martes, 14 de abril de 2026

Las apps de IA y el efecto Tamagotchi

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

No te pierdas el debate entre dos personas, una a favor del empleo de la IA y la otra que se opone a su empleo constante; el podcast lo escuchas desde aquí.

Recientemente, en medio de una clase, pregunté a mis estudiantes si conocían Sócrates, una herramienta de IA, que en semestres pasados empleé con frecuencia. Inmediatamente escribí en el navegador la URL de dicha aplicación y de pronto una pantalla en blanco, pensé en un error y nada; la app dejó de existir.

Cada día nace una nueva aplicación de inteligencia artificial. La probamos, nos entusiasma, la llevamos al aula, la comentamos con colegas, la presentamos en un congreso y, en no pocos casos, hasta escribimos sobre sus bondades. Nos convencemos de que esta app llegó para quedarse y cada día crecer más. Organizamos algunas clases en base a ella, la insertamos en los métodos y la evaluación. Luego ocurre algo que ya se está volviendo habitual: la app cambia sus condiciones de uso, se vuelve de pago, es absorbida por otra plataforma o, simplemente, deja de ser visible, desaparece como me ocurrió días atrás.

Esta escena me lleva a recordar al Tamagotchi. Aquel juguete que llenó los mercados a finales de los noventa comenzaba como un huevo, crecía con los cuidados de los niños y podía morir. Había que atenderlo, seguirlo, alimentarlo y sostenerlo. Su existencia dependía de una relación constante. Algo parecido ocurre hoy con muchas aplicaciones de IA. Nacen con fuerza, reclaman atención, generan apego y, de pronto, dejan de existir en el lugar que ocupaban en nuestras rutinas digitales. La comparación puede estar traída por los pelos, pero ayuda a nombrar un fenómeno serio: la vida breve de muchas herramientas tecnológicas y el modo en que esa fragilidad termina afectando la práctica pedagógica.

El problema no radica en que aparezcan nuevas aplicaciones. Esa dinámica forma parte del ecosistema digital contemporáneo. El problema comienza cuando el docente deposita en una herramienta efímera una función que debería descansar en una decisión pedagógica más estable. En ese punto, la desaparición de la app deja de ser una anécdota tecnológica y se convierte en una dificultad didáctica. Es necesario destacar que otras muchas herramientas empleadas diariamente, crecen en sus posibilidades y mejora de interacción y están lejos de desaparecer. Tal vez debamos fijarnos más en ellas, que en las otras para evitar el efecto Tamagotshi.

Del huevo digital al vacío metodológico

El ciclo suele repetirse de manera similar. Primero aparece una app con una promesa potente. Dice ahorrar tiempo, mejorar resultados, personalizar aprendizajes o ampliar la creatividad del estudiante. Después llega la etapa del entusiasmo. Se multiplican los tutoriales, los videos de recomendación, las pruebas rápidas y las publicaciones en redes. La herramienta entra a las clases, a los talleres y a las conversaciones académicas. Todo parece apuntar a que estamos ante una innovación de largo alcance.

Al poco tiempo, el escenario cambia. La aplicación comienza a poner límites, a cerrar funciones, a modificar su interfaz o a exigir pagos que antes no pedía. En otros casos, desaparece sin anuncio visible para la mayoría de los usuarios. Queda entonces una sensación extraña. Aquello que hace poco era tema de moda se convierte en un recuerdo amargo. El aula, sin embargo, no funciona con recuerdos amargos y lamentos tecnológicos. El aula necesita continuidad, criterios y decisiones que soporten el paso del tiempo.

En educación, esto merece una lectura crítica. Una cosa es usar una app como medio complementario, tal vez como experimento. Otra muy distinta es organizar una experiencia de aprendizaje entera alrededor de una tecnología cuya permanencia nadie puede garantizar. La fascinación por la novedad, en ese contexto, puede nublar el juicio profesional. El docente empieza a seguir herramientas como quien sigue una tendencia, y no como quien examina recursos desde objetivos, contenidos, mediaciones y formas de evaluación.

Esta situación se conecta con un fenómeno que cada vez se vuelve más visible: la saturación de propuestas de IA, que conducen a la Aitoxicación, fenómeno que hemos abordado en el blog. Cada semana aparecen nuevas plataformas que prometen hacer mejor lo que otra prometía ayer. La abundancia no siempre mejora el panorama. En ocasiones lo vuelve más confuso. Se instala la sensación de que siempre falta probar la siguiente app, como si el valor pedagógico estuviera en la novedad y no en la coherencia del uso. El resultado puede ser una práctica dispersa, frágil y dependiente del ritmo comercial de las empresas tecnológicas. Todas las herramientas, como hemos comentado más de una vez en el blog, son recursos, medios del proceso pedagógico que se subordinan al método y dependen por completo de la relación objetivos contenidos.

Lo que debe permanecer cuando la app desaparece

La primera lección que deja el efecto Tamagotchi es clara: el centro del trabajo docente no puede ser la app. El centro debe ser la intención pedagógica, el objetivo a alcanzar. La pregunta decisiva no es qué herramienta está de moda, sino qué se quiere lograr en el aprendizaje. Si la meta consiste en promover pensamiento crítico, fortalecer la redacción, organizar información, comparar fuentes o producir una imagen con sentido didáctico, entonces la función debe quedar por encima de la plataforma concreta. Es decir, se subordina a la metodología seleccionada.

La segunda lección tiene que ver con la transferencia metodológica. Una buena actividad debería poder migrar de una app a otra sin perder su valor formativo. Si una estrategia solo funciona con una plataforma específica, la dependencia es demasiado alta. En cambio, si la tarea conserva su estructura, aunque cambie el soporte, hay mayor solidez didáctica. El docente deja de ser usuario cautivo de una app y pasa a ser diseñador de experiencias de aprendizaje.

La tercera lección remite a la curación de herramientas. No basta con conocer muchas aplicaciones. Hace falta aprender a seleccionar, que es el primer paso en la ruta crítica en el trabajo con los medios. Conviene mirar estabilidad, claridad en las condiciones de uso, facilidad de acceso y de manejo por parte de los estudiantes, posibilidades de exportar resultados, protección de datos y pertinencia para el contexto educativo real, entre otras razones. Una app puede resultar espectacular en una demostración breve y fallar por completo en una secuencia de clase más exigente. Ahora bien, no toda adopción intensa de una herramienta implica dependencia ingenua; en algunos casos, el uso sostenido permite consolidar prácticas valiosas. El problema no es la frecuencia de uso, sino la ausencia de criterios para reemplazar, adaptar o evaluar la herramienta.

La cuarta lección alcanza a la escritura académica y a la divulgación educativa. Cada vez que un docente o investigador escribe sobre una app de IA, debería evitar el tono de deslumbramiento. Presentar una herramienta como solución definitiva, o la que cambia todo lo que antes hacías con otra IA, suele ser una forma de simplificación. Es más honesto analizarla como recurso provisional, situado y condicionado por un mercado muy inestable. Esa cautela no enfría la innovación, la vuelve más seria.

También hay una enseñanza para los estudiantes. Formarlos solo en el manejo de una app concreta produce aprendizajes débiles. Formarlos en criterios, preguntas, análisis, evaluación de fuentes y producción reflexiva produce capacidades que sobreviven a la desaparición de una plataforma. La educación no puede depender de la duración comercial de un producto digital. Debe apoyarse en procesos cognitivos que mantengan vigencia, aunque cambie el entorno tecnológico.

Por eso, la metáfora del Tamagotchi no es una simple imagen nostálgica. Permite comprender un rasgo central del presente digital. Muchas aplicaciones de IA nacen como huevo brillante, crecen con rapidez, capturan nuestra atención y luego se apagan. El riesgo aparece cuando el docente también apaga con ellas una parte de su estrategia de enseñanza; entonces conviene detenerse. La mediación pedagógica no puede tener la misma esperanza de vida que una app.

Las herramientas pasarán, unas morirán pronto, otras mutarán y algunas serán absorbidas por plataformas mayores. El reto del docente consiste en no confundir innovación con dependencia. Probar, explorar y experimentar sigue siendo necesario. Lo que no debe perderse es la distancia crítica. En tiempos de sobreoferta tecnológica, esa distancia se vuelve una forma de madurez profesional.

Tal vez esa sea la enseñanza más útil de todo este proceso: no hay que enamorarse de la app. Hay que trabajar con criterios que sigan vivos cuando la app ya no esté.

 

domingo, 12 de abril de 2026

Sintaxis algorítmica: la competencia necesaria para interactuar con la IA

 

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

El podcast como siempre con ejemplos que acompañan el contenido, lo puedes escuchar desde aquí. 

Cuando a un docente se le propone crear una imagen con inteligencia artificial y se le pregunta ¿cómo la quiere? la respuesta suele quedarse en lo general: el tema, la materia, una idea amplia. “Algo sobre la Revolución”. “Una imagen de ciencias”. “Un esquema de matemáticas”.

La precisión no aparece. No es que no tenga la idea. Es que no logra estructurarla lingüísticamente. Aquí hay una falla que casi no se nombra. No es tecnológica. Es lingüística. La IA es una máquina que responde a nuestras peticiones, si no son claras, tampoco la respuesta lo será. La inteligencia artificial no está fallando: lo que falla es la forma en que se le indica qué hacer.

El lugar del sustantivo

Buena parte de los problemas de redacción y, ahora, de interacción con IA, comienza en un punto muy concreto: el sustantivo.

Se nombra, pero no se construye.

El sustantivo, por sí solo, no dirige nada. Necesita un entramado: modificadores, complementos, relaciones que delimiten su alcance. Sin esa organización, el enunciado queda abierto. Y un enunciado abierto no orienta: se dispersa.

Decir “una imagen de la célula” no es suficiente. ¿Qué tipo de imagen? ¿Para quién? ¿Con qué propósito? ¿Qué debe destacarse? Si eso no se explicita, el lenguaje no opera.

Como plantea Guillermo Rojo et al. (2023), la sintaxis organiza la información en función de la intención. Cuando esa organización falla, el sentido no desaparece, pero pierde precisión. Y en interacción con IA, esa imprecisión se amplifica.

Nombrar no es dirigir

En el ámbito educativo se ha trabajado durante años el contenido: qué enseñar, qué tema abordar, qué concepto explicar. Pero con inteligencia artificial eso ya no alcanza. Hoy el valor de la pregunta cobra una nueva dimensión.

Saber qué se quiere no equivale a saber cómo decirlo para que produzca efecto.

Un prompt como:

“Haz una imagen de la fotosíntesis” nombra el tema, pero no dirige nada.

En cambio: “Genera una imagen didáctica de la fotosíntesis para estudiantes de secundaria, con etiquetas claras en cada fase del proceso y colores diferenciados para facilitar su comprensión”

No solo nombra: estructura, delimita, orienta.

La diferencia no es de contenido. Es de sintaxis.

Errores de redacción, errores de dirección

Muchos errores que solemos atribuir a descuidos, discordancias, ambigüedades o problemas de régimen preposicional, responden en realidad a una dificultad mayor: los elementos del enunciado no están ocupando su lugar funcional (Real Academia Española, 2009).

·         El sustantivo no delimita.

·         El verbo no dirige.

·         Los complementos no precisan.

Y entonces el mensaje queda en un punto intermedio: se entiende, pero no actúa.

Los modelos de lenguaje operan mediante predicción probabilística de secuencias; cuando la estructura es difusa, la respuesta también lo es. No hay error en el sistema; hay apertura en la instrucción.

Solo quien domina la sintaxis en su dimensión funcional puede reorganizar el enunciado hasta hacerlo unívoco.

Sintaxis algorítmica

Aquí aparece una competencia que no estamos nombrando —y, por lo tanto, tampoco enseñando—: la sintaxis algorítmica.

No se trata de gramática normativa ni de análisis escolar. Se trata de la capacidad de estructurar el lenguaje de manera que funcione como instrucción. Ver el valor de la pregunta.

Un prompt no es solo una pregunta. Es una forma de organización del pensamiento.

Desde esta perspectiva, escribir un prompt se acerca más a un ejercicio de corrección de estilo que a una consulta. Implica ajustar, precisar, eliminar ambigüedades, establecer relaciones claras. Escribir, como señala Daniel Cassany (2006), para lograr un efecto.

Aquí, ese efecto es una respuesta pertinente.

Lo que estamos dejando de enseñar

El problema no es menor. Si los docentes no logran precisar lo que quieren decir, difícilmente podrán aprovechar la inteligencia artificial en el aula.

Y no se trata de agregar más herramientas. Se trata de trabajar algo más básico, y más exigente:

  • pasar del enunciado general al enunciado operativo
  • ejercitar la reformulación como práctica sistemática
  • hacer explícita la relación entre lenguaje, intención y resultado

Esto no es un añadido. Es un desplazamiento.

La sintaxis deja de ser contenido para convertirse en condición de posibilidad del pensamiento operativo.

Conclusiones

El docente sabe lo que quiere. El problema es otro: no siempre logra decirlo de forma que produzca efecto.

Y mientras el lenguaje permanezca en ese nivel de generalidad, la inteligencia artificial seguirá respondiendo como puede: con generalidades.

No es un problema de herramientas. Nunca lo fue.

Es un problema de lenguaje.

 

Referencias (APA 7.ª edición)

Cassany, D. (2006). Tras las líneas: Sobre la lectura contemporánea. Anagrama.

Real Academia Española. (2009). Nueva gramática de la lengua española. Espasa.

Rojo, G., Vázquez Rozas, V., & González Rodríguez, M. (2023). Sintaxis del español. Arco/Libros.