lunes, 28 de septiembre de 2026

Del asistente conversacional al colaborador digital en el trabajo docente

 

 

Hoy la inteligencia artificial ya no permanece únicamente en una ventana esperando preguntas. Puede trabajar con archivos, utilizar herramientas, producir artefactos y sostener procesos de revisión que se prolongan a lo largo de una tarea. El reto educativo, sin embargo, no consiste en delegarle cada vez más actividades, sino en aprender a colaborar con ella sin renunciar a comprender, decidir y responder por lo realizado.

De la respuesta al espacio compartido de trabajo

Durante los primeros años de la inteligencia artificial generativa nos acostumbramos a una interacción relativamente sencilla: escribir una instrucción y esperar una respuesta. La metáfora del copiloto representó un avance porque la herramienta dejó de percibirse únicamente como un buscador y comenzó a acompañar actividades de redacción, planeación, programación o análisis. Más tarde adquirió relevancia la figura del agente: un sistema capaz de organizar varios pasos, utilizar herramientas, consultar información y verificar parcialmente sus resultados.

La integración de modelos como los conocidos GPT y de agentes de programación como Codex están haciendo posible que la IA trabaje con archivos, documentos y hojas de cálculo para transformarlo en productos que posteriormente pueden ser revisados. También muestra procesos en los que un agente recorre ciclos de planeación, ejecución, observación, reparación y documentación, apoyándose en evidencia externa como archivos, registros y resultados de pruebas (Choi, 2026; OpenAI, s. f.).

El cambio no consiste solamente en que el modelo pueda generar mejores respuestas. Lo relevante es que dispone de un entorno en el que puede actuar sobre materiales concretos, recibir retroalimentación y conservar el contexto de una tarea durante más tiempo. Esto modifica la relación entre la persona y el sistema: se pasa de pedir respuestas aisladas a trabajar sobre objetos compartidos que pueden revisarse, modificarse y mejorar progresivamente.

En nuestra experiencia docente, este cambio también transforma la manera de solicitar apoyo. Antes podíamos pedir: “redacta una actividad” o “corrige este texto”. Ahora podemos proporcionar materiales de referencia, restricciones, criterios de evaluación y productos anteriores; revisar una primera propuesta; señalar lo que no corresponde al contexto; comparar alternativas; y continuar trabajando sobre el mismo objeto.

Por ejemplo, en una materia sobre evaluación educativa, los estudiantes trabajan con varios HTML, pero cada uno de ellos cumple una función diferente. El primero de ellos es solo informativo, donde se establecen las etapas del trabajo, el segundo es para crear un prompt que les permitirá iniciar el trabajo en la materia. El tercero de ellos es para la interacción en la clase. De estos comentaremos en un próximo trabajo. La interacción se aproxima así a una forma de colaboración porque existe una tarea compartida, un contexto común y diferentes momentos en los que la intervención humana modifica el curso del trabajo.

¿Podemos llamar colaborador a una inteligencia artificial?

Conviene utilizar el término colaborador con prudencia. La IA no comparte nuestras intenciones morales, no conoce por experiencia directa a los estudiantes y no asume responsabilidad profesional por las consecuencias de una decisión pedagógica. Llamarla colaboradora, por tanto, no implica atribuirle conciencia, autonomía moral ni colocarla en el mismo plano ético que una persona.

En este artículo empleamos colaborador digital para describir una forma de organización del trabajo en la que la persona mantiene el propósito, los criterios y la decisión final, mientras la IA participa activamente en determinadas operaciones: explorar alternativas, organizar información, identificar patrones o inconsistencias, comparar posibilidades y materializar borradores o prototipos que posteriormente serán evaluados.

Esta distinción permite diferenciar tres formas de interacción. Un asistente responde a solicitudes puntuales; un agente puede ejecutar secuencias de acciones orientadas a una meta; un colaborador digital, en cambio, participa en un proceso iterativo en el que sus aportaciones son continuamente contrastadas, modificadas o rechazadas por la persona. La diferencia decisiva no está solamente en la capacidad técnica de la herramienta, sino en la forma de organizar la relación con ella.

Sharples (2023) propuso comprender la IA generativa educativa no como una sucesión aislada de preguntas y respuestas, sino como parte de un proceso social de conversación y exploración. Desde esta perspectiva, aprender implica establecer metas, construir significados, confrontar diferencias y transferir lo comprendido a situaciones nuevas. La colaboración no reside, entonces, en recibir un producto terminado, sino en sostener una interacción que transforme tanto la propuesta inicial como la comprensión de quien participa.

Esta distinción resulta especialmente importante para la docencia. Si el profesor entrega a la IA la definición del problema, la selección de fuentes, la interpretación de los resultados, los criterios de calidad y la decisión final, la interacción se aproxima más a una sustitución cognitiva que a una colaboración. En cambio, cuando utiliza la herramienta para ampliar opciones, identificar vacíos, cuestionar argumentos y crear prototipos que posteriormente somete a juicio pedagógico, la IA puede actuar como mediadora de un proceso intelectual cuya orientación y responsabilidad continúan siendo humanas.

El riesgo: mejores productos con menos pensamiento

La OCDE (2026) advierte que la inteligencia artificial generativa puede contribuir al aprendizaje cuando su utilización responde a una orientación pedagógica definida; en ausencia de ella, externalizar una tarea puede favorecer el desempeño inmediato sin producir necesariamente una comprensión equivalente. En otras palabras, el producto visible puede mejorar mientras parte del proceso intelectual necesario para producirlo se desplaza hacia la herramienta.

La investigación de Lee et al. (2025) ayuda a comprender este riesgo. Los autores estudiaron a 319 trabajadores del conocimiento, quienes describieron 936 experiencias concretas de utilización de inteligencia artificial generativa en actividades laborales. El estudio encontró que una mayor confianza en la capacidad de la IA para realizar una tarea se asociaba con una menor presencia autoinformada de pensamiento crítico, mientras que una mayor confianza de las personas en su propia capacidad se relacionaba con una mayor participación crítica.

El resultado requiere una interpretación prudente. El estudio no se realizó específicamente con docentes y se apoya en experiencias y percepciones reportadas por los propios participantes. Por ello, no demuestra que utilizar inteligencia artificial reduzca de manera causal o inevitable el pensamiento crítico. Lo que sí muestra es que la introducción de IA puede modificar dónde se concentra el esfuerzo cognitivo: verificar información, integrar respuestas, supervisar resultados y determinar cuándo una propuesta es suficientemente confiable adquieren una importancia creciente (Lee et al., 2025).

Esta evidencia obliga a cambiar la pregunta que hacemos sobre la tecnología. Ya no basta con saber si un docente utilizó o no inteligencia artificial. Necesitamos conocer qué decisiones conservó, qué verificó, qué rechazó, qué modificó y cómo justificó el producto final.

Delegar el pensamiento ocurre cuando aceptamos una respuesta por su fluidez, incorporamos datos o referencias que no hemos comprobado, permitimos que el sistema defina los criterios de calidad o somos incapaces de explicar el camino seguido para llegar al resultado. También sucede cuando confundimos ahorro de tiempo con aprendizaje. Una herramienta puede acelerar la elaboración de un recurso, pero la velocidad no sustituye la deliberación necesaria para determinar si ese recurso es pertinente, inclusivo y formativamente valioso.

Cuatro acciones para una colaboración crítica

Si la inteligencia artificial modifica tanto las posibilidades de producción como la distribución del esfuerzo cognitivo, la tarea no consiste únicamente en aprender a utilizarla, sino en establecer mecanismos que mantengan activa la agencia profesional del docente. A partir de los riesgos anteriores, proponemos organizar la colaboración docente con IA mediante cuatro acciones inseparables: dialogar, decidir, supervisar y responder.

Dialogar implica proporcionar contexto, pero también preguntar, contrastar y reformular. De esta manera, la IA responde a una intención pedagógica explícita y no únicamente a una instrucción técnica.

Decidir de manera consciente qué tareas puede realizar la IA y cuáles requieren juicio profesional. Buscar alternativas, clasificar información, sintetizar materiales o producir un primer prototipo pueden ser actividades delegables. Definir el propósito educativo, interpretar las necesidades de los estudiantes, establecer criterios de calidad y tomar decisiones con consecuencias pedagógicas requieren responsabilidad humana.

La decisión fundamental no es simplemente “usar o no usar IA”, sino determinar qué parte del proceso estamos dispuestos a delegar y cuál necesitamos conservar para comprender y responder por el resultado.

Supervisar consiste en contrastar datos y referencias, examinar posibles sesgos, solicitar explicaciones, comparar versiones, identificar inconsistencias y registrar modificaciones. Supervisar no significa revisar apresuradamente un producto cuando la IA ha terminado. Supone intervenir durante el proceso y crear puntos explícitos de verificación.

Una colaboración crítica necesita la posibilidad real de disentir. Si todas las propuestas de la IA son aceptadas, la supervisión se convierte en una formalidad. Colaborar implica también poder decir: esta respuesta no corresponde al contexto, esta fuente no es adecuada, este criterio es insuficiente o esta alternativa no beneficia a mis estudiantes.

Responder nos lleva a explicar por qué se aceptó una propuesta, qué modificaciones se realizaron y qué evidencias respaldan la decisión final. La IA puede participar en la producción, pero la responsabilidad ética y pedagógica permanece en la persona.

Responder significa también ser capaz de reconstruir el proceso: identificar qué provino de la herramienta, qué fue modificado y qué decisiones fueron tomadas por el docente. La responsabilidad no desaparece porque una parte del trabajo haya sido automatizada.

Estas cuatro acciones coinciden con la orientación humanocéntrica del Marco de competencias en IA para docentes de UNESCO. Miao y Cukurova (2024) organizan el marco en 15 competencias distribuidas en cinco dimensiones: mentalidad centrada en el ser humano, ética de la IA, fundamentos y aplicaciones de IA, pedagogía con IA y uso de IA para el aprendizaje profesional. El marco sitúa así la agencia humana y la responsabilidad docente como elementos centrales de la integración tecnológica.

El profesor no queda relegado a supervisar una máquina. Por el contrario, adquiere la responsabilidad adicional de diseñar relaciones con la tecnología que protejan la autonomía, el aprendizaje y la dignidad de quienes participan.

El docente de los próximos años no trabaja solo, pero sigue pensando

El profesor del futuro no será necesariamente quien prohíba toda inteligencia artificial ni quien entregue a la herramienta la planeación, la evaluación y la escritura. Será quien aprenda a construir con ella sin desaparecer del proceso; quien utilice su capacidad para explorar más posibilidades, pero conserve la responsabilidad de elegir; y quien aproveche la automatización del trabajo mecánico para dedicar mayor atención a comprender a sus estudiantes, diseñar mejores experiencias y analizar las consecuencias de sus decisiones.

Desde esta perspectiva, la pregunta decisiva ya no es solamente qué puede hacer GPT por nosotros. La pregunta es qué tipo de relación intelectual queremos construir con una tecnología capaz de intervenir en nuestros archivos, proyectos y productos.

Conclusiones

La propuesta de: dialogar, decidir, supervisar y responder es para organizar una colaboración crítica con la IA, no constituyen una secuencia rígida, sino un ciclo que mantiene al docente intelectualmente presente durante todo el proceso. Dialogar permite definir el problema y proporcionar contexto; decidir establece los límites de la delegación; supervisar introduce contraste y verificación; responder mantiene visible la responsabilidad profesional. Las cuatro acciones convierten el uso de IA en algo distinto de una simple transferencia de tareas.

Todavía existen límites importantes en la evidencia disponible. No todos los resultados obtenidos con trabajadores del conocimiento pueden generalizarse a profesores y estudiantes; tampoco sabemos con precisión qué formas de interacción humano-IA favorecen aprendizajes duraderos en diferentes disciplinas y niveles educativos. Se necesita, por tanto, investigación que no evalúe únicamente la calidad o rapidez del producto obtenido, sino también la comprensión alcanzada, la capacidad de transferencia, la autonomía posterior y la calidad de las decisiones tomadas sin ayuda de la herramienta.

El desafío educativo no consiste en preservar artificialmente todas las tareas que antes realizábamos sin tecnología. Tampoco consiste en automatizar todo aquello que una IA sea capaz de ejecutar. Consiste en decidir qué merece seguir siendo pensado por nosotros. Si aprendemos a colaborar sin delegar esa responsabilidad, la inteligencia artificial no tendrá que reducir al docente a un espectador. Puede convertirse, por el contrario, en una oportunidad para hacer más visible, deliberada y exigente su inteligencia profesional.

Referencias

Choi, D. (2026, 23 de febrero). Run long horizon tasks with Codex. OpenAI Developers.

Lee, H.-P. (H.), Sarkar, A., Tankelevitch, L., Drosos, I., Rintel, S., Banks, R., & Wilson, N. (2025). The impact of generative AI on critical thinking: Self-reported reductions in cognitive effort and confidence effects from a survey of knowledge workers. Proceedings of the 2025 CHI Conference on Human Factors in Computing Systems, Article 1121, 1–22. doi:10.1145/3706598.3713778

OECD. (2026). OECD digital education outlook 2026: Exploring effective uses of generative AI in education. OECD Publishing. doi:10.1787/062a7394-en

OpenAI. (s. f.). Productivity & collaboration. ChatGPT Learn.

Sharples, M. (2023). Towards social generative AI for education: Theory, practices and ethics. Learning: Research and Practice, 9(2), 159–167. doi:10.1080/23735082.2023.2261131

 

domingo, 20 de septiembre de 2026

Cuando el currículo también debe aprender: educar como bien común en la era de la IA


Ilustración conceptual sobre un currículo que aprende en la era de la inteligencia artificial, con una comunidad educativa, un libro abierto y un ciclo de observar, contrastar, deliberar, experimentar y aprender.

En la segunda semana de septiembre del presente año, ministros de Educación, especialistas, docentes, estudiantes y representantes del sector tecnológico se reunieron en la sede de la UNESCO en París con una pregunta central: ¿cómo integrar la inteligencia artificial en la educación sin permitir que la lógica de la tecnología termine definiendo el sentido de educar?

Esta discusión mundial conduce directamente al currículo; durante años se ha hablado de actualización curricular como un proceso relativamente previsible: revisar programas, añadir contenidos, incorporar competencias digitales o modificar asignaturas. Esa lógica supone que primero cambia el mundo y después el currículo dispone de tiempo suficiente para ponerse al día. Sin embargo, la inteligencia artificial está rompiendo esa secuencia.

Cuando una institución termina de discutir el uso de una herramienta, aparecen nuevas versiones, modelos multimodales, agentes capaces de ejecutar tareas, sistemas de tutoría y nuevas formas de producir textos, imágenes, código, datos y conocimiento. El problema no es simplemente que las tecnologías cambien rápido. El problema es que están modificando las actividades intelectuales sobre las cuales se construyeron muchos currículos. Leer, escribir, investigar, resumir, traducir, programar, diseñar, buscar información y resolver problemas ya no ocurren exactamente de la misma manera.

La evidencia presentada precisamente en París resulta ilustrativa. Un estudio de UNESCO IESALC realizado en 200 instituciones de educación superior de 19 países de América Latina y el Caribe encontró que el 87 % ya utiliza inteligencia artificial en alguna de sus actividades. Sin embargo, únicamente el 26 % dispone de una estrategia institucional formal de IA (Valentini, 2026).

Del currículo actualizado al currículo que aprende

Un currículo que aprende posee algo diferente: capacidad para interpretar cambios que todavía están ocurriendo. No persigue cada innovación ni modifica los programas cada vez que aparece una nueva plataforma. Tampoco confunde innovación educativa con adopción tecnológica. Construye mecanismos para observar lo que sucede, analizar evidencias, escuchar a la comunidad, experimentar responsablemente y decidir qué debe incorporarse, transformarse, limitarse o rechazarse. Esta capacidad puede denominarse gobernanza curricular adaptativa.

Por gobernanza curricular adaptativa se entiende la capacidad de una comunidad educativa para revisar continuamente las relaciones entre conocimiento, tecnología, aprendizaje y propósito formativo, tomando decisiones informadas sin renunciar a sus principios educativos. Lo importante es la última parte de la definición. Adaptarse no significa obedecer al cambio.  Significa desarrollar capacidad para gobernarlo.

La diferencia es fundamental. Una institución que simplemente se adapta termina siguiendo el ritmo de las plataformas. Una institución que aprende puede preguntarse qué cambios son educativamente valiosos y cuáles no. De este modo, el currículo deja de ser solamente un documento que organiza contenidos y se convierte también en un sistema institucional de aprendizaje.

Hechos: Cuando producir información deja de demostrar aprendizaje

Uno de los temas planteados en París es particularmente relevante para la educación: ¿qué cuenta como un hecho en una época de conocimiento sintético? Durante mucho tiempo, buena parte de la evaluación educativa se construyó sobre una asociación relativamente sencilla: si un estudiante producía un buen texto, una presentación, una síntesis o un programa informático, era razonable interpretar ese producto como evidencia de determinadas capacidades. La IA generativa debilita esa asociación.

Un producto terminado ya no permite saber con suficiente claridad qué parte corresponde a comprensión, qué parte a búsqueda, qué parte a generación automática y qué decisiones intelectuales fueron tomadas por el estudiante. La respuesta educativa no debería ser regresar artificialmente a un mundo sin inteligencia artificial; debería consistir en mejorar nuestra idea de evidencia.

En un currículo que aprende, la evaluación tendría que recuperar elementos que durante mucho tiempo quedaron ocultos detrás del producto final: las preguntas formuladas, las fuentes utilizadas, los criterios de selección, las dudas encontradas, las alternativas descartadas, las decisiones tomadas y la capacidad de defender una conclusión. Cuando una máquina puede producir respuestas plausibles, mostrar el proceso de pensamiento adquiere mayor valor educativo.

Esto implica que el currículo de la era de la IA no debería preocuparse solamente por enseñar a producir. Necesita enseñar también a justificar, contrastar, atribuir, verificar y responder por lo producido.

Fricciones: la tecnología no llega a una educación neutral

El segundo eje de la discusión de UNESCO habla de fricciones. La palabra resulta acertada porque la IA no entra en sistemas educativos vacíos. Llega a instituciones con desigualdades, lenguas, culturas, regulaciones, modelos de evaluación, prácticas docentes y condiciones de infraestructura muy diferentes. Por eso, la misma tecnología no produce necesariamente las mismas oportunidades.

Puede ampliar el acceso para algunos estudiantes y crear nuevas barreras para otros. Puede apoyar el trabajo docente, pero también aumentar mecanismos de vigilancia. Puede favorecer la personalización y, simultáneamente, generar dependencia de proveedores externos. Puede facilitar la producción de conocimiento y, al mismo tiempo, dificultar la identificación de su procedencia.

La Declaración Ministerial adoptada en París coloca varias de estas tensiones en el centro de la gobernanza educativa. Plantea la necesidad de proteger los datos, desarrollar sistemas auditables, promover la inclusión desde el diseño, preservar la agencia profesional docente y evaluar no solo el precio inicial de las tecnologías, sino su costo total, interoperabilidad y portabilidad (UNESCO, 2026b).

La UNESCO propone considerar la interoperabilidad, la portabilidad de los datos y los sistemas abiertos para que los sistemas educativos no queden encerrados en una determinada solución tecnológica. También señala que, cuando sea necesario, debe ser posible suspender determinadas formas de utilización de la IA (UNESCO, 2026b).

Esta idea puede trasladarse al currículo mediante un principio que convendría desarrollar con mayor fuerza: la reversibilidad curricular. Toda incorporación tecnológica debería conservar la posibilidad de ser revisada, modificada o abandonada cuando la evidencia muestre que ya no contribuye al aprendizaje, compromete derechos, aumenta desigualdades o genera una dependencia incompatible con los objetivos de la institución.

Innovar no debería significar adoptar sin retorno.

Por el contrario, una institución verdaderamente innovadora debería poseer suficiente autonomía para decir no, detener una implementación o cambiar de dirección. La posibilidad de abandonar una tecnología puede ser tan importante como la capacidad para adoptarla.

Cinco movimientos para una gobernanza curricular adaptativa

¿Cómo podría operar un currículo que aprende?

No parece necesario sustituir los sistemas curriculares actuales por estructuras completamente nuevas. Lo que se necesita es incorporar ciclos permanentes de aprendizaje institucional. Se proponen cinco movimientos relacionados entre sí: observar, contrastar, deliberar, experimentar y aprender.

Observar significa identificar cambios que realmente están modificando las prácticas de estudiantes, docentes y profesiones. No basta con seguir tendencias tecnológicas. Hay que mirar lo que está ocurriendo en las aulas.

Contrastar exige confrontar promesas con evidencias. Antes de generalizar una tecnología, debería preguntarse qué beneficios educativos puede demostrar, qué riesgos presenta y en qué contextos han sido observados.

Deliberar implica que las decisiones no correspondan exclusivamente a especialistas tecnológicos o autoridades administrativas. Si una herramienta modifica el aprendizaje, la evaluación, los datos o el trabajo docente, estudiantes y profesores necesitan participar en la decisión.

Experimentar supone probar en condiciones controladas, con objetivos pedagógicos explícitos, criterios de evaluación y posibilidad de detener la experiencia. Un piloto no debería utilizarse para confirmar una decisión tomada de antemano, sino para aprender.

Finalmente, aprender significa convertir la evidencia producida por esas experiencias en decisiones curriculares, políticas institucionales y nuevos criterios para futuras innovaciones y con esto no termina el ciclo sino que vuelve a comenzar. Ese carácter recursivo constituye precisamente la diferencia entre un currículo que ocasionalmente se actualiza y un currículo que institucionalmente aprende.

La prueba del bien común

Si la educación debe mantenerse como bien común, como se está planteando en París, esa afirmación necesita convertirse en decisiones concretas, una posible contribución curricular consiste en someter cada incorporación importante de inteligencia artificial a una prueba del bien común.

Antes de integrar una tecnología en una asignatura, programa o institución, podrían formularse seis preguntas:

  1. Propósito: ¿qué problema educativo pretende resolver y por qué merece ser resuelto mediante IA?
  2. Aprendizaje: ¿aumenta el razonamiento, la creatividad y la autonomía del estudiante o principalmente sustituye trabajo cognitivo que todavía necesita aprender a realizar?
  3. Agencia: ¿fortalece la capacidad de decisión de docentes y estudiantes o traslada decisiones educativas importantes al sistema tecnológico?
  4. Derechos y equidad: ¿qué ocurre con los datos, la privacidad, las lenguas, la accesibilidad y las diferencias de recursos entre estudiantes?
  5. Evidencia: ¿existen pruebas suficientes de sus beneficios educativos o solamente argumentos comerciales y expectativas?
  6. Reversibilidad: ¿puede la institución modificar o abandonar la tecnología sin perder sus datos, sus procesos o su autonomía?

Estas preguntas no buscan frenar la innovación, buscan mejorarla, una innovación educativa responsable no se mide por la velocidad de adopción, sino por la calidad de las decisiones que la sostienen.

Los docentes no son usuarios finales

En numerosos procesos de transformación digital, los sistemas son seleccionados primero y los docentes reciben capacitación después. La lógica es conocida: alguien decide qué tecnología utilizar y posteriormente se enseña al profesorado a utilizarla.

La discusión actual de UNESCO propone algo diferente: los docentes deben participar en las decisiones sobre los sistemas de IA que llegan a sus aulas y la tecnología debe respaldar —no sustituir— su juicio profesional (UNESCO, 2026b).

Esto significa que el docente deja de ser el “usuario final” de decisiones tomadas en otra parte, se convierte en participante de la gobernanza y lo mismo debería ocurrir con los estudiantes. Formarlos para vivir en sociedades atravesadas por inteligencia artificial no consiste únicamente en enseñarles a escribir mejores instrucciones para una plataforma. Requiere que comprendan qué sistemas utilizan, qué datos entregan, qué limitaciones poseen las respuestas recibidas y qué decisiones conviene conservar bajo control humano.

La alfabetización en IA, por tanto, no debería reducirse a competencia instrumental. Debe incluir capacidad crítica, ética y política para intervenir en las condiciones bajo las cuales utilizamos la tecnología.

Una última frontera

Quizá la frontera educativa más importante de la inteligencia artificial no sea tecnológica, sino humana; desde luego que podemos disponer de sistemas que produzcan textos, imágenes, explicaciones, simulaciones y recomendaciones cada vez más sofisticadas. Pero ninguna de esas capacidades responde por sí misma a preguntas como qué conocimiento vale la pena conservar, qué desigualdades estamos dispuestos a combatir, qué responsabilidades tenemos frente a otros o qué sociedad queremos construir.

Por ello, preservar la educación como bien común no significa defenderla de toda tecnología. Significa impedir que sus finalidades sean definidas únicamente por ella. El currículo del futuro no será necesariamente aquel que cambie con mayor rapidez ni el que incorpore más inteligencia artificial.

Será aquel que desarrolle una capacidad más difícil y más importante: aprender de los cambios sin perder la capacidad de decidir hacia dónde quiere ir.

 

Referencias

UNESCO. (2026a, 9 de septiembre). Education ministers call for education to remain a common good in the age of AI at UNESCO’s Digital Learning Week. UNESCO. Fuente oficial de UNESCO

UNESCO. (2026b). Sustaining education as a common good in the age of AI: Ministerial statement. UNESCO. Declaración Ministerial

Valentini, A. (2026). AI implementation in higher education in Latin America and the Caribbean. UNESCO International Institute for Higher Education in Latin America and the Caribbean. Informe de UNESCO IESALC