El título del comentario puede parecer confuso y sugerir que
ninguno de los tres elementos tiene relación. Sin embargo es todo lo contrario.
Por lo general las personas asocian directamente la
educación a la escuela y a la vida en sociedad. Como comenté anteriormente,
tienen razón, pero la educación es mucho más.
Vivimos en sociedad, nos desarrollamos en la sociedad,
copiamos de la sociedad lo bueno y lo malo, defendemos nuestro derecho a vivir
en la sociedad, pero muchas veces queremos imponer nuestro criterio o gusto al
criterio social.
Escuchamos la música del vecino a todo volumen a modo de
mostrarnos el poderío de su equipo de audio, en el ómnibus vemos personas
jóvenes que siguen sentados mientras mujeres y ancianos viajan como equilibristas a
merced de los esquivos movimientos de los conductores. Nos despertamos
escuchando las bocinas estridentes de taxis, ómnibus y chóferes particulares
que desean volar por encima del tránsito caótico de la Ciudad.
Apreciamos las paredes pintarrajeadas por grupos marginales
y miramos sin pavor los pasillos de nuestra Facultad convertidos en gigantescos
murales donde colocan carteles con pésima redacción y peor ortografía.
Es una tradición que entre agosto y octubre nos llenemos de
humo, procedente de los campos quemados por sus propietarios, para ellos es
solo su interés el único que prima. No importa el enorme daño que causan a
todos los cruceños, tampoco a la propia tierra. En las escuelas sus hijos
reciben materias vinculadas al cuidado del medio ambiente, existen leyes que
amparan y protegen la Tierra, sin embargo son para los otros.
La educación no es un problema de uno solo, es de todos,
cuando se quema la tierra para que brote nuevo pasto, se daña tanto al medio
ambiente, como a la educación en su conjunto. No vivimos aislados, vivimos en
grupos sociales, lo que nos permitió desde hace muchos siglos abandonar las
cavernas y construir nuestras ciudades.
Pero no solo el humo acaba con nuestra vida, cada día
aumentan los accidentes del tránsito, casi siempre provocados por la imprudencia,
la negligencia y en especial la poca educación vial de todos. Antes de escribir
este trabajo me detuve en una de las intersecciones más conflictivas de la
Ciudad. En media hora que estuve allí, verifiqué que de cada diez vehículos que
giraban a la izquierda o la derecha, solo uno indicaba con el guiñador, o
intermitente trasero, que giraría. Para el resto de los conductores al parecer no existe esa señal.
Más de uno giró sin esperar el cambio de color en el
semáforo y casi todos los motociclistas adelantaron imprudentemente a otros
conductores, incluso varios de ellos, tomaron las aceras por la calle, sorteando
como toreros a los peatones que caminaban o esperaban los ómnibus.
Aun con la luz roja en el semáforo, las bocinas de micros y
taxistas eran ensordecedoras, como sí los semáforos tuvieran micrófonos
sensibles a sus reclamos de tiempo. En esta Ciudad el cambio del semáforo se
define por el ruido in crescendo de las bocinas que apresuran a los que están
delante para obligarlos a adelantar sin el cambio de luz.
Ese atentado a todos no se aprende en la escuela, es casi
seguro que pocos padres les dicen a sus hijos que quemen la tierra, que se
suban con sus motos a las aceras, que pinten las paredes de la Ciudad, que no le
cedan el asiento a los más necesitados, o que pongan el volumen de su radio a
lo máximo. Entonces por qué sucede, dónde se aprende.
Los jóvenes van a la escuela para aprender a convivir, sin
embargo la sociedad muestra otra cara diferente. No es culpa de la escuela,
tampoco de los maestros. Todos somos culpables.
Pongamos cada uno de nuestra parte, somos nosotros los
únicos que podemos sacar adelante la sociedad, no hay que esperar por nadie
externo, tampoco un milagro. Echar la culpa a los maestros es solo ofender esta
noble labor. La educación es un “acto de infinito amor” pero de amor colectivo.