En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz
El podcast, al igual que los anteriores, explica el artículo con el empleo de ejemplos que engalan lo escrito. Lo escuchas desde aquí.
Para preparar una charla en una maestría en
educación, volví a abrir, casi como quien se asoma a una ventana hacia otro
tiempo, dos obras fundamentales de B. F. Skinner: Tecnología de la enseñanza y Ciencia y conducta humana (una psicología
científica). No fue una lectura apresurada ni
meramente académica; fue más bien un diálogo silencioso con una de las voces
más influyentes de la psicología educativa del siglo XX. En ese encuentro
intelectual, la primera obra volvió a revelarse para mí como la más definitiva,
aunque en la introducción de la segunda se condensa con notable claridad el
núcleo de su pensamiento pedagógico.
Skinner nos invita a mirar la enseñanza con
una radicalidad que todavía hoy incomoda y, al mismo tiempo, ilumina. Para él,
enseñar no consiste en depositar contenidos en la mente del estudiante, ni en
esperar pasivamente que el desarrollo madurativo haga su trabajo, ni en
sostenerse en discursos difusos sobre el crecimiento personal. Enseñar, en
su visión, implica diseñar con rigor las condiciones en las que el aprendizaje
puede emerger. Es una tarea artesanal y científica a la vez: organizar
situaciones concretas que provoquen respuestas, y que estas respuestas se
fortalezcan mediante sus consecuencias.
Hay en esta postura una fuerza casi
arquitectónica. Skinner concibe al docente como un constructor de escenarios
donde el aprendizaje no es azaroso, sino cuidadosamente modelado. Cuando afirma
que “enseñanza es simplemente la disposición de las contingencias de
refuerzo”, no solo define un principio técnico, sino que revela una
filosofía educativa basada en la acción, la evidencia y la transformación
observable. Su conductismo no teme a la precisión ni al método; confía en que
la conducta puede ser comprendida y orientada si se interviene en las
condiciones adecuadas. Explicó con bastante fuerza cómo se moldea una conducta
observable, pero no logró explicar cómo se comprende, se interpreta, se reelabora
y se crea conocimiento.
Skinner propone una tecnología de la
enseñanza basada en varios principios: el refuerzo inmediato, la
fragmentación del aprendizaje en pasos pequeños, el avance gradual por
aproximaciones sucesivas, la reducción del error innecesario, y el último
el ritmo individual de progreso. Todo esto lo conduce a defender la
enseñanza programada y el uso de máquinas de enseñar bajo su concepción
conductista.
Bajo esta perspectiva, y a partir de la
lectura atenta de su obra, surge de manera casi inevitable una pregunta: si
Skinner pudiera pronunciarse sobre la inteligencia artificial, ¿qué diría?
No se trata, por supuesto, de atribuirle una opinión literal acerca de una
tecnología que pertenece a un tiempo posterior al suyo, sino de formular una
hipótesis interpretativa sustentada en sus planteamientos sobre las contingencias
de refuerzo, la respuesta activa del estudiante, la secuenciación del
aprendizaje, la retroalimentación inmediata y la función instrumental de la
tecnología en los procesos de enseñanza.
Desde esta revisión teórica es posible
suponer que Skinner habría valorado la inteligencia artificial como un
dispositivo pedagógico en la medida en que esta organizara condiciones eficaces
para el aprendizaje, promoviera la producción intelectual activa del estudiante
y contribuyera a fortalecer el papel del docente. En contraste,
probablemente habría adoptado una postura crítica frente a los usos de la IA
orientados a sustituir la actividad cognitiva del alumno, fomentar la pasividad
o encubrir sus efectos reales bajo discursos mentalistas y promesas pedagógicas
difusas. Tales reservas, en el fondo, trascienden la adhesión o no al
conductismo skinneriano y remiten a preocupaciones educativas que hoy resultan
ampliamente compartidas.
Por tanto, las ideas que
expresamos se formulan como una suposición teórica y no como cita directa de
una opinión inexistente. El punto de partida del análisis está en su definición
de la enseñanza. En Tecnología de la enseñanza afirma que “enseñanza es
simplemente la disposición de las contingencias de refuerzo”. Más adelante
señala que el estudiante “no absorbe pasivamente los conocimientos” y que “conocer
es actuar, operar”. Estas formulaciones permiten suponer que Skinner no habría
evaluado la IA preguntándose si piensa como un ser humano, sino preguntándose
qué conductas promueve, cómo las organiza y con qué efectos observables sobre
el aprendizaje.
La IA como tecnología
de enseñanza
Desde esta perspectiva, es posible suponer que Skinner habría
interpretado la inteligencia artificial como una extensión de la tecnología
instruccional. En Tecnología de la enseñanza
sostiene que una máquina de enseñar es, esencialmente, un instrumento
diseñado para organizar contingencias de reforzamiento. En esa misma línea
argumenta que el profesor requiere apoyos instrumentales para disponer de
manera eficaz las condiciones bajo las cuales el aprendizaje puede producirse.
Esta afirmación no constituye un detalle secundario, sino un elemento central
de su concepción pedagógica: la calidad de la enseñanza depende de la forma en
que se estructuran las situaciones que permiten al estudiante responder,
corregir sus errores, avanzar progresivamente y consolidar repertorios de
conducta.
En consecuencia, desde un marco skinneriano, un tutor basado en
inteligencia artificial, un sistema adaptativo o cualquier aplicación educativa
sustentada en esta tecnología serían evaluados fundamentalmente por su
funcionalidad didáctica. Es decir, no como inteligencias que compiten con la
labor docente, sino como instrumentos pedagógicos capaces de ampliar la
capacidad del profesor para organizar experiencias de aprendizaje más
sistemáticas, inmediatas y eficaces.
Otro eje decisivo de esta
reconstrucción es la inmediatez del refuerzo, al expresar que la respuesta
correcta debe recibir refuerzo “de la forma más inmediata posible” y que la
técnica eficaz asegura “corrección instantánea”. Estos planteamientos se leen
en la segunda obra y más específicamente en la introducción de esta.
En la primera obra Skinner
critica los retrasos escolares entre la respuesta y la corroboración. Pone de
ejemplo a un profesor que se pasea por el aula, revisando las respuestas de los
estudiantes y después se lleva a su casa los trabajos para corregirlos. Para él
la respuesta debe ser inmediata. Bajo esta idea es posible considerar que
habría visto con interés una IA capaz de ofrecer corrección rápida, orientación
puntual y continuidad del proceso de aprendizaje sin largas demoras.
La secuenciación del
aprendizaje es otro punto central. Skinner insiste en que el comportamiento
complejo no se construye de golpe. Debe dividirse en pasos pequeños, reforzados
uno a uno. En el mismo libro sostiene que el proceso de aprendizaje debe
organizarse en “un gran número de pasos muy pequeños” y que la
frecuencia del refuerzo aumenta cuando cada paso es corto y controlable. Desde
esa lógica, una IA educativa bien diseñada sería compatible con su marco
teórico si fragmenta tareas, dosifica la dificultad, adapta la ruta del
estudiante y preserva la continuidad entre una respuesta y la siguiente. No se
trataría de admirar la novedad técnica del sistema, sino de verificar si
favorece una progresión eficiente hacia el comportamiento terminal buscado.
La respuesta activa del
estudiante también resulta clave. Skinner objeta la idea de que aprender sea
recibir, memorizar o contemplar. En su crítica a los lenguajes mentalistas
escribe que “ni reconocer ni entender ni utilizar un sentido” describen
acciones útiles para definir el comportamiento terminal. Lo que importa no es
una supuesta actividad interna imposible de verificar directamente, sino lo que
el estudiante hace. Por eso, una IA que solo explique, resuma o entregue
soluciones terminadas habría sido, para Skinner, una tecnología pedagógicamente
débil. En cambio, una IA que exija redactar, resolver, reformular, clasificar,
preguntar y responder se aproximaría mucho más a su ideal de enseñanza. Esa
idea aparece con fuerza cuando afirma que “Un programa puede enseñar al
estudiante a hacer preguntas y responderlas”. En esta idea es que se debe hoy
en día centrar el trabajo con la IA, no es la pregunta superficial la que ayuda
al estudiante, es el dialogo con los algoritmos lo que permite el razonamiento
por parte del estudiante.
Límites y objeciones
que Skinner probablemente formularía
La primera objeción
probable de Skinner recaería sobre el uso pasivo de la IA. La segunda obra
estudiada y específicamente en la introducción escrita por Ramón Bayes, señala una
advertencia muy clara: “El alumno dice Skinner se transformará en un
receptor cada vez más pasivo” cuando la tecnología se limita a presentar
materias y reduce el intercambio pedagógico. Trasladado al presente, esto
permite inferir que habría criticado una IA usada como fuente de respuestas
listas para copiar, como atajo para evitar el esfuerzo cognitivo o como
sustituto de la producción intelectual del estudiante. Su aceptación de la
tecnología nunca fue una aceptación de la pasividad.
La segunda objeción sería
metodológica. Skinner desconfía de las formulaciones abstractas que prometen
mucho y explican poco. En la obra Ciencia y Conducta humana, se cita su crítica
a filosofías educativas que “se mantienen mudas en cuanto a los métodos”.
En Tecnología de la enseñanza insiste en que no basta hablar de adaptación,
comprensión o sentido si esos términos no especifican comportamientos
observables. Aplicado a la IA, esto sugiere una pregunta muy skinneriana: ¿qué
hace el estudiante con ella?, ¿qué respuestas nuevas aparecen?, ¿qué errores
disminuyen?, ¿qué secuencias mejora?, ¿qué condiciones de refuerzo organiza
mejor que antes? Skinner habría exigido pruebas de funcionamiento didáctico, no
descripciones impresionistas ni retórica tecnológica.
La tercera objeción
afectaría el lugar del profesor. Skinner es explícito al afirmar que “las
máquinas de enseñar tampoco eliminarán al profesor”. En otro pasaje
refuerza la idea al señalar que los aparatos liberan al docente de tareas
mecánicas y le dejan espacio para funciones propiamente humanas. Esta
afirmación es muy útil para pensar la IA actual. Desde una lectura skinneriana,
la IA no reemplaza al profesor cuando este diseña secuencias, interpreta
errores, decide trayectorias, selecciona refuerzos y orienta procesos
formativos. La sustituibilidad aparece solo cuando la enseñanza se reduce a
corrección mecánica o transmisión lineal de información. Skinner habría
defendido una docencia aumentada por instrumentos, no una docencia abolida por
ellos.
Dejando al margen las múltiples críticas formuladas al conductismo
skinneriano, la síntesis interpretativa que se desprende de este análisis
resulta conceptualmente clara. Desde sus postulados teóricos, es razonable
inferir que Skinner habría reconocido el valor de la inteligencia artificial
como tecnología educativa en la medida en que esta contribuyera a organizar
contingencias de reforzamiento eficaces, estimulara la participación activa del
estudiante, garantizara retroalimentación inmediata, estructurara
progresivamente la complejidad de las tareas y potenciara la eficacia
pedagógica del docente.
Su aceptación, sin embargo, no habría sido acrítica. Es igualmente
plausible sostener que habría cuestionado aquellos usos de la IA orientados a
generar dependencia cognitiva, transformar al estudiante en un receptor pasivo
de información o sostener discursos imprecisos sobre comprensión, creatividad o
innovación sin evidencias conductuales verificables. Asimismo, habría rechazado
cualquier pretensión de sustituir integralmente la función pedagógica del
profesor, entendida como diseño deliberado de condiciones formativas.
En este marco, la discusión central no radicaría en determinar si
la inteligencia artificial puede ser considerada “inteligente” en términos
humanos, sino en evaluar rigurosamente su eficacia didáctica. Desde la lógica
skinneriana, enseñar bien no constituye una abstracción retórica, sino una
operación concreta y sistemática: construir entornos de aprendizaje capaces de
propiciar la emergencia, consolidación y mantenimiento de comportamientos
académicos funcionales. ¿Estás de acuerdo con estas ideas?
Referencias
Skinner, B. F. (1970).
Tecnología de la enseñanza. s/f Tomado de https://drive.google.com/file/d/1NaMrX7jKdcse1XW3kvWs_XegvcskuI7d/view
Skinner,B.F. (1971) Ciencia y conducta humana (Una
psicología científica) Editorial Fontanella. S.A. 1969.
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