No se confunda por el
título, es solo el punto de inicio de un debate que pudo ocurrir entre dos
profesores universitarios que se resume con una imagen difícil de olvidar:
durante años formamos a los estudiantes para correr un maratón académico.
Les enseñamos a leer, escribir, buscar fuentes, argumentar y sostener una idea.
De pronto, en la línea de salida, una parte de ellos recibe una bicicleta
eléctrica. El maratón sigue siendo el mismo, pero las condiciones
cambiaron. Esa metáfora resume el desajuste que vive hoy la educación
superior frente a la inteligencia artificial generativa.
El problema no está solo
en que los estudiantes usen IA. El problema mayor es que muchas universidades
todavía evalúan como si esa bicicleta no existiera. Pedimos ensayos, informes y
resúmenes con los mismos criterios de antes, pero ya no sabemos con certeza qué
parte corresponde al esfuerzo del estudiante y qué parte fue producida por una
máquina. Ante ese escenario aparecen dos posiciones, representadas por cada uno
de los profesores. Uno percibe la IA como posibilidad de emancipación
pedagógica, mientras que el otro advierte el riesgo de una atrofia cognitiva
silenciosa.
Entre emancipación y
atrofia
El profesor que defiende
la integración de la IA sostiene que esta herramienta puede liberar al
estudiante de tareas operativas. Buscar antecedentes, organizar referencias,
corregir sintaxis o resumir información puede consumir muchas horas. Si la IA
asume parte de ese trabajo, el aula podría concentrarse en actividades de mayor
valor: interpretar, comparar, defender ideas, formular objeciones y revisar la
calidad de las respuestas obtenidas.
Desde esa perspectiva, la
IA no sustituye el pensamiento. Obliga a desplazarlo hacia otro nivel. El
estudiante ya no debería limitarse a producir un texto final, sino a explicar
cómo llegó a ese texto, qué decisiones tomó, qué descartó, qué corrigió y qué
no aceptó de la máquina. La evaluación dejaría de mirar solo el producto
terminado y pasaría a observar el proceso intelectual.
La postura contraria del
otro profesor advierte un peligro real. La facilidad de acceso a respuestas
bien redactadas puede generar una ilusión de comprensión. El estudiante lee un
resumen claro, ordenado y convincente, y cree que comprendió el texto original.
Pero comprender no es repetir una síntesis. Comprender exige entrar en
conflicto con el lenguaje, detenerse, volver atrás, reconstruir el argumento y
formular preguntas propias.
Aquí aparece uno de los
puntos más fuertes del debate: la lectura profunda requiere fricción.
Esa palabra expresa el esfuerzo necesario para pensar. Leer un texto complejo
no siempre es agradable ni rápido. La dificultad forma parte del aprendizaje.
Si la IA elimina esa dificultad antes de que el estudiante haya construido su
propio criterio, puede debilitar la capacidad de interpretar.
En el debate imaginario se
empleó la metáfora del GPS cognitivo que nos ayuda a entender el problema.
Cuando una persona depende siempre del mapa automático, llega al destino, pero
no construye orientación espacial. Algo similar puede ocurrir con la IA. El
estudiante obtiene una respuesta, pero no siempre aprende a construir la
pregunta. Y sin pregunta propia no hay pensamiento crítico sólido.
El profesor como
mediador del criterio
El debate entre ambos no
debería reducirse a aceptar o prohibir la IA. Esa salida es pobre. La pregunta
pedagógica más seria es otra: ¿qué debe hacer el profesor universitario para que
la IA no sustituya el proceso de formación?.
La respuesta está en
cambiar el foco de la evaluación. Ya no basta pedir un ensayo de 10 páginas.
Ese formato se volvió insuficiente si no va acompañado de defensa oral,
bitácora de trabajo, revisión de fuentes, análisis de prompts, explicación de
decisiones y contrastación de resultados. El texto final debe dejar de ser
la única evidencia.
En este punto, la figura
del profesor recupera fuerza. La IA puede producir una respuesta en segundos,
pero no puede observar la duda del estudiante, detectar una comprensión frágil,
exigir una justificación mejor o conducir un diálogo formativo. La mediación
docente no desaparece. Se vuelve más necesaria.
La universidad debe
enseñar a trabajar con IA sin
entregar el juicio intelectual. Eso implica formar estudiantes capaces de
preguntar mejor, sospechar de las respuestas demasiado perfectas, comparar
fuentes, reconocer sesgos, identificar vacíos y sostener una idea frente a
otros. El aula no puede convertirse en un espacio donde se celebran textos
impecables con pensamiento ausente.
El debate entre los dos
profesores deja una enseñanza central: la IA puede ser bicicleta eléctrica o
prótesis del pensamiento. Todo depende del uso pedagógico. Puede ayudar a
llegar más lejos, siempre que el estudiante siga aprendiendo a orientarse,
esforzarse y decidir. Pero también puede acostumbrarlo a no caminar.
La universidad no debe
formar usuarios complacientes de respuestas automáticas. Debe formar sujetos
capaces de dialogar con la máquina sin renunciar a su propia voz. El desafío no
es tecnológico. Es pedagógico, ético y cultural. La IA ya entró al aula.
Ahora corresponde decidir si la usamos para pensar más o para pensar menos.
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