miércoles, 13 de mayo de 2026

Frutinovelas un estímulo inmediato

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

Hace algunos años, el escritor y ensayista Nicholas Carr advirtió que Internet no solo estaba modificando nuestros hábitos de consumo de información, sino también la manera en que pensamos. En su obra The Shallows, Carr sostiene que la exposición constante a estímulos digitales fragmentados puede afectar la concentración profunda, la memoria y la capacidad de reflexión sostenida. Su planteamiento generó un intenso debate sobre las consecuencias cognitivas de la vida digital y sobre el modo en que las tecnologías transforman nuestras prácticas culturales.

Más de una década después, aquellas preocupaciones adquieren una nueva relevancia. Las redes sociales contemporáneas funcionan mediante algoritmos diseñados para maximizar la atención del usuario a través de contenidos breves, emocionales y de consumo inmediato. En plataformas como TikTok, Instagram y YouTube predominan videos ultracortos, narrativas absurdistas, tendencias virales y estímulos visuales que buscan mantener una interacción constante con la pantalla. Dentro de este ecosistema aparecen fenómenos aparentemente triviales, como las llamadas “Frutinovelas”: pequeños relatos audiovisuales protagonizados por frutas antropomorfas que discuten lloran, rezan o protagonizan escenas exageradas y humorísticas.

De acuerdo al periódico Excelsior, en una nota publicada el 11 de mayo de este año, estos cortos alcanzaron 300 millones de vistas y más de 3.3 millones de seguidores en apenas diez días. Aunque este tipo de contenido puede parecer simplemente entretenimiento pasajero, también permite reflexionar sobre transformaciones culturales y cognitivas más amplias. Es un fenómeno nuevo, un artículo del periódico argentino El día publicado el 13 de mayo reconoce que es un fenómeno nuevo, de apenas unas semanas antes de la publicación.

De acuerdo a Carr estos formatos digitales basados en la inmediatez y la fragmentación, podrían estar modificando los hábitos de atención, lectura e interpretación, especialmente en las nuevas generaciones.

El cerebro no solo consume tecnología: también se adapta a ella

Uno de los conceptos centrales desarrollados por Carr es el de la plasticidad neuronal, es decir, la capacidad del cerebro humano para reorganizarse y adaptarse según los hábitos que practicamos de manera constante. Desde esta perspectiva, las tecnologías no funcionan únicamente como herramientas externas, sino también como entornos que influyen en nuestras formas de procesar la información.

Como señala Carr (2011), la navegación permanente entre enlaces, notificaciones y múltiples estímulos digitales favorece dinámicas cognitivas caracterizadas por:

  • interrupciones frecuentes,
  • cambios rápidos de foco,
  • lectura superficial,
  • y procesamiento fragmentado de información.

Por profundidad cognitiva puede entenderse la capacidad de sostener procesos prolongados de atención, análisis e interpretación crítica. Cuando gran parte de la interacción cotidiana ocurre en espacios digitales diseñados para evitar pausas reflexivas, dicha profundidad puede verse desplazada por formas de consumo más rápidas e inmediatas.

Diversos estudios recientes también han advertido que la expansión de tecnologías digitales y sistemas de inteligencia artificial plantea desafíos éticos y educativos relacionados con la concentración, la autonomía intelectual y la relación crítica con el conocimiento.

Sin embargo, esto no significa que Internet “destruya” automáticamente las capacidades cognitivas. La tecnología también amplía posibilidades de acceso a la información, aprendizaje y comunicación. El problema aparece cuando la lógica de la inmediatez se convierte en el modo dominante de interacción cultural y reduce el espacio para actividades que requieren mayor elaboración intelectual.

Las “Frutinovelas” y la cultura del estímulo inmediato

Las llamadas “Frutinovelas” representan un ejemplo interesante de las nuevas narrativas digitales. Se trata de videos con tiempos diferentes, desde minutos hasta casi una hora, que combinan humor absurdo, dramatización exagerada y estímulos emocionales rápidos para captar atención inmediata. Sus personajes son frutas, como la Banana negra, el Brócoli, la Calabaza, el Pepino y en algunos intervienen el Jamón y el Tocino. Su estructura responde de manera eficiente a las dinámicas algorítmicas de plataformas como TikTok, Instagram y YouTube, donde el éxito del contenido depende de retener al usuario durante algunos segundos y favorecer la continuidad del desplazamiento infinito de pantalla.

Estos formatos suelen caracterizarse por:

  • narrativas extremadamente breves,
  • estímulos visuales simples,
  • exageración emocional,
  • repetición,
  • y velocidad de consumo.

No buscan desarrollar argumentos complejos ni procesos interpretativos profundos.. El lenguaje es el clásico de las telenovelas, con exageración de sus personajes, lágrimas de gran caudal, expresiones extremas y diálogos absolutamente superficiales. Su objetivo principal es generar impacto instantáneo y mantener activa la interacción digital

Reducir estos fenómenos únicamente a una “degradación cultural” sería una simplificación. Las “Frutinovelas” también expresan nuevas formas de creatividad colectiva, humor digital y participación cultural propias de las generaciones actuales. En muchos casos funcionan como códigos compartidos dentro de comunidades virtuales y como formas de experimentación narrativa adaptadas a los lenguajes contemporáneos de Internet.

El problema surge cuando este tipo de consumo deja de ser ocasional y se convierte en una de las principales formas de relación cotidiana con la información y el entretenimiento. En contextos educativos, muchos docentes perciben dificultades crecientes para sostener procesos prolongados de lectura, escritura y argumentación. Estas observaciones no implican necesariamente una pérdida absoluta de capacidades intelectuales, pero sí sugieren cambios en los hábitos de atención y en la manera de aproximarse al conocimiento.

Es fácil encontrar estas Frutinovelas en las redes sociales, una búsqueda sencilla en TikTok arrojó más de un decena de cuentas dedicadas a esta producción, una de ellas acumula 12 millones de me gusta en menos de dos semanas.

Transformaciones en el lenguaje y en la interpretación

Otro aspecto relevante de estas dinámicas digitales es la transformación de la relación con el lenguaje. En numerosos contenidos virales, las palabras funcionan más como estímulos rápidos o elementos humorísticos que como herramientas de construcción reflexiva de significado. Frases mal estructuradas, expresiones fuera de contexto o errores evidentes circulan masivamente sin generar demasiado cuestionamiento porque el objetivo principal ya no es interpretar profundamente, sino reaccionar de manera inmediata.

En este escenario, el lenguaje pierde parte de su densidad simbólica y de su función analítica. La velocidad de consumo favorece mensajes simplificados, fragmentarios y altamente emocionales. Esto puede influir en la forma en que muchas personas escriben, argumentan o interpretan textos complejos.

En el ámbito educativo, estas transformaciones representan un desafío importante. La lectura extensa exige paciencia, concentración y capacidad de establecer relaciones entre ideas. Sin embargo, cuando predominan dinámicas digitales basadas en estímulos rápidos y recompensas inmediatas, aumenta la dificultad para sostener procesos largos de interpretación y elaboración crítica.

Algunos estudios sobre ética digital e inteligencia artificial en educación señalan precisamente la necesidad de fortalecer competencias relacionadas con el pensamiento crítico, la autoría intelectual y el uso responsable de las tecnologías.

Educación, tecnología y pensamiento crítico

El debate sobre estas transformaciones no debería reducirse a una oposición entre tecnología y educación tradicional. Las plataformas digitales y la inteligencia artificial ofrecen oportunidades importantes para democratizar el acceso a la información, diversificar estrategias de aprendizaje y facilitar nuevas formas de comunicación.

El desafío principal consiste en desarrollar una relación crítica y equilibrada con estas tecnologías. La integridad intelectual contemporánea no implica rechazar el entorno digital, sino aprender a interactuar con él de manera consciente, reflexiva y ética. Diversos autores coinciden en que el problema no es únicamente el uso de herramientas digitales, sino la sustitución del pensamiento propio por dinámicas automáticas de consumo y reproducción de contenidos.

En este contexto, la educación tiene un papel fundamental. Más que prohibir plataformas o demonizar las redes sociales, resulta necesario fortalecer habilidades relacionadas con:

  • lectura crítica,
  • argumentación,
  • análisis reflexivo,
  • verificación de fuentes,
  • y producción autónoma de conocimiento.

La alfabetización digital contemporánea debe incluir no solo competencias técnicas, sino también criterios éticos e intelectuales que permitan comprender cómo funcionan los algoritmos, cómo se construyen las dinámicas de atención y cómo influyen en nuestras prácticas culturales.

Conclusiones

Las reflexiones de Nicholas Carr sobre el impacto de Internet en la atención y en los procesos cognitivos continúan siendo relevantes en la actualidad. El auge de plataformas basadas en microcontenidos evidencia una transformación significativa en las formas de consumo cultural y en la relación cotidiana con la información. Fenómenos como las “Frutinovelas” permiten observar cómo los algoritmos privilegian contenidos breves, emocionales e inmediatos que favorecen la permanencia constante del usuario en pantalla.

Sin embargo, interpretar estos formatos únicamente como señales de decadencia cultural sería insuficiente. También representan nuevas formas de creatividad, humor e interacción propias de la cultura digital contemporánea. El verdadero problema aparece cuando la lógica del estímulo permanente desplaza sistemáticamente prácticas que requieren concentración, análisis e interpretación profunda.

En el ámbito educativo, esta situación plantea desafíos importantes. Cada vez resulta más necesario fortalecer espacios de lectura, reflexión y producción intelectual autónoma frente a dinámicas digitales caracterizadas por la velocidad y la fragmentación. Esto no implica rechazar la tecnología, sino promover una relación más crítica y consciente con ella.

En definitiva, el debate no gira únicamente en torno a TikTok o a las “Frutinovelas”, sino sobre el tipo de vínculo que las sociedades contemporáneas están construyendo con el lenguaje, la atención y el conocimiento. Comprender estas transformaciones resulta fundamental para pensar críticamente el futuro de la educación y de la cultura en la era digital.

Referencias

Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus.

Caldevilla-Domínguez, D. (2024). Usos éticos de la IA en la universidad moderna: más allá del plagio.

El Día. (2026, mayo 13) Frutinovelas un boom: por qué arrasan en redes sociales. https://www.eldia.com/nota/2026-4-9-1-39-12-frutinovelas-un-boom-por-que-arrasan-en-redes-sociales-informacion-general

Excélsior Digital. (2026, abril 10). TikTok elimina frutinovelas tras 300 millones de vistas en 10 días. Excélsior. https://www.excelsior.com.mx/redes-sociales/tiktok-elimina-frutinovelas-tras-300-millones-vistas-10-dias

Flor-Terán, G. A., & Sandoval-Reyes, P. A. (2024). La ética en el uso de la inteligencia artificial en la educación: desafíos y oportunidades.

Gallent-Torres, C., Zapata-González, A., & Ortego-Hernando, J. L. (2023). El impacto de la inteligencia artificial generativa en educación superior: una mirada desde la ética y la integridad académica.

Flores Morales, J. A., et al. (2024). Originalidad y honestidad intelectual: navegando por las aguas del plagio.

 

sábado, 9 de mayo de 2026

La bicicleta eléctrica llegó a la universidad

No se confunda por el título, es solo el punto de inicio de un debate que pudo ocurrir entre dos profesores universitarios que se resume con una imagen difícil de olvidar: durante años formamos a los estudiantes para correr un maratón académico. Les enseñamos a leer, escribir, buscar fuentes, argumentar y sostener una idea. De pronto, en la línea de salida, una parte de ellos recibe una bicicleta eléctrica. El maratón sigue siendo el mismo, pero las condiciones cambiaron. Esa metáfora resume el desajuste que vive hoy la educación superior frente a la inteligencia artificial generativa.

El problema no está solo en que los estudiantes usen IA. El problema mayor es que muchas universidades todavía evalúan como si esa bicicleta no existiera. Pedimos ensayos, informes y resúmenes con los mismos criterios de antes, pero ya no sabemos con certeza qué parte corresponde al esfuerzo del estudiante y qué parte fue producida por una máquina. Ante ese escenario aparecen dos posiciones, representadas por cada uno de los profesores. Uno percibe la IA como posibilidad de emancipación pedagógica, mientras que el otro advierte el riesgo de una atrofia cognitiva silenciosa.

Entre emancipación y atrofia

El profesor que defiende la integración de la IA sostiene que esta herramienta puede liberar al estudiante de tareas operativas. Buscar antecedentes, organizar referencias, corregir sintaxis o resumir información puede consumir muchas horas. Si la IA asume parte de ese trabajo, el aula podría concentrarse en actividades de mayor valor: interpretar, comparar, defender ideas, formular objeciones y revisar la calidad de las respuestas obtenidas.

Desde esa perspectiva, la IA no sustituye el pensamiento. Obliga a desplazarlo hacia otro nivel. El estudiante ya no debería limitarse a producir un texto final, sino a explicar cómo llegó a ese texto, qué decisiones tomó, qué descartó, qué corrigió y qué no aceptó de la máquina. La evaluación dejaría de mirar solo el producto terminado y pasaría a observar el proceso intelectual.

La postura contraria del otro profesor advierte un peligro real. La facilidad de acceso a respuestas bien redactadas puede generar una ilusión de comprensión. El estudiante lee un resumen claro, ordenado y convincente, y cree que comprendió el texto original. Pero comprender no es repetir una síntesis. Comprender exige entrar en conflicto con el lenguaje, detenerse, volver atrás, reconstruir el argumento y formular preguntas propias.

Aquí aparece uno de los puntos más fuertes del debate: la lectura profunda requiere fricción. Esa palabra expresa el esfuerzo necesario para pensar. Leer un texto complejo no siempre es agradable ni rápido. La dificultad forma parte del aprendizaje. Si la IA elimina esa dificultad antes de que el estudiante haya construido su propio criterio, puede debilitar la capacidad de interpretar.

En el debate imaginario se empleó la metáfora del GPS cognitivo que nos ayuda a entender el problema. Cuando una persona depende siempre del mapa automático, llega al destino, pero no construye orientación espacial. Algo similar puede ocurrir con la IA. El estudiante obtiene una respuesta, pero no siempre aprende a construir la pregunta. Y sin pregunta propia no hay pensamiento crítico sólido.

El profesor como mediador del criterio

El debate entre ambos no debería reducirse a aceptar o prohibir la IA. Esa salida es pobre. La pregunta pedagógica más seria es otra: ¿qué debe hacer el profesor universitario para que la IA no sustituya el proceso de formación?.

La respuesta está en cambiar el foco de la evaluación. Ya no basta pedir un ensayo de 10 páginas. Ese formato se volvió insuficiente si no va acompañado de defensa oral, bitácora de trabajo, revisión de fuentes, análisis de prompts, explicación de decisiones y contrastación de resultados. El texto final debe dejar de ser la única evidencia.

En este punto, la figura del profesor recupera fuerza. La IA puede producir una respuesta en segundos, pero no puede observar la duda del estudiante, detectar una comprensión frágil, exigir una justificación mejor o conducir un diálogo formativo. La mediación docente no desaparece. Se vuelve más necesaria.

La universidad debe enseñar a trabajar con IA sin entregar el juicio intelectual. Eso implica formar estudiantes capaces de preguntar mejor, sospechar de las respuestas demasiado perfectas, comparar fuentes, reconocer sesgos, identificar vacíos y sostener una idea frente a otros. El aula no puede convertirse en un espacio donde se celebran textos impecables con pensamiento ausente.

El debate entre los dos profesores deja una enseñanza central: la IA puede ser bicicleta eléctrica o prótesis del pensamiento. Todo depende del uso pedagógico. Puede ayudar a llegar más lejos, siempre que el estudiante siga aprendiendo a orientarse, esforzarse y decidir. Pero también puede acostumbrarlo a no caminar.

La universidad no debe formar usuarios complacientes de respuestas automáticas. Debe formar sujetos capaces de dialogar con la máquina sin renunciar a su propia voz. El desafío no es tecnológico. Es pedagógico, ético y cultural. La IA ya entró al aula. Ahora corresponde decidir si la usamos para pensar más o para pensar menos.