domingo, 19 de abril de 2026

El poder de las multimodales externas en el aula

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

En los entornos educativos contemporáneos, caracterizados por la diversidad de estudiantes y la creciente presencia de recursos digitales, la labor docente ya no se limita únicamente a transmitir información, sino que implica diseñar estrategias pedagógicas que favorezcan la comprensión y promuevan aprendizajes significativos. En este contexto, las representaciones multimodales externas adquieren una relevancia fundamental, ya que permiten articular diferentes formas de presentar la información mediante recursos visuales, auditivos e interactivos, fortaleciendo así los procesos cognitivos del estudiantado.

Las representaciones multimodales externas comprenden herramientas como gráficos, simulaciones, videos, animaciones y entornos digitales interactivos, las cuales combinan distintos sistemas de signos para facilitar la construcción del conocimiento. De acuerdo con Schnotz (2005), estas representaciones cumplen una función esencial en el aprendizaje porque proporcionan estructuras externas que favorecen la construcción de modelos mentales internos más sólidos. Esto significa que los recursos multimodales no son simples apoyos visuales, sino mediaciones pedagógicas que pueden potenciar la comprensión cuando son utilizados con una intención didáctica clara.

Desde esta perspectiva, la integración de representaciones multimodales en el aula puede contribuir a mejorar la comprensión de contenidos complejos, especialmente cuando se busca atender la diversidad de estilos y ritmos de aprendizaje. Mayer (2021) sostiene que el aprendizaje se fortalece cuando la información se presenta de manera coordinada a través de distintos canales, como el visual y el auditivo, ya que esto facilita el procesamiento cognitivo y reduce la sobrecarga mental. Sin embargo, este beneficio depende de la calidad del diseño pedagógico, puesto que una combinación desordenada o excesiva de estímulos puede generar distracción y dificultar la comprensión.

En el contexto latinoamericano, las representaciones multimodales externas poseen un valor estratégico debido a las brechas educativas, tecnológicas y socioculturales que aún persisten en muchos sistemas escolares. En escenarios marcados por la diversidad lingüística, la desigualdad en el acceso a recursos y los distintos niveles de alfabetización digital, la integración de recursos visuales y auditivos puede ampliar las oportunidades de participación y comprensión del estudiantado. En este sentido, la multimodalidad se convierte en una herramienta de inclusión pedagógica que favorece el acceso equitativo al conocimiento.

Para que estas herramientas sean realmente efectivas, su incorporación en el aula debe responder a criterios pedagógicos bien definidos. Un primer criterio es la intencionalidad didáctica, que implica seleccionar recursos en función de objetivos de aprendizaje concretos. El uso de herramientas digitales no garantiza por sí mismo mejores resultados; por el contrario, cuando la tecnología se incorpora sin una finalidad clara, puede convertirse en un elemento distractor. Por ello, el diseño multimodal debe estar orientado a fortalecer procesos específicos de comprensión, análisis o aplicación.

Un segundo criterio es la accesibilidad, especialmente importante en contextos donde existen limitaciones tecnológicas. Los recursos multimodales deben ser funcionales en distintos dispositivos y condiciones de conectividad, de manera que todos los estudiantes puedan acceder a ellos sin barreras significativas. Esto implica utilizar plataformas ligeras, formatos compatibles y diseños responsivos que faciliten la interacción desde computadoras o dispositivos móviles. La accesibilidad tecnológica no solo mejora la experiencia de aprendizaje, sino que también contribuye a reducir desigualdades en el acceso educativo.

El tercer criterio es la pertinencia cultural, entendida como la capacidad de los recursos multimodales para dialogar con los contextos y experiencias del estudiantado. Incorporar ejemplos, imágenes y narrativas cercanas a la realidad sociocultural de los estudiantes favorece procesos de identificación y comprensión más significativos. La tecnología educativa adquiere mayor valor cuando reconoce la diversidad cultural y contextualiza los contenidos de manera relevante para quienes aprenden.

A partir de estos principios, es posible estructurar la integración de representaciones multimodales en tres fases pedagógicas complementarias: diseño, desarrollo e implementación. En la fase de diseño, el docente define qué procesos cognitivos desea favorecer y selecciona los recursos más adecuados según la naturaleza del contenido. Por ejemplo, para abordar contenidos conceptuales complejos pueden utilizarse organizadores gráficos dinámicos, mientras que para explicar procesos secuenciales resultan más útiles videos interactivos o simulaciones.

En la fase de desarrollo, se construyen o adaptan los recursos considerando criterios de claridad, funcionalidad y accesibilidad. En esta etapa, herramientas digitales como plataformas interactivas, simuladores o aplicaciones web permiten diseñar experiencias de aprendizaje más participativas. Incluso, la inteligencia artificial generativa puede emplearse como apoyo para elaborar guiones, materiales audiovisuales o actividades, siempre que su uso esté mediado por decisiones pedagógicas conscientes y orientadas a garantizar pertinencia y coherencia didáctica.

Finalmente, en la fase de implementación, las representaciones multimodales se integran al proceso de enseñanza como mediaciones que favorecen la interacción y el aprendizaje activo. En esta etapa, el papel del docente sigue siendo central, ya que es quien orienta la experiencia educativa, contextualiza los recursos y acompaña la construcción del conocimiento. La multimodalidad externa no sustituye la mediación pedagógica, sino que amplía sus posibilidades.

A modo de ejemplo, la siguiente secuencia didáctica muestra cómo distintos recursos multimodales pueden integrarse estratégicamente en una clase para responder a funciones cognitivas específicas. Cada recurso no solo cumple una función tecnológica, sino que actúa como mediador pedagógico orientado a favorecer procesos como la activación de la atención, la organización de la información y la aplicación del conocimiento. Esta articulación evidencia que el valor de la multimodalidad externa radica en la intención didáctica con la que se seleccionan e integran los recursos dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Momento

Recurso Multimodal

Función Cognitiva

Inicio

Video corto con narrativa emocional.

Activar la atención y motivación.

Desarrollo

Infografía interactiva en HTML5.

Exploración no lineal y gestión de la carga cognitiva.

Cierre

Cuestionario gamificado o simulador.

Aplicación de conocimientos y retroalimentación inmediata.

 

Hacia una ecología del aprendizaje multimodal

La implementación de representaciones multimodales externas no es un destino tecnológico, sino un proceso continuo de alfabetización digital y pedagógica. Como hemos analizado, el valor de estos recursos no reside en su sofisticación técnica, sino en su capacidad para actuar como mediadores eficaces entre la estructura del conocimiento y la arquitectura cognitiva del estudiante.

Para el docente latinoamericano, este enfoque representa una oportunidad histórica. Al transitar de un modelo monomodal —tradicionalmente centrado en el texto— hacia una praxis de integración multimodal, estamos democratizando el acceso al saber y reconociendo la diversidad de formas en que nuestros estudiantes procesan la realidad.

En última instancia, el éxito de las multimodales externas en nuestras instituciones dependerá de nuestra voluntad para experimentar, diseñar y, sobre todo, compartir estas experiencias en redes de pensamiento colaborativo. El aula del futuro no se define por las pantallas que contiene, sino por la profundidad de las conexiones que estas herramientas permiten establecer entre el docente, el alumno y el conocimiento.

Conclusiones

Las representaciones multimodales externas constituyen una estrategia pedagógica relevante para fortalecer los procesos de enseñanza y aprendizaje en contextos educativos diversos. Su integración en el aula permite articular recursos visuales, auditivos e interactivos que facilitan la comprensión, favorecen la participación del estudiantado y contribuyen a la construcción de aprendizajes más significativos.

Como se evidenció en la secuencia didáctica presentada, cada recurso multimodal puede cumplir una función cognitiva específica dentro del proceso educativo, desde la activación de la atención hasta la aplicación práctica de conocimientos. Esto demuestra que el valor pedagógico de la multimodalidad no reside únicamente en la incorporación de herramientas tecnológicas, sino en la intencionalidad didáctica con la que estas se seleccionan, diseñan e implementan.

En contextos como los latinoamericanos, donde persisten brechas de acceso y diversidad sociocultural, el uso estratégico de representaciones multimodales externas puede convertirse en un medio para favorecer la inclusión educativa y ampliar las oportunidades de aprendizaje. En este sentido, el rol del docente continúa siendo esencial como mediador crítico capaz de transformar los recursos tecnológicos en experiencias pedagógicas pertinentes y significativas.

En conclusión, avanzar hacia prácticas educativas multimodales implica reconocer que la innovación tecnológica solo adquiere valor formativo cuando está al servicio de objetivos pedagógicos claros, orientados a mejorar la comprensión, promover la equidad y fortalecer la calidad del aprendizaje.

Referencias Bibliográficas

Mayer, R. E. (2021). Multimedia Learning (3rd ed.). Cambridge University Press.

Schnotz, W. (2005). An integrated model of text and picture comprehension. En R. E. Mayer (Ed.), The Cambridge Handbook of Multimedia Learning (pp. 49–69). Cambridge University Press.

Puedes acceder a un resumen en forma de infografía, en la imagen inferior.

martes, 14 de abril de 2026

Las apps de IA y el efecto Tamagotchi

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

No te pierdas el debate entre dos personas, una a favor del empleo de la IA y la otra que se opone a su empleo constante; el podcast lo escuchas desde aquí.

Recientemente, en medio de una clase, pregunté a mis estudiantes si conocían Sócrates, una herramienta de IA, que en semestres pasados empleé con frecuencia. Inmediatamente escribí en el navegador la URL de dicha aplicación y de pronto una pantalla en blanco, pensé en un error y nada; la app dejó de existir.

Cada día nace una nueva aplicación de inteligencia artificial. La probamos, nos entusiasma, la llevamos al aula, la comentamos con colegas, la presentamos en un congreso y, en no pocos casos, hasta escribimos sobre sus bondades. Nos convencemos de que esta app llegó para quedarse y cada día crecer más. Organizamos algunas clases en base a ella, la insertamos en los métodos y la evaluación. Luego ocurre algo que ya se está volviendo habitual: la app cambia sus condiciones de uso, se vuelve de pago, es absorbida por otra plataforma o, simplemente, deja de ser visible, desaparece como me ocurrió días atrás.

Esta escena me lleva a recordar al Tamagotchi. Aquel juguete que llenó los mercados a finales de los noventa comenzaba como un huevo, crecía con los cuidados de los niños y podía morir. Había que atenderlo, seguirlo, alimentarlo y sostenerlo. Su existencia dependía de una relación constante. Algo parecido ocurre hoy con muchas aplicaciones de IA. Nacen con fuerza, reclaman atención, generan apego y, de pronto, dejan de existir en el lugar que ocupaban en nuestras rutinas digitales. La comparación puede estar traída por los pelos, pero ayuda a nombrar un fenómeno serio: la vida breve de muchas herramientas tecnológicas y el modo en que esa fragilidad termina afectando la práctica pedagógica.

El problema no radica en que aparezcan nuevas aplicaciones. Esa dinámica forma parte del ecosistema digital contemporáneo. El problema comienza cuando el docente deposita en una herramienta efímera una función que debería descansar en una decisión pedagógica más estable. En ese punto, la desaparición de la app deja de ser una anécdota tecnológica y se convierte en una dificultad didáctica. Es necesario destacar que otras muchas herramientas empleadas diariamente, crecen en sus posibilidades y mejora de interacción y están lejos de desaparecer. Tal vez debamos fijarnos más en ellas, que en las otras para evitar el efecto Tamagotshi.

Del huevo digital al vacío metodológico

El ciclo suele repetirse de manera similar. Primero aparece una app con una promesa potente. Dice ahorrar tiempo, mejorar resultados, personalizar aprendizajes o ampliar la creatividad del estudiante. Después llega la etapa del entusiasmo. Se multiplican los tutoriales, los videos de recomendación, las pruebas rápidas y las publicaciones en redes. La herramienta entra a las clases, a los talleres y a las conversaciones académicas. Todo parece apuntar a que estamos ante una innovación de largo alcance.

Al poco tiempo, el escenario cambia. La aplicación comienza a poner límites, a cerrar funciones, a modificar su interfaz o a exigir pagos que antes no pedía. En otros casos, desaparece sin anuncio visible para la mayoría de los usuarios. Queda entonces una sensación extraña. Aquello que hace poco era tema de moda se convierte en un recuerdo amargo. El aula, sin embargo, no funciona con recuerdos amargos y lamentos tecnológicos. El aula necesita continuidad, criterios y decisiones que soporten el paso del tiempo.

En educación, esto merece una lectura crítica. Una cosa es usar una app como medio complementario, tal vez como experimento. Otra muy distinta es organizar una experiencia de aprendizaje entera alrededor de una tecnología cuya permanencia nadie puede garantizar. La fascinación por la novedad, en ese contexto, puede nublar el juicio profesional. El docente empieza a seguir herramientas como quien sigue una tendencia, y no como quien examina recursos desde objetivos, contenidos, mediaciones y formas de evaluación.

Esta situación se conecta con un fenómeno que cada vez se vuelve más visible: la saturación de propuestas de IA, que conducen a la Aitoxicación, fenómeno que hemos abordado en el blog. Cada semana aparecen nuevas plataformas que prometen hacer mejor lo que otra prometía ayer. La abundancia no siempre mejora el panorama. En ocasiones lo vuelve más confuso. Se instala la sensación de que siempre falta probar la siguiente app, como si el valor pedagógico estuviera en la novedad y no en la coherencia del uso. El resultado puede ser una práctica dispersa, frágil y dependiente del ritmo comercial de las empresas tecnológicas. Todas las herramientas, como hemos comentado más de una vez en el blog, son recursos, medios del proceso pedagógico que se subordinan al método y dependen por completo de la relación objetivos contenidos.

Lo que debe permanecer cuando la app desaparece

La primera lección que deja el efecto Tamagotchi es clara: el centro del trabajo docente no puede ser la app. El centro debe ser la intención pedagógica, el objetivo a alcanzar. La pregunta decisiva no es qué herramienta está de moda, sino qué se quiere lograr en el aprendizaje. Si la meta consiste en promover pensamiento crítico, fortalecer la redacción, organizar información, comparar fuentes o producir una imagen con sentido didáctico, entonces la función debe quedar por encima de la plataforma concreta. Es decir, se subordina a la metodología seleccionada.

La segunda lección tiene que ver con la transferencia metodológica. Una buena actividad debería poder migrar de una app a otra sin perder su valor formativo. Si una estrategia solo funciona con una plataforma específica, la dependencia es demasiado alta. En cambio, si la tarea conserva su estructura, aunque cambie el soporte, hay mayor solidez didáctica. El docente deja de ser usuario cautivo de una app y pasa a ser diseñador de experiencias de aprendizaje.

La tercera lección remite a la curación de herramientas. No basta con conocer muchas aplicaciones. Hace falta aprender a seleccionar, que es el primer paso en la ruta crítica en el trabajo con los medios. Conviene mirar estabilidad, claridad en las condiciones de uso, facilidad de acceso y de manejo por parte de los estudiantes, posibilidades de exportar resultados, protección de datos y pertinencia para el contexto educativo real, entre otras razones. Una app puede resultar espectacular en una demostración breve y fallar por completo en una secuencia de clase más exigente. Ahora bien, no toda adopción intensa de una herramienta implica dependencia ingenua; en algunos casos, el uso sostenido permite consolidar prácticas valiosas. El problema no es la frecuencia de uso, sino la ausencia de criterios para reemplazar, adaptar o evaluar la herramienta.

La cuarta lección alcanza a la escritura académica y a la divulgación educativa. Cada vez que un docente o investigador escribe sobre una app de IA, debería evitar el tono de deslumbramiento. Presentar una herramienta como solución definitiva, o la que cambia todo lo que antes hacías con otra IA, suele ser una forma de simplificación. Es más honesto analizarla como recurso provisional, situado y condicionado por un mercado muy inestable. Esa cautela no enfría la innovación, la vuelve más seria.

También hay una enseñanza para los estudiantes. Formarlos solo en el manejo de una app concreta produce aprendizajes débiles. Formarlos en criterios, preguntas, análisis, evaluación de fuentes y producción reflexiva produce capacidades que sobreviven a la desaparición de una plataforma. La educación no puede depender de la duración comercial de un producto digital. Debe apoyarse en procesos cognitivos que mantengan vigencia, aunque cambie el entorno tecnológico.

Por eso, la metáfora del Tamagotchi no es una simple imagen nostálgica. Permite comprender un rasgo central del presente digital. Muchas aplicaciones de IA nacen como huevo brillante, crecen con rapidez, capturan nuestra atención y luego se apagan. El riesgo aparece cuando el docente también apaga con ellas una parte de su estrategia de enseñanza; entonces conviene detenerse. La mediación pedagógica no puede tener la misma esperanza de vida que una app.

Las herramientas pasarán, unas morirán pronto, otras mutarán y algunas serán absorbidas por plataformas mayores. El reto del docente consiste en no confundir innovación con dependencia. Probar, explorar y experimentar sigue siendo necesario. Lo que no debe perderse es la distancia crítica. En tiempos de sobreoferta tecnológica, esa distancia se vuelve una forma de madurez profesional.

Tal vez esa sea la enseñanza más útil de todo este proceso: no hay que enamorarse de la app. Hay que trabajar con criterios que sigan vivos cuando la app ya no esté.