lunes, 25 de mayo de 2026

Cuba y la deuda que no volvió

 

Cuba no solo envió discursos a África y América Latina. Envió hombres, armas, médicos, maestros, técnicos, asesores y una parte considerable de su limitada capacidad nacional. Lo hizo bajo el nombre de internacionalismo. Esa palabra ocupó durante décadas un lugar casi sagrado en la retórica política cubana. Servía para explicar la presencia en Angola, Etiopía, Argelia, Guinea Bissau, Mozambique, Nicaragua, Bolivia, Chile, El Salvador, Colombia y Venezuela. Servía también para convertir el sacrificio externo en deber histórico y causa del pueblo cubano.

Si hoy miramos esas acciones desde la situación actual, aparecen muchas preguntas y reclamos. La isla atraviesa apagones, escasez de combustible, deterioro alimentario, salarios sin capacidad real de compra y una vida cotidiana marcada por la espera. Se espera que haya electricidad, que se bombee agua, que aparezca con qué cocinar los pocos productos a los que tienen acceso la mayoría de los cubanos. Entre 2024 y 2026, el respaldo material visible de muchas naciones beneficiadas por la política internacionalista cubana ha sido reducido, desigual o casi inexistente. El apoyo diplomático contra el bloqueo permanece, pero no se convierte de manera automática en petróleo, alimentos, créditos o inversión. Esa diferencia entre gratitud verbal y ayuda concreta abre una pregunta incómoda: ¿qué recibió el pueblo cubano a cambio de tantos años de sacrificio?

El internacionalismo como política de Estado

La participación cubana en África y América Latina debe leerse dentro de la Guerra Fría, la radicalización de la Revolución cubana y la dependencia económica, militar y diplomática de la Unión Soviética. Cuba no fue un apéndice total de Moscú, pero tampoco actuó con autonomía material plena. Cuba combinó iniciativa propia, ambición ideológica, búsqueda de prestigio y dependencia de subsidios, armas, petróleo y protección soviética.

Angola fue el caso central. La Operación Carlota comenzó el 5 de noviembre de 1975. Su objetivo inicial fue impedir la caída de Luanda antes de la independencia. Luego se convirtió en una misión militar de larga duración. Datos conservadores estiman que más 300 mil militares cubanos pasaron por Angola entre 1975 y 1991. A ellos se sumaron cerca de 50.000 colaboradores civiles, entre ellos unos 10.000 docentes. Esa dimensión revela que no se trató de una ayuda simbólica, sino de una movilización nacional de gran escala.

La presencia cubana en África no se limitó a Angola. En Argelia hubo apoyo político, sanitario y militar. En Guinea Bissau, Cuba aportó médicos e instructores al PAIGC. En Etiopía envió entre 12.000 y 17.000 militares en el pico de la guerra del Ogadén. En Mozambique participó con cooperación educativa, médica y técnica. En Namibia su influencia fue indirecta, pero asociada al desenlace regional de la guerra angoleña y al proceso de independencia. Esa variedad muestra que el internacionalismo fue una política de múltiples instrumentos: guerra, salud, educación, asesoría, propaganda y diplomacia.

En América Latina, la política cubana tuvo otro rostro. En los años sesenta respaldó movimientos guerrilleros en varios países. Bolivia quedó marcada por la experiencia del Che en 1966 y 1967. Nicaragua recibió apoyo político, educativo y sanitario. El Salvador mantuvo vínculos con la insurgencia. Chile fue escenario de influencia política e inteligencia durante el gobierno de Salvador Allende. Colombia terminó representando una mutación: Cuba pasó de inspirar procesos insurgentes a ser sede y garante del proceso de paz con las FARC. Venezuela fue el caso tardío más rentable para La Habana, con la relación de médicos por petróleo y una alianza estatal de gran peso económico.

El discurso de Fidel Castro presentó esas acciones como deber moral. África aparecía como deuda histórica. Angola era una causa de dignidad. La lucha contra el apartheid, el colonialismo y el imperialismo funcionaba como argumento político y emocional. Esa narrativa no fue vacía. Hubo riesgos reales, muertos reales y una presencia cubana reconocida en varios procesos de liberación. Pero tampoco puede ser leída sin cálculo político. El internacionalismo elevó el prestigio de Fidel, fortaleció la imagen mundial de Cuba, le dio liderazgo en el Movimiento de Países No Alineados y permitió convertir las privaciones internas en parte de una épica exterior.

El costo que quedó dentro de Cuba

El costo humano fue alto. La Operación Tributo recordó 2.289 restos de combatientes repatriados desde África en 1989. Otras estimaciones ubican los muertos cubanos en Angola en torno a 2.016 a 2.100. No existe una contabilidad pública definitiva, lo que obliga a tratar las cifras con cautela, pero no reduce la gravedad del sacrificio.

El costo económico es más difícil de calcular. El propio Fidel afirmó que Angola pagaba alojamiento y alimentación de las tropas, y que Cuba pagaba salarios y primas de guerra. La Unión Soviética asumió una parte grande del aparato material. Sin embargo, eso no elimina el costo cubano. Cuba puso personas, organización, logística, cuadros profesionales y años de trabajo que no fueron dedicados a la agricultura, la vivienda, el transporte, la infraestructura o los servicios internos, con un costo incalculable.

Ese es el punto que más afecta al pueblo cubano. Los discursos hablaban de solidaridad internacional, pero la vida cotidiana cargaba con ausencias. Miles de familias entregaron hijos, padres, hermanos, médicos, maestros y técnicos a misiones lejanas. Muchas recibieron ceremonias, medallas y consignas, pero no necesariamente explicaciones completas. El dolor fue absorbido por el relato oficial del héroe internacionalista. La pregunta económica quedó casi siempre fuera del debate público: ¿cuánto dejó de construirse dentro de Cuba para sostener una política exterior tan ambiciosa? No olvidemos que Cuba estaba saliendo de la “Zafra de los 10 millones” en 1970 y las penurias económicas de aquella desastrosa idea de Fildel.

La comparación con el presente vuelve más dura esa pregunta. Entre 2024 y 2026, Cuba enfrenta una contracción económica, apagones masivos, escasez de combustible y problemas alimentarios, como nunca. El apoyo diplomático contra el bloqueo se mantuvo en organismos internacionales, pero la ayuda material visible fue limitada. Argelia es uno de los pocos casos con apoyo material relevante, por sus exportaciones de crudo y gas. Angola, país donde Cuba concentró su mayor esfuerzo histórico, solo da su apoyo diplomático, pero sin una ayuda material proporcional. Namibia muestra gestos solidarios incipientes. Colombia y Bolivia sostienen apoyo político. Venezuela, que fue soporte material decisivo durante años, aparece en 2026 con un auxilio reducido o interrumpido. Nicaragua, lejos de aliviar la situación cubana, eliminó la exención de visado para cubanos. Mozambique, Etiopía, Guinea Bissau y Congo no muestran, una colaboración material relevante y visible.

Esa realidad no se puede afirmar que todos abandonaron a Cuba. Hay apoyos diplomáticos, memorias agradecidas y gestos simbólicos. Pero sí permite sostener una tesis más precisa: la reciprocidad material ha sido débil frente a la magnitud del sacrificio histórico. Muchos países que recibieron tropas, médicos, maestros, armas, asesoría o respaldo político no aparecen hoy como sostén efectivo de la sociedad cubana. La gratitud existe en discursos, aniversarios y comunicados. El problema es que la electricidad, el combustible, los alimentos y los medicamentos no llegan por medio de discursos. El hambre no se elimina con palabras.

Aquí se produce el mayor desajuste entre memoria y realidad. Cuba construyó una red de prestigio, pero no una red de auxilio suficiente. Ganó reconocimiento en sectores del Sur global, pero no garantías materiales para su población. Ganó una narrativa heroica, pero perdió vidas, recursos, capital humano y autonomía económica. La política internacionalista presentó el sacrificio como virtud nacional, pero pocas veces permitió discutir cuánto costaba esa virtud a quienes hacían colas, vivían con salarios insuficientes o veían partir a sus familiares hacia guerras y misiones decididas desde arriba. Nunca se consultó al pueblo, fue una decisión de Fidel y así debía cumplirse.

No se trata de negar el valor histórico de algunas acciones cubanas. La defensa inicial de Angola, el aporte a la independencia de Namibia, la cooperación médica y educativa en países africanos y latinoamericanos dejaron huellas reales. Tampoco se trata de convertir toda solidaridad en cálculo mercantil. La ayuda entre pueblos no siempre puede medirse con una factura. Pero una cosa es reconocer el valor de la solidaridad y otra muy distinta es aceptar que un Estado use durante décadas los recursos de su pueblo sin rendir cuentas claras sobre costos, pérdidas y beneficios.

La paradoja es severa. Cuba ayudó a sostener gobiernos, formar cuadros, educar niños, curar enfermos y ganar batallas fuera de sus fronteras. Hoy, buena parte de esos antiguos beneficiarios no tiene capacidad, voluntad o prioridad política para auxiliarla de manera proporcional. La historia dejó una deuda moral, pero la política internacional contemporánea se mueve por intereses, recursos y coyunturas. La memoria agradece; los mercados deciden. La retórica acompaña; los barcos con combustible no siempre llegan.

El internacionalismo cubano fue una de las políticas exteriores más activas del siglo XX en el Sur global. Tuvo gestos de valor, resultados concretos y costos profundos. El pueblo cubano pagó una parte alta de esa política con vidas, trabajo, privaciones y silencio. La crisis actual permite mirar hacia atrás con menos consignas y más preguntas. La más dura no es si Cuba fue solidaria. Lo fue. La pregunta es si el pueblo cubano fue consultado, informado y recompensado por una solidaridad que hoy, en su hora más difícil, regresa en forma de homenajes, votos diplomáticos y muy poca ayuda material.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Aitoxicación: hiperestimulación digital y crisis de la atención en la era algorítmica

 

“Solo iba a jugar cinco minutos”.

¡Eso pensé mientras abría Block Blast! antes de empezar la tarea. Una partida rápida. Solo una. Pero después apareció otra combinación de colores, otro sonido satisfactorio, otra recompensa inmediata. Perdí la noción del tiempo.

Luego abrí Roblox.

Entré “un momento” para explorar un mapa nuevo y terminé saltando entre mundos, recompensas, sonidos, chats y estímulos visuales constantes. Todo cambiaba rápido. Todo se movía. Todo estaba diseñado para mantenerme ahí.

Más tarde intenté leer un texto para la escuela.

Dos páginas.

No pude continuar.

El cerebro me pedía otra cosa.

Quería movimiento.

Quería imágenes.

Quería sonido.

Quería velocidad.

Y entonces apareció una escena cada vez más común en muchos hogares y aulas: niños que observan un libro y preguntan inmediatamente si “hay video”. Estudiantes que encuentran difícil sostener la atención en un texto escrito porque su cerebro se ha habituado a dinámicas de hiperestimulación digital donde siempre ocurre algo nuevo cada pocos segundos.

Muchos niños ya no solo desean entretenimiento: demandan acción constante. Necesitan ver personajes moviéndose a toda velocidad, colores cambiando rápidamente, sonidos inmediatos, recompensas instantáneas y pantallas donde siempre ocurra algo nuevo. La quietud comienza a percibirse como aburrimiento. El silencio se vuelve incómodo. La pausa pierde valor frente al estímulo permanente.

Ya no basta leer.

Ahora muchos necesitan “ver”.

Necesitan movimiento constante, recompensas inmediatas, estímulos visuales rápidos y cambios permanentes de atención. Pero además aparece otro fenómeno silencioso: la necesidad continua de información digital.

Muchos niños, adolescentes e incluso adultos ya no toleran fácilmente los espacios de silencio, pausa o desconexión. Existe una necesidad permanente de revisar notificaciones, consumir videos, desplazarse infinitamente en redes sociales, consultar contenido nuevo o mantenerse continuamente estimulados digitalmente. El cerebro comienza a acostumbrarse a un flujo ininterrumpido de información y entretenimiento. Antes de salir de la casa, el primer objeto que llevamos con nosotros es el celular.

Incluso momentos cotidianos que antes implicaban espera o contemplación ahora son ocupados por pantallas:

·         mientras comen,

·         mientras viajan,

·         antes de dormir,

·         al despertar,

·         durante tareas escolares,

·         o incluso mientras conversan con otras personas.

La ausencia de estímulos digitales comienza a generar incomodidad.

El problema no es únicamente tecnológico; también es neurocognitivo, educativo y cultural.

Las plataformas digitales, los videojuegos, las redes sociales y muchos sistemas basados en inteligencia artificial han perfeccionado mecanismos de recompensa capaces de producir pequeñas descargas constantes de satisfacción inmediata. Cada sonido, notificación, animación, nivel superado o video corto activa procesos de gratificación rápida que el cerebro comienza a buscar continuamente.

En otras palabras, el cerebro empieza a habituarse a la dopamina digital.

Aquí emerge uno de los fenómenos más preocupantes de nuestra época: la aitoxicación.

La aitoxicación no se refiere solamente al uso intensivo de inteligencia artificial. Implica la saturación permanente de estímulos digitales, respuestas automatizadas y dinámicas algorítmicas que reducen progresivamente la capacidad de concentración profunda, reflexión sostenida y pensamiento crítico.

A diferencia de la infoxicación, centrada en el exceso de información, la aitoxicación implica algo más complejo: la automatización creciente del pensamiento y la dependencia cognitiva hacia sistemas diseñados para evitar el silencio, la pausa y el esfuerzo reflexivo.

Hoy millones de estudiantes alternan continuamente entre:

1.       videojuegos,

2.       videos cortos,

3.       inteligencia artificial,

4.       notificaciones,

5.       plataformas digitales,

6.       recompensas inmediatas,

7.       información constante

8.       y contenido hiper estimulante.

El problema aparece cuando el cerebro comienza a percibir la lectura profunda, la escritura o el análisis como procesos “demasiado lentos”.

Muchos docentes ya observan este fenómeno en el aula:

·         dificultad para sostener atención

·         ansiedad frente a textos extensos

·         necesidad permanente de estímulos visuales,

·         aburrimiento rápido,

·         baja tolerancia al esfuerzo cognitivo,

·         dependencia creciente de recursos audiovisuales,

·         y necesidad constante de revisar dispositivos o consumir nueva información digital.

Incluso algunos estudiantes comienzan a rechazar materiales escritos si no vienen acompañados de videos, animaciones o elementos interactivos. Otros experimentan frustración cuando una explicación exige concentración prolongada o lectura reflexiva.

Esto no significa que la tecnología sea negativa por sí misma. La inteligencia artificial y las plataformas digitales también ofrecen oportunidades valiosas para el aprendizaje, la personalización educativa y el acceso al conocimiento.

Sin embargo, el problema aparece cuando la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en un reemplazo del pensamiento propio, de la lectura crítica y de la capacidad de sostener la atención.

La integridad intelectual no solo implica evitar el plagio o citar correctamente. También supone conservar la capacidad humana de pensar, analizar, interpretar y reflexionar sin depender completamente de estímulos automáticos o respuestas inmediatas generadas por algoritmos.

La educación contemporánea enfrenta entonces un desafío profundo: enseñar a convivir con la tecnología sin renunciar a la concentración, la lectura profunda y el pensamiento crítico.

Porque tal vez el mayor riesgo de esta era no sea únicamente la desinformación.

Tal vez el verdadero problema sea que cada vez nos cuesta más detenernos a pensar.

 

Referencias

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Vargas-Morúa, E. (2021). El plagio: consideraciones para su prevención. Espiga, 21(41), 68–85.

Vílchez Ruiz, M. I. (2024). Contenido educativo con inteligencia artificial: ¿Restringir o enseñar a personalizar éticamente en el ámbito educativo? Revista Científica Ciencia y Tecnología, 24(44).