miércoles, 12 de agosto de 2026

Hablamos mucho de los riesgos de la IA, pero muy poco de aprender a usarla


Ilustración conceptual sobre infoxicación, aitoxicación y alfabetización crítica en IA

Hace algunos años uno de nuestros problemas era la infoxicación. Internet colocó ante nosotros una cantidad de información que superaba nuestra capacidad para leerla, procesarla y valorarla. Tener acceso a más información no significaba estar mejor informados. Había que aprender a buscar, seleccionar, contrastar y decidir qué merecía nuestra atención. La inteligencia artificial generativa no eliminó ese problema: lo transformó.

Ahora no tenemos solamente miles de documentos, noticias, videos y enlaces esperando ser consultados. Tenemos herramientas capaces de leerlos, resumirlos, compararlos y convertirlos en una respuesta aparentemente coherente. Ya no necesitamos recorrer decenas de páginas para encontrar una explicación, podemos escribir una pregunta y recibirla en segundos.

Este cambio parece resolver una parte de la infoxicación. Si antes el problema era encontrar una respuesta entre demasiada información, ahora la IA puede organizar esa información por nosotros. Pero surge otra dificultad: ¿qué hacemos con una respuesta que parece correcta, está bien redactada y llega prácticamente terminada?

Esta pregunta adquiere mayor significado después de leer el trabajo de Selma Hodzic, Anja Stevic y Jörg Matthes, publicado en 2026 en Technology in Society (Hodzic et al., 2026). Los autores realizaron una revisión paraguas sobre la inteligencia artificial generativa. Este tipo de indagación consiste en una revisión que analiza y sintetiza los resultados de varias revisiones sistemáticas o metaanálisis previamente publicados sobre un mismo tema. Loa autores analizaron 170 revisiones para conocer qué estamos investigando acerca de sus beneficios, riesgos, cuestiones éticas, alfabetización y regulación. La educación representa el 27 % de los trabajos estudiados, después de salud, con el 31 %, y antes de tecnología, con el 28 %.

Los resultados dejan una paradoja que merece ser examinada desde la educación.

Sabemos bastante sobre los riesgos y beneficios, pero falta algo

La inteligencia artificial generativa ha provocado una discusión que con frecuencia parece dividirse entre quienes destacan sus posibilidades y quienes advierten sus peligros. La revisión de Hodzic y sus colaboradores muestra una situación menos polarizada. Prácticamente todos los estudios analizados reconocen beneficios y riesgos. El problema no está en ignorar unos para defender los otros, sino en determinar qué hacemos frente a ambos.

Entre los beneficios aparecen la eficacia, la automatización, el apoyo a la toma de decisiones y la personalización. Esta última tiene un peso particular en educación. El 80 % de los trabajos educativos examinados menciona la personalización, frente al 62 % en tecnología y el 57 % en salud.

El dato resulta comprensible. Desde la perspectiva educativa, una herramienta capaz de adaptar explicaciones, generar ejemplos, responder preguntas o modificar el nivel de complejidad de una respuesta tiene enormes posibilidades. Un estudiante puede solicitar otra explicación cuando no comprende la primera. Un profesor puede crear ejemplos relacionados con diferentes contextos. La interacción puede adaptarse a necesidades que difícilmente podrían atenderse de manera individual en grupos numerosos.

Pero la misma revisión muestra la otra cara. El 91 % de los trabajos educativos aborda riesgos. Los problemas éticos aparecen en el 82 %, los sesgos en el 71 %, la privacidad en el 62 % y los problemas de seguridad en el 31 %. Hasta aquí podríamos sentirnos relativamente tranquilos. La investigación reconoce las posibilidades de la IA y también identifica sus problemas. Sin embargo, hay un dato que cambia la lectura.

Solamente el 44 % de los trabajos educativos analizados aborda la alfabetización en inteligencia artificial. En salud el porcentaje cae al 6 % y en tecnología al 10 %. Los propios autores advierten que la importancia de esta alfabetización todavía no está plenamente reconocida y relacionan esta carencia con la falta de programas estructurados que permitan a los usuarios evaluar críticamente los resultados producidos por la IA.

Aquí aparece una contradicción. Estamos dedicando una enorme atención a conocer qué puede hacer la inteligencia artificial y qué riesgos genera, pero mucha menos a estudiar cómo preparar a las personas para trabajar con ella.

Podemos trasladar el problema a una situación cotidiana. Un estudiante pregunta a una IA sobre un tema que desconoce. Recibe una explicación organizada, con conceptos, ejemplos y argumentos. ¿Cómo determina que la respuesta es correcta? ¿Qué elementos le permiten reconocer un sesgo? ¿Cómo identifica una afirmación que necesita ser verificada? ¿Cómo distingue una explicación convincente de una explicación científicamente sustentada?

No basta con advertirle que la IA puede equivocarse. Necesita criterios para descubrir cuándo se equivoca.

Tampoco basta con decirle que debe desarrollar pensamiento crítico. Tiene que aprender qué operaciones concretas realiza para analizar una respuesta, contrastarla con otras fuentes, identificar sus limitaciones y decidir qué puede aceptar, modificar o rechazar.

La alfabetización en IA no debería reducirse a aprender a escribir mejores prompts. Saber conversar con una herramienta no equivale a saber pensar con ella.

De la infoxicación a la aitoxicación

Durante años hemos relacionado la infoxicación con el exceso de información. El sujeto se encontraba frente a más contenidos de los que podía procesar. Su dificultad principal consistía en seleccionar. La IA introduce una modificación profunda. El exceso ya no llega únicamente en forma de documentos dispersos, llega convertido en respuestas.

En trabajos anteriores en el blog denominamos aitoxicación a esta nueva situación. La diferencia no es solamente terminológica. La infoxicación puede producir la sensación de estar perdido entre demasiada información. La aitoxicación puede producir exactamente la sensación contraria: creer que ya encontramos lo que necesitábamos.

Una respuesta bien construida transmite orden, un resumen reduce la complejidad. Una explicación fluida produce sensación de comprensión. La herramienta puede comparar documentos que no hemos leído y entregarnos las diferencias principales. También puede redactar un texto que después asumimos como propio.

El riesgo cambia de lugar.

La infoxicación nos obligaba a preguntarnos qué leer. La aitoxicación nos obliga a preguntarnos qué cuestionar. En el libro sobre este tema hemos planteado que la aitoxicación no aparece por la mera existencia de muchas respuestas. Surge cuando la respuesta reduce la necesidad de formular preguntas, examinar supuestos y reconstruir el sentido. La fluidez lingüística puede generar apariencia de validez y una estructura ordenada puede confundirse con profundidad.

Aquí los resultados de Hodzic, Stevic y Matthes encuentran un punto de contacto con esta idea. Su revisión no utiliza el concepto de aitoxicación, pero muestra una carencia que ayuda a comprenderlo: conocemos los riesgos, reconocemos los beneficios y, sin embargo, la preparación del usuario recibe mucha menos atención.

Hay otro resultado que merece detenerse. Más del 90 % de los trabajos examinados son revisiones sistemáticas, de alcance o narrativas. Los estudios bibliométricos representan alrededor del 5 % y los metaanálisis apenas el 1 %. Los autores reclaman más evaluaciones empíricas sobre la adopción de la IA. Para la educación esto plantea una tarea concreta. Necesitamos investigar menos solamente sobre lo que la IA podría hacer y observar más lo que profesores y estudiantes realmente hacen con ella.

Necesitamos entrar al aula.

¿Qué sucede cuando un estudiante recibe una respuesta incorrecta pero convincente? ¿La detecta? ¿Qué hace cuando dos herramientas ofrecen explicaciones diferentes? ¿Consulta las fuentes originales? ¿Pregunta antes de pensar el problema o después de elaborar una primera respuesta? ¿Utiliza la IA para ampliar su razonamiento o para evitarlo? ¿Puede explicar sin ayuda aquello que acaba de entregar?

Estas preguntas desplazan la discusión desde la tecnología hacia el sujeto.

En otro trabajo sobre la ruta visible del aprendizaje con IA propusimos que el estudiante no entregue solamente el producto final. Debe reconstruir el proceso seguido, justificar las fuentes seleccionadas, explicar sus instrucciones a la IA, valorar las respuestas recibidas y argumentar las decisiones tomadas. La finalidad no consiste en vigilar cuánto utilizó la herramienta, sino en obtener evidencias de que hubo aprendizaje.

La misma lógica aparece en el modelo C.A.R.E. que hemos propuesto frente a la aitoxicación: Curar, Analizar, Recontextualizar y Evaluar. Curar obliga a seleccionar antes de aceptar. Analizar introduce la duda ante una respuesta convincente. Recontextualizar exige relacionarla con una situación concreta. Evaluar obliga a revisar tanto el resultado como el proceso seguido.

No se trata, entonces, de utilizar menos inteligencia artificial. Tampoco de aumentar las prohibiciones. Se trata de formar mejores usuarios.

La revisión de Hodzic y sus colaboradores termina reclamando una aproximación que combine innovación, protección ética, gobernanza transparente y una alfabetización amplia en inteligencia artificial. Desde la educación podemos añadir algo: esa alfabetización debe convertirse en experiencia pedagógica.

Un estudiante no aprende a evaluar la IA porque le expliquemos sus riesgos. Aprende cuando tiene que comparar respuestas, detectar errores, verificar fuentes, justificar decisiones y defender lo que finalmente afirma.

La infoxicación nos enseñó que acceder a la información no equivale a conocer.

La inteligencia artificial nos coloca frente a una lección más compleja: recibir una buena respuesta tampoco equivale a comprenderla.

Tal vez por eso la pregunta educativa más necesaria ya no sea cuánto saben nuestros estudiantes sobre inteligencia artificial. Tendríamos que empezar a preguntar algo diferente: ¿Qué son capaces de pensar, cuestionar y decidir después de utilizarla?

Referencias

Hodzic, S., Stevic, A., & Matthes, J. (2026). Generative AI in practice: An umbrella review of risks, benefits, ethics, and future directions across major domains. Technology in Society, 87, 103331. https://doi.org/10.1016/J.TECHSOC.2026.103331

 

domingo, 9 de agosto de 2026

¿Hacia dónde vamos? Del currículo polisémico al currículo conectado con inteligencia artificial

¿Hacia dónde debe orientarse el currículo en una época atravesada por la inteligencia artificial (IA)? La respuesta no consiste en eliminar las disciplinas ni en añadir herramientas digitales a las prácticas de siempre, sino en conectar saberes, contextualizar los problemas y preservar la inteligencia humana. La IA puede funcionar como puente entre conocimientos, pero no como brújula de las finalidades educativas.

Esta pregunta surgió después de leer 115 ensayos, de estudiantes de doctorado en Educación que cursan la materia de Diseño Curricular, quienes desde su experiencia como docentes analizaron el currículo en su versión polisémica. Para algunos, representa un plan de estudios; para otros, una selección cultural, una experiencia vivida, un proyecto político, una práctica pedagógica o una construcción social. Esta diversidad no constituye una debilidad conceptual. Expresa que todo currículo implica decisiones sobre qué conocimientos se consideran valiosos, quién los selecciona, con qué propósito se aprende y qué tipo de sociedad se pretende construir.

Disciplinas conectadas, no eliminadas

En algunos debates educativos se plantea que las asignaturas podrían dejar de ser el eje organizador de la escuela. Esta posibilidad no debe entenderse como la desaparición de las disciplinas. Las matemáticas permiten modelar y argumentar; las ciencias ayudan a comprender fenómenos; la historia ofrece herramientas para interpretar el presente; la literatura explora experiencias humanas, y las artes desarrollan sensibilidad e imaginación.

El problema no son las disciplinas, sino su aislamiento. Cuando el conocimiento se organiza en compartimentos rígidos, los estudiantes pueden aprobar materias sin comprender cómo se relacionan entre sí o con los problemas de su comunidad. Por ello, el cambio curricular debería volver permeables las fronteras disciplinarias. Los proyectos y desafíos pueden articular distintas perspectivas, mientras cada disciplina aporta conceptos, métodos y formas específicas de construir conocimiento.

Del currículo acumulativo al currículo con sentido

Durante años, las reformas educativas han incorporado contenidos, competencias y responsabilidades sin revisar siempre el tiempo disponible para aprenderlos. La OCDE advierte que la expansión continua puede producir sobrecarga curricular y dificultar un aprendizaje profundo; por ello, propone considerar principios como enfoque, rigor y coherencia en el diseño curricular (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos [OCDE], 2020).

En la era de la IA, acumular información resulta todavía menos pertinente. Una herramienta puede localizar datos, resumir documentos o generar explicaciones en segundos. Sin embargo, el acceso inmediato no sustituye los conocimientos previos: sin ellos, el estudiante difícilmente puede formular preguntas pertinentes, detectar errores, reconocer sesgos o valorar la calidad de una respuesta.

El desafío consiste en pasar de un currículo centrado en recordar respuestas a otro que enseñe a comprender, preguntar, crear, comunicar y actuar responsablemente. La iniciativa Future of Education and Skills 2030/2040 destaca la integración de conocimientos, habilidades, actitudes y valores, así como la agencia del estudiante para tomar decisiones y participar en la construcción de futuros compartidos (OCDE, s. f.).

La IA como puente, no como brújula

La IA puede contribuir a un currículo conectado. Problemas como la escasez de agua, la migración, la desigualdad o la desinformación requieren perspectivas científicas, históricas, sociales, éticas y comunicativas. Las herramientas de IA pueden apoyar la búsqueda y comparación de información, la representación de datos, la simulación de escenarios y la generación de preguntas. También pueden ayudar al docente a elaborar casos contextualizados, ofrecer prácticas diferenciadas y producir retroalimentación inicial.

No obstante, usar IA para resumir textos, contestar cuestionarios o entregar productos terminados solo incorpora una tecnología nueva a un currículo antiguo. La innovación pedagógica no depende de cuánto produce la herramienta, sino de los procesos intelectuales, creativos y éticos que desarrolla el estudiante al utilizarla. En lugar de pedir una definición aislada, puede solicitarse la comparación de varias perspectivas, la identificación de sus supuestos, la verificación de fuentes y la construcción de una postura propia.

La UNESCO recomienda una orientación centrada en el ser humano que proteja la agencia, la privacidad, la inclusión y la diversidad cultural (Miao & Holmes, 2023). Asimismo, el marco para docentes organiza las competencias en cinco dimensiones: enfoque humano, ética de la IA, fundamentos y aplicaciones, pedagogía con IA y aprendizaje profesional (Miao & Cukurova, 2024). Para los estudiantes, propone competencias relacionadas con el juicio crítico, el uso responsable y la participación como cocreadores de estas tecnologías (Miao et al., 2024).

Estas orientaciones recuerdan que incorporar IA no equivale a adoptar una plataforma. Significa formar criterios para decidir cuándo usarla, con qué propósito, cómo verificar sus resultados y cuándo es preferible no emplearla. También exige preguntar quién diseñó la herramienta, con qué datos fue entrenada, qué visiones reproduce, qué grupos están representados y qué sucede con los datos personales.

Evaluar el proceso y la transferencia

La presencia de IA obliga a revisar la evaluación. No basta con valorar la entrega puntual o la presentación impecable de un producto. Es necesario observar cómo se formuló el problema, qué decisiones se tomaron, qué fuentes se contrastaron, cómo se corrigieron errores y en qué nuevas situaciones puede utilizarse lo aprendido.

Por ello, la evaluación puede incorporar bitácoras de decisiones, versiones sucesivas, portafolios, defensas orales, resolución de casos y evidencias de transferencia. También debe valorar si el estudiante declara el uso de IA, protege datos personales, reconoce las limitaciones de la herramienta y conserva la responsabilidad intelectual sobre el resultado.

¿Hacia dónde debemos ir?

Necesitamos un currículo conectado sin perder profundidad disciplinar; contextualizado en los problemas y saberes de cada comunidad; flexible, pero no improvisado; centrado en la comprensión, la creación y la transferencia; y comprometido con la inclusión, la equidad y la dignidad humana.

La escuela del futuro no será la que incorpore más herramientas, sino la que formule mejores preguntas sobre sus finalidades. La IA puede ayudar a conectar lo que la escuela fragmentó y a diversificar los caminos para aprender. Sin embargo, el rumbo no debe señalarlo el algoritmo. El rumbo debemos decidirlo nosotros.

Referencias

Miao, F., & Cukurova, M. (2024). AI competency framework for teachers. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000391104

Miao, F., & Holmes, W. (2023). Guidance for generative AI in education and research. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000386693

Miao, F., Shiohira, K., & Lao, N. (2024). AI competency framework for students. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000391105

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (2020). Curriculum overload: A way forward. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/3081ceca-en

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (s. f.). Future of Education and Skills 2030/2040. Recuperado el 1 de agosto de 2026, de https://www.oecd.org/en/about/projects/future-of-education-and-skills-2030.html