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martes, 28 de abril de 2020

Sin dudarlo el profesor es organizador no facilitador del aprendizaje.


Recientemente en una video conferencia organizada por la Corporación Universitaria Minuto de Dios de Colombia  me referí en relación a las habilidades del profesor ante la didáctica colaborativa, a que este tiene un rol organizador y no facilitador como es costumbre escuchar.

Una profesora participante me preguntó por qué empleaba esta denominación y dio varios argumentos para seguir utilizando el término de facilitador. A pesar de los argumentos que expuse, me quedé con la necesidad de profundizar más en esta idea.

Comienzo por buscar el origen de facilitador y leo en el diccionario RAE que en algunos países se le llama a la persona que se desempeña como instructor u orientador en una actividad, mientras en Venezuela se le llama así al maestro o profesor. Como esta definición no me convence, fui a la raíz de la palabra facilitar y encuentro que se define como hacer fácil o posible la ejecución de algo o la consecución de un fin, así como proporcionar o entregar. Esta definición se desprende del vocablo latín facilis, que se traduce como “fácil” y que surge del verbo facere que es sinónimo de “hacer”
Con todas estas definiciones léxicas me quedo en la idea que facilitar es hacer más fácil un camino.

¿El profesor tiene como única tarea el hacer más fácil el camino?

Por supuesto que es una de sus tareas, pero cumple muchas más. Entonces por qué llamarle facilitador. Con el desarrollo de las ciencias se produjo un fenómeno de especialización que generó la fragmentación en muchos campos y subcampos, que a su vez se nutrieron del intercambio con otras ciencias. Este proceso dio lugar a una recombinación de especialidades las que a su vez tomaron categorías de otros campos y los hicieron suyos. En educación tenemos muchos ejemplos como el caso de estrategia y facilitador.

El profesor no solo facilita el camino, esa es una de sus responsabilidades, pero no la única. El docente debe conocer las posibilidades de sus estudiantes para trabajar con el contenido, previsto en los objetivos, que también están en función del estudiante. Además debe seleccionar los métodos y su soporte los medios. Pero este proceso no termina aquí sigue con la verificación y retroalimentación. Tampoco concluye en este paso, pues durante todo ese proceso tiene la tarea de educar, formar, generar valores, predicar con su ejemplo. Ninguna de estas tareas se puede facilitar.

Otra de las tareas importantes del docente es la planificación del proceso pedagógico, no la que se escribe en un papel que se copia de año en año, sino la real, la que desarrollamos en la clase, sea presencial o no. Esa planificación no se facilita se desarrolla. La formación de grupos en los estudiantes, a partir de la concepción de la didáctica desarrolladora, indica que es necesario participar en todas las etapas del trabajo grupal. No se puede facilitar esta tarea, se organiza desde el principio, con la participación de los estudiantes.

Además de lo anterior sumamos la obligatoria necesidad de la preparación del profesor para cumplir con todas las tareas anteriores. Tiene que ser experto en su ciencia particular, pero además en las ciencias pedagógicas. Son pocas las profesiones a las que se les exige que se prepare en dos campos diferentes, debe dominar la ciencia que “explica” y la ciencia que trata sobre cómo “explicar”. 

Trabajamos con decenas de personalidades diferentes, con edades variadas, intereses, gustos, conocimientos previos que confían en nosotros a veces sin conocernos, solo por el nombre.

Sumando todas las razones anteriores quedo convencido que nuestro papel es el de organizar el proceso de aprendizaje colaborativo. Es muchas veces más complejo que facilitar, es más que dar, organizar es un nivel más alto y complejo, así es nuestra profesión, una obra de infinito amor.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Mi profesión: única y sin repeticiones



Wordle: sin rutinaDe madrugada en un aeropuerto, dos conexiones, cinco horas en el último vuelo, película tonta en los televisores del avión y batería de la portátil descargada, no me dejaron otra opción que abandonarme al sueño.

Imaginé que era médico y vivía en un país donde la mayoría de las personas se enfermaban de lo mismo, un caso, otro y así muchos al día. Los mismos procedimientos y medicinas.

En una de esas bajadas súbitas del avión me cambie el uniforme médico por un casco, una regla, varios lápices y planos en papeles de gran tamaño. Diseñaba en el mismo país casas y edificios iguales, empleaba los mismos materiales y por lo general hacía lo mismo.

Una nueva sacudida de la nave y cambié de trabajo, me convertí en taxista. Las calles casi iguales, las conversaciones de los pasajeros, las mismas. Qué le pareció el partido de ayer, sí el portero estaba ciego, el calor más fuerte que el año pasado y la lluvia que no llega, mientras las calles con los mismos baches de la vez pasada.

No recuerdo por cuáles otras profesiones pasé durante mi sueño, pero el golpe de la ruedas del avión en la pista me obligaron a despertarme por completo, había llegado y se acabó el sueño.

Unos días después y reunido con antiguos compañeros de estudio, les relaté mi sueño. Del sueño a la realidad de cada uno, pasamos con rapidez. Recordamos que nuestro grupo universitario, comenzó con 15 personas y nos graduamos 13. De todos ellos, en la docencia trabajamos seis, el resto, salvo dos fallecidos tempranamente, trabajan en otros campos ajenos por completo a su profesión.

De los que aun somos profesores, dos trabajamos en el exterior y el resto lo sigue haciendo en Cuba, nuestro país de origen.

Los que no siguen en la docencia se debe a que encontraron otros rumbos económicamente más interesantes, con otras posibilidades y alejados de la actividad escolar.

Los que aun nos mantenemos en nuestra profesión empezamos a comentar, que sí bien, no es lo remunerada que se requiere, que se trabaja más de lo que es reconocido, es un trabajo donde no hay rutina. Aunque tratemos los mismos contenidos, semestres tras semestres, no es posible repetir lo mismo.

Cada período escolar recibimos nuevos estudiantes, con intereses similares a los demás, pero con formas de aprendizaje diferente.

Comentamos cómo son nuestros alumnos, los cambios que experimentan clase tras clase, cómo unos cumplen más que otros, las diferencias sustanciales entre todos, aun con las mismas asignaturas.

De la charla pasamos a una interesante discusión cuando los ex compañeros de estudios universitarios que no siguen en nuestra profesión, comentaron lo que hacen a diario. Entrar al trabajo a la misma hora, encontrarse con las mismas personas todos los días, realizar tareas similares y volver a sus casas para ver tele.

Pero los que aun seguimos como profesores, señalamos que al llegar a nuestras casas, siempre conversamos de lo que hizo este alumno, o lo que se nos ocurrió para la próxima clase. Llevamos trabajos para revisar y calificar y cuando el sueño nos vence nos acostamos pensando que mañana no será igual a hoy.

Sin menoscabar la importancia de otras profesiones, considero, que en la nuestra la rutina se reduce a informes y otras tareas burocráticas, que por suerte no son cotidianas. No me veo detrás de un escritorio llenando planillas todas iguales, realizando las mismas tareas diarias. Ese día dejaré de ser lo que soy y pasaré a hacer lo que no me gusta; la rutina.