las autoras analizaron 72 estudios empíricos correspondientes a 24 países y 20 disciplinas, e identificaron tres enfoques de rediseño evaluativo: orientación al proceso, autenticidad y evaluación oral y dialógica. Predominaron las metodologías cualitativas, por lo que conviene leer estos resultados como una descripción de prácticas emergentes, sin atribuirles una superioridad universal demostrada.

A partir de esta lectura, el análisis pasa más a lo pedagógico: necesitamos diseñar evaluaciones que permitan relacionar lo entregado con lo que el estudiante puede explicar, revisar y utilizar en una situación diferente.

La calidad del producto necesita evidencias que la expliquen

Estoy trabajando con estudiantes de la mención en Tecnología Educativa en un portafolio que denomino: “La alcancía digital”. Cada lunes, estos estudiantes deben “depositar” una idea del empleo de la IA en clases. Esta idea es creada por ChatGPT, pero ellos deben revisarla y verificar si la misma es posible de ser realizada y comprobar varios elementos de dicha idea. El resultado no es solo la contribución, sino la valoración de su empleo.

En el caso de cualquier producto creado por IA si cambiamos un ensayo por una infografía o sustituimos una exposición por un podcast, solo logramos modificar el lenguaje del producto, pero queda pendiente la pregunta que responde al razonamiento que lo sostiene. Por ello, antes de elegir el formato, es necesario precisar qué objetivo se pretende evaluar y qué actuación permitiría reconocerlo.

Si el objetivo consiste en analizar la coherencia de una propuesta educativa, la evaluación tendría que permitir que el estudiante detecte desajustes, explique sus consecuencias y fundamente una corrección. Una secuencia impecable ofrece información sobre el resultado; la explicación de por qué una actividad no permite alcanzar el objetivo aporta otra evidencia, relacionada directamente con la capacidad de análisis.

Desde una lectura pedagógica vinculada con el enfoque histórico cultural, también interesa examinar cómo el estudiante utiliza las ayudas disponibles y qué puede hacer después de trabajar con ellas. En este artículo se asume esa perspectiva como criterio de interpretación, sin atribuirla a las autoras de la revisión. La pregunta que orienta esta mirada es cómo la interacción con una herramienta contribuye a que el estudiante se apropie de una forma de razonar y pueda emplearla con creciente autonomía.

Una explicación generada por IA puede servir para contrastar interpretaciones, mientras que aceptar esa explicación sin comprenderla deja sin resolver el propósito formativo. Para valorar esa diferencia necesitamos observar decisiones concretas: qué se verificó, qué se modificó, con qué fundamento y qué límites se reconocieron. Esto exige mayor esfuerzo por el profesor y mayor tiempo dedicado a la evaluación, además de una mayor preparación del docente en el empleo de la IA.

La documentación del proceso que sigue el estudiante debe responder a ese objetivo. Solicitar todas las conversaciones con la IA puede producir un archivo extenso cuyo valor evaluativo sea reducido si el docente no sabe qué buscar en él y además disponga de mucho tiempo. Un registro seleccionado y comentado puede resultar más pertinente cuando muestra una decisión relevante, la evidencia utilizada para revisarla y el cambio introducido.

Incluso ese registro necesita contrastarse con otras actuaciones, porque también puede elaborarse con asistencia de IA. Su utilidad dependerá de la relación que conserve con los avances del trabajo y con las explicaciones que el estudiante pueda ofrecer durante el curso.

Una evaluación que permita reconstruir las decisiones

Pongamos como ejemplo una actividad evaluativa cuyo objetivo es diseñar y justificar una metodología didáctica para un contexto educativo específico. Al comenzar, el estudiante elaboraría en clase una planificación breve donde identifique a los destinatarios, el problema educativo, el objetivo, los recursos, así como la posible evaluación. Este primer momento permitiría conocer su comprensión inicial y ofrecer retroalimentación antes de desarrollar el recurso. Para esto no se pide, ni es necesaria la presencia de la IA.

Después podría utilizar IA para explorar alternativas, revisar instrucciones o someter su propuesta a preguntas críticas. El profesor explicaría previamente qué usos están permitidos, y qué decisiones requieren una justificación propia. Las condiciones de acceso también formarían parte del diseño, procurando que la evaluación no dependa de disponer de una suscripción de pago.

Durante el desarrollo, el estudiante debe mostrar cómo la IA influyó en su trabajo. Por ejemplo, podría comentar una actividad sugerida por la IA que decidió rechazar porque exigía conocimientos que los destinatarios todavía no habían desarrollado. El interés evaluativo estaría en la relación entre la propuesta recibida, el criterio aplicado y la modificación realizada. Nos interesa conocer porqué la rechazó, pero con sus palabras.

La entrega final reuniría el recurso educativo, que en mi caso puede ser un recurso en HTML5 y además un comentario escrito sobre las principales decisiones adoptadas. Para evitar un informe largo, creado por IA, bastaría con seleccionar aquellas decisiones que permitan valorar el objetivo de la actividad, como la correspondencia entre contenidos y tareas, la pertinencia de los recursos o la claridad de los criterios de evaluación.

Una conversación breve en el aula permitiría ampliar esas evidencias. El profesor podría solicitar que el estudiante explique una modificación, identifique una debilidad todavía presente o adapte una actividad ante un cambio de contexto. Si la propuesta fue diseñada para una clase con conexión permanente, por ejemplo, podría preguntarle cómo conservaría el objetivo cuando parte del grupo solo dispone de acceso ocasional a internet.

Esta conversación tendría que centrarse en criterios conocidos y ofrecer condiciones accesibles. La rapidez para responder, la seguridad al hablar o la soltura frente al profesor no deberían sustituir la valoración del razonamiento pedagógico, salvo que la comunicación oral constituya expresamente un objetivo de aprendizaje.

La evaluación consideraría entonces la coherencia del producto, la fundamentación de las decisiones, la verificación de las aportaciones de la IA y la capacidad para adaptar lo elaborado a otras situaciones. La retroalimentación señalaría tanto los logros como las dificultades que requieren atención, sin imponer modificaciones cuando el trabajo ya cumple los criterios. Pero en todos estos casos, es necesario que el profesor tenga el conocimiento necesario sobre el tema.

En grupos numerosos, sería razonable organizar momentos de revisión dentro de las actividades habituales y seleccionar decisiones representativas para el diálogo. La viabilidad del procedimiento debe estudiarse junto con su valor formativo, pues una propuesta difícil de sostener durante el semestre necesita ajustes antes de convertirse en una exigencia general.

Esta forma de evaluar también abre preguntas para nuestras investigaciones universitarias. En el contexto latinoamericano podríamos estudiar qué evidencias ayudan a reconocer la comprensión del estudiante, qué carga de trabajo generan y qué barreras encuentran quienes tienen diferentes condiciones de acceso. Sería necesario contrastar los resultados antes de recomendar un modelo para toda una institución.

La misma cautela corresponde al estudio de la dependencia cognitiva o la aitoxicación. Una dificultad para explicar un trabajo puede justificar una indagación pedagógica, pero no demuestra por sí sola dependencia de la IA, ya que también podrían intervenir ansiedad, comprensión parcial o instrucciones poco claras. Cualquier interpretación de ese tipo requiere una definición precisa del fenómeno e instrumentos validados.

Evaluar en tiempos de IA nos exige justificar mejor las conclusiones que obtenemos a partir de las evaluaciones a los trabajos estudiantiles.

Referencia

Crompton, H., & Burke, D. (2026). Higher education assessments in the age of GenAI: A systematic review. International Journal of Educational Technology in Higher Education, 23, Article 56. https://doi.org/10.1186/s41239-026-00627-4