“Solo iba a jugar cinco minutos”.
¡Eso pensé mientras abría Block Blast! antes de empezar la tarea. Una
partida rápida. Solo una. Pero después apareció otra combinación de colores,
otro sonido satisfactorio, otra recompensa inmediata. Perdí la noción del
tiempo.
Luego abrí Roblox.
Entré “un momento” para explorar un mapa nuevo y terminé saltando entre
mundos, recompensas, sonidos, chats y estímulos visuales constantes. Todo
cambiaba rápido. Todo se movía. Todo estaba diseñado para mantenerme ahí.
Más tarde intenté leer un texto para la escuela.
Dos páginas.
No pude continuar.
El cerebro me pedía otra cosa.
Quería movimiento.
Quería imágenes.
Quería sonido.
Quería velocidad.
Y entonces apareció una escena cada vez más común en muchos hogares y
aulas: niños que observan un libro y preguntan inmediatamente si “hay
video”. Estudiantes que encuentran difícil sostener la atención en un texto
escrito porque su cerebro se ha habituado a dinámicas de hiperestimulación
digital donde siempre ocurre algo nuevo cada pocos segundos.
Muchos niños ya no solo desean entretenimiento: demandan acción
constante. Necesitan ver personajes moviéndose a toda velocidad, colores
cambiando rápidamente, sonidos inmediatos, recompensas instantáneas y pantallas
donde siempre ocurra algo nuevo. La quietud comienza a percibirse como
aburrimiento. El silencio se vuelve incómodo. La pausa pierde valor
frente al estímulo permanente.
Ya no basta leer.
Ahora muchos necesitan “ver”.
Necesitan movimiento constante, recompensas inmediatas, estímulos
visuales rápidos y cambios permanentes de atención. Pero además aparece otro
fenómeno silencioso: la necesidad continua de información digital.
Muchos niños, adolescentes e incluso adultos ya no toleran fácilmente
los espacios de silencio, pausa o desconexión. Existe una necesidad permanente
de revisar notificaciones, consumir videos, desplazarse infinitamente en redes
sociales, consultar contenido nuevo o mantenerse continuamente estimulados
digitalmente. El cerebro comienza a acostumbrarse a un flujo ininterrumpido de
información y entretenimiento. Antes de salir de la casa, el primer objeto que
llevamos con nosotros es el celular.
Incluso momentos cotidianos que antes implicaban espera o contemplación
ahora son ocupados por pantallas:
·
mientras comen,
·
mientras viajan,
·
antes de dormir,
·
al despertar,
·
durante tareas escolares,
·
o incluso mientras conversan con otras personas.
La ausencia de estímulos digitales comienza a generar incomodidad.
El problema no es únicamente tecnológico; también es neurocognitivo,
educativo y cultural.
Las plataformas digitales, los videojuegos, las redes sociales y muchos
sistemas basados en inteligencia artificial han perfeccionado mecanismos de
recompensa capaces de producir pequeñas descargas constantes de satisfacción
inmediata. Cada sonido, notificación, animación, nivel superado o video corto
activa procesos de gratificación rápida que el cerebro comienza a buscar
continuamente.
En otras palabras, el cerebro empieza a habituarse a la dopamina
digital.
Aquí emerge uno de los fenómenos más preocupantes de nuestra época: la
aitoxicación.
La aitoxicación no se refiere solamente al uso intensivo de inteligencia
artificial. Implica la saturación permanente de estímulos digitales, respuestas
automatizadas y dinámicas algorítmicas que reducen progresivamente la capacidad
de concentración profunda, reflexión sostenida y pensamiento crítico.
A diferencia de la infoxicación, centrada en el exceso de información, la
aitoxicación implica algo más complejo: la automatización creciente del
pensamiento y la dependencia cognitiva hacia sistemas diseñados para evitar el
silencio, la pausa y el esfuerzo reflexivo.
Hoy millones de estudiantes alternan continuamente entre:
1. videojuegos,
2. videos
cortos,
3. inteligencia
artificial,
4. notificaciones,
5. plataformas
digitales,
6. recompensas
inmediatas,
7. información
constante
8. y contenido
hiper estimulante.
El problema aparece cuando el cerebro comienza a percibir la lectura
profunda, la escritura o el análisis como procesos “demasiado lentos”.
Muchos docentes ya observan este fenómeno en el aula:
·
dificultad para sostener atención
·
ansiedad frente a textos extensos
·
necesidad permanente de estímulos visuales,
·
aburrimiento rápido,
·
baja tolerancia al esfuerzo cognitivo,
·
dependencia creciente de recursos audiovisuales,
·
y necesidad constante de revisar dispositivos o
consumir nueva información digital.
Incluso algunos estudiantes comienzan a rechazar materiales escritos si
no vienen acompañados de videos, animaciones o elementos interactivos. Otros
experimentan frustración cuando una explicación exige concentración prolongada
o lectura reflexiva.
Esto no significa que la tecnología sea negativa por sí misma. La
inteligencia artificial y las plataformas digitales también ofrecen
oportunidades valiosas para el aprendizaje, la personalización educativa y el
acceso al conocimiento.
Sin embargo, el problema aparece cuando la tecnología deja de ser una
herramienta y se convierte en un reemplazo del pensamiento propio, de la
lectura crítica y de la capacidad de sostener la atención.
La integridad intelectual no solo implica evitar el plagio o citar
correctamente. También supone conservar la capacidad humana de pensar,
analizar, interpretar y reflexionar sin depender completamente de estímulos
automáticos o respuestas inmediatas generadas por algoritmos.
La educación contemporánea enfrenta entonces un desafío profundo:
enseñar a convivir con la tecnología sin renunciar a la concentración, la
lectura profunda y el pensamiento crítico.
Porque tal vez el mayor riesgo de esta era no sea únicamente la
desinformación.
Tal vez el verdadero problema sea que cada vez nos cuesta más detenernos
a pensar.
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