
Los avances en las herramientas de los ecosistemas
de la inteligencia artificial generativa nos llevan a una reflexión necesaria
en educación: quizá el desafío ya no consiste solo en conocer una
herramienta nueva, sino en aprender a formular mejores preguntas.
Cada vez que un docente utiliza una IA para
investigar, diseñar una actividad, crear una rúbrica, preparar una presentación
o planear una clase, aparecen preguntas esenciales que no deberían dejarse al
azar: ¿qué quiero lograr?, ¿para quién?, ¿con qué propósito?, ¿qué información
necesito?, ¿en qué formato deseo recibirla?, ¿qué características debe tener el
producto final?
Estas preguntas no son un simple requisito técnico
para escribir una instrucción. Son, en realidad, el corazón de una buena
planeación didáctica. Con frecuencia se ha asumido que usar tecnología en el
aula depende principalmente de dominar plataformas, aplicaciones o recursos
digitales. Hoy la experiencia muestra algo distinto: una inteligencia
artificial puede producir textos, imágenes, ejercicios, guiones, mapas
conceptuales o propuestas de evaluación en pocos segundos; sin embargo, su
calidad depende en gran medida de la claridad con la que orientamos la
solicitud.
Cuando pedimos: “hazme una actividad sobre
lectura”, probablemente recibiremos una propuesta general. Pero si
especificamos: “diseña una actividad colaborativa de 40 minutos para
estudiantes de secundaria, orientada a identificar ideas principales en un texto
narrativo; incluye propósito, instrucciones, producto esperado y una rúbrica
breve”, la respuesta cambia de manera significativa. La diferencia no está solo
en la herramienta. Está en el nivel de claridad pedagógica de quien pregunta,
en coherencia con la idea, ampliamente defendida en la literatura sobre IA en
educación, de que la tecnología debe estar al servicio de la intención
pedagógica y no al revés (Holmes et al., 2019).
La instrucción también es una
microplaneación
Es común llamar prompt a la
instrucción que damos a una IA. Sin embargo, para el ámbito educativo conviene
verla como una microplaneación. Antes de solicitar un recurso, el
docente necesita anticipar algunos elementos:
- El objetivo
de aprendizaje.
- Las
características de los estudiantes: edad, nivel educativo, contexto,
necesidades y saberes previos.
- El
contenido o problema que se abordará.
- El
tipo de actividad, el método predominante y la forma de organización.
- El
producto que se espera obtener.
- Los
criterios con los que se valorará ese resultado.
Esto nos
obliga a recuperar una competencia docente fundamental: planear con intención.
La IA puede sugerir caminos, ampliar posibilidades
y acelerar tareas que antes consumían mucho tiempo; pero no conoce por sí sola
las particularidades de un grupo, las condiciones de una institución ni el
sentido formativo de una experiencia. Esa interpretación sigue siendo
responsabilidad del profesor. Por ello, no se trata de pedirle a la IA que
“haga la clase”, sino de dialogar con ella desde una decisión pedagógica
previa. La herramienta puede ser una aliada creativa, pero la dirección del
aprendizaje debe conservarla el profesor (véase Luckin, 2018).
Especificar es enseñar a pensar
Una buena solicitud no requiere palabras
complicadas; requiere precisión. Entre más clara sea la intención, más útil
puede ser la respuesta. Por ejemplo, antes de pedir apoyo para una planeación,
podemos preguntarnos:
- ¿Qué
deben comprender, aplicar o crear los estudiantes?
- ¿Qué
evidencia mostrará que lograron aprender?
- ¿Qué
recursos sí están disponibles en su contexto?
- ¿Cuánto
tiempo tengo?
- ¿Deseo
una actividad individual, colaborativa, lúdica, reflexiva o basada en
proyectos?
- ¿Qué
tono, extensión, formato o nivel de complejidad necesito?
Este ejercicio tiene un efecto interesante: obliga
al docente a pensar antes de solicitar. En otras palabras, la IA no
sustituye la planeación; puede hacer más visible la necesidad de una planeación
consciente.
También puede convertirse en una oportunidad para
formar a los estudiantes. Si aprenden a dar instrucciones claras,
contextualizadas y con criterios de calidad, no solo estarán utilizando una
tecnología: es posible que también fortalezcan habilidades para investigar,
argumentar, tomar decisiones y evaluar información de manera autónoma.
La IA interviene solo al pedir; planear, verificar
y aplicar siguen siendo decisiones del docente.

La respuesta no siempre es verdad
Otro aspecto indispensable es reconocer que la
inteligencia artificial generativa puede inventar datos, autores, referencias,
fechas o explicaciones aparentemente convincentes. A este fenómeno se le suele
llamar “alucinación” (Ji et al., 2023), pero en términos educativos conviene
nombrarlo con claridad: la IA puede equivocarse y presentar información
falsa con seguridad. Además, opera con patrones probabilísticos y puede
reproducir sesgos algorítmicos, lo que exige una sólida alfabetización digital
crítica (Selwyn, 2019; UNESCO, 2023; Williamson & Eynon, 2020).
Por eso, una respuesta generada no debe asumirse
como resultado final. Debe considerarse un primer borrador que requiere
revisión. Si una IA menciona una investigación, una cifra o una referencia
bibliográfica, es necesario comprobar que exista realmente y que respalde lo
que se afirma, acudiendo a fuentes académicas confiables, repositorios
institucionales, libros, artículos científicos o documentos oficiales.
Contrastar con otra herramienta de IA puede ayudar a detectar inconsistencias o
a formular preguntas de verificación, pero no sustituye la consulta de fuentes
verificables, porque dos modelos pueden equivocarse de la misma manera.
Contrastar no significa desconfiar de todo de
manera paralizante. Significa ejercer pensamiento crítico. Así, el resultado no
depende de una respuesta automática, sino de un proceso de análisis informado.
Del consumidor de respuestas al
diseñador de experiencias
La llegada de la IA plantea un cambio importante en
el rol docente. Ya no basta con ser consumidor de contenidos digitales. Hoy se
vuelve necesario ser diseñador de experiencias de aprendizaje, curador de
información y evaluador crítico de los resultados que producen las
herramientas. La pregunta más importante no es: “¿qué puede hacer
la IA por mí?”. Tal vez sea esta: “¿qué quiero que mis estudiantes aprendan
y cómo puedo orientar la tecnología para lograrlo con sentido?”.
Cuando el docente tiene claridad sobre el
propósito, el destinatario, el producto esperado y los criterios de calidad, la
IA deja de ser una máquina que entrega respuestas genéricas. Se convierte en
una posibilidad para crear, explorar y enriquecer la práctica educativa. La
tecnología puede responder con rapidez, pero la pregunta, la intención y el
juicio crítico siguen siendo profundamente humanos.
Referencias
Holmes, W., Bialik, M., & Fadel, C. (2019). Artificial
intelligence in education: Promises and implications for teaching and learning.
Center for Curriculum Redesign.
Ji, Z., Lee, N., Frieske, R., Yu, T., Su, D., Xu,
Y., Ishii, E., Bang, Y. J., Madotto, A., & Fung, P. (2023). Survey of
hallucination in natural language generation. ACM Computing Surveys, 55(12),
Article 248. https://doi.org/10.1145/3571730
Luckin, R. (2018). Machine learning and human
intelligence: The future of education for the 21st century. UCL IOE Press.
Selwyn, N. (2019). Should robots replace
teachers? AI and the future of education. Polity Press.
UNESCO. (2023). Guidance for generative AI in
education and research. UNESCO. https://doi.org/10.54675/EWZM9535
Williamson, B., & Eynon, R. (2020). Historical
threads, missing links, and future directions in AI in education. Learning,
Media and Technology, 45(3), 223–235.
https://doi.org/10.1080/17439884.2020.1798995

