En colaboración con la Dra. Mercedes Leticia Sánchez Ambriz
En un comentario reciente en el blog reflexionamos sobre un fenómeno cada vez más evidente: la saturación informativa provocada por la inteligencia artificial. Ante la avalancha de nuevas aplicaciones basadas en inteligencia artificial generativa (IAG) y la circulación constante de noticias, artículos, estudios, publicaciones en redes sociales e incluso rumores, estamos viviendo un momento en el que resulta prácticamente imposible procesar siquiera una fracción de la información disponible.
Este
fenómeno, que hemos comenzado a llamar aitoxicación
—una especie de intoxicación por
inteligencia artificial— describe el estado de agotamiento cognitivo y emocional que genera la sobreexposición al
contenido relacionado con la IA.
Las
causas de la aitoxicación son múltiples. Por un lado, la hiperproducción mediática sobre IA nos
enfrenta a titulares que van desde lo alucinante
y sensacionalista hasta lo abiertamente
fantasioso, promoviendo narrativas de dominio o sumisión del ser humano
frente a las máquinas. En el otro lado, también hay información seria, crítica y
fundamentada que busca explicar los
avances reales, sus beneficios, desafíos éticos y aplicaciones concretas
en la educación, la salud, el trabajo, la creatividad y otros sectores.
Este escenario nos remite inevitablemente a la advertencia que Alvin
Toffler formuló en su obra El shock del futuro (1970), donde anticipó
que las personas comenzarían a experimentar desorientación, ansiedad y estrés frente a la velocidad de los
cambios sociales y tecnológicos. Lo que entonces parecía una mirada futurista,
hoy se manifiesta con fuerza en nuestras aulas, actualizado por la irrupción vertiginosa de la inteligencia artificial en
casi todos los ámbitos de la vida cotidiana.
En este contexto, los docentes
vivimos en una constante tensión entre la necesidad de innovar y la
incertidumbre que generan las herramientas digitales que utilizamos. Nos
preguntamos: ¿Qué plataformas son adecuadas para mi clase? ¿Cómo explico su
uso? ¿Cuáles conocen los estudiantes? ¿Cómo las integro sin trivializar el
aprendizaje?
Pero a la hora de impartir la clase, nos enfrentamos a otro reto: la herramienta
que ayer era gratuita hoy exige pago o desapareció. A veces encontramos que
cambió de URL, de empresa, de interfaz, diseño y herramientas de uso. Esta inestabilidad constante acentúa una
sensación de inseguridad y desconfianza, y muchas veces nos frena en el empleo
pedagógico de la IA.
La experiencia cotidiana del docente frente a la IA no es solo técnica,
sino profundamente emocional y humana: es
la vivencia del desconcierto frente a una transformación que parece nos lleva
por el camino de la incertidumbre.
Este panorama exige no solo formación técnica, sino también acompañamiento, espacios de reflexión
compartida y políticas educativas que reconozcan el valor del tiempo y la
estabilidad para los procesos de enseñanza-aprendizaje. Pero si los
educadores no contamos con certezas mínimas y marcos éticos claros, el riesgo
es replegarnos, resistir por cansancio
o delegar sin sentido crítico en las herramientas de moda.
En definitiva, la IA no puede
ser una moda pasajera en la educación, pero tampoco una amenaza silenciosa.
Necesitamos construir una relación pedagógica con ella, que combine
comprensión, mesura y creatividad, para que no sea el vértigo quien dicte
nuestras decisiones en el aula.
En este entorno marcado por el cambio
constante, la saturación informativa y la sensación de inestabilidad, surge una
necesidad urgente: aprender a discernir, filtrar y organizar los recursos que
realmente aportan valor al proceso educativo. Es aquí donde la curación de
contenidos con apoyo de inteligencia artificial se convierte en una estrategia
clave, no solo para reducir la sobrecarga cognitiva, sino para potenciar una
práctica docente más crítica, eficiente y significativa.
Curación de contenidos.
En
el contexto actual, donde la inteligencia artificial acelera la producción y
circulación de información a un ritmo sin precedentes, la capacidad de seleccionar contenidos relevantes se convierte en una
competencia esencial. Ya no se trata solo de acceder a datos, sino de dar sentido al caos informativo,
identificar lo pertinente y estructurarlo de forma coherente para fines
pedagógicos concretos.
Curar contenidos no es simplemente acumular información: es ejercer un acto crítico de selección,
interpretación y organización del conocimiento, especialmente en un
entorno donde la sobreabundancia de datos puede generar más confusión que
claridad. Esta labor, que hoy se potencia con el uso de herramientas de
inteligencia artificial, cobra una relevancia estratégica en el ámbito
educativo, no solo por su valor práctico, sino por su dimensión formativa.
Lejos de ser una práctica reciente, la curación de contenidos tiene sus raíces históricas profundas, que se
remontan en el siglo I a.C., con La
Guirnalda de Meleagro de Gadara, donde reunió una selección de poemas que
daría origen a la Antología Griega, un ejemplo temprano de organización
temática y estética del saber. Más adelante, en el siglo V d.C., el
Anthologion de Juan Estobeo recopiló extractos de centenares de autores,
abarcando disciplinas diversas, con el propósito de conservar lo esencial del
pensamiento de su tiempo.
Durante siglos, las bibliotecas
y los museos han sido guardianes del conocimiento, curando obras, clasificándolas,
preservándolas y poniéndolas al alcance de la sociedad. Antes de la
digitalización, este trabajo era realizado manualmente, apoyado en el juicio
experto de quienes tomaban decisiones sobre qué preservar, cómo catalogarlo y
para quién hacerlo accesible.
Con la irrupción de Internet, la explosión informativa y la aparición de
la inteligencia artificial, la curación
ha dejado de ser un proceso reservado a especialistas. Hoy se convierte
en una tarea fundamental para universidades, instituciones escolares y, de
forma más directa, para el docente en
el aula, quien debe asumir el
rol de mediador entre la abundancia y la relevancia, entre lo accesible y lo
pedagógicamente significativo.
En suma, la curación de contenidos hoy se asume como un acto consciente
de selección y organización del saber, que ha acompañado al ser humano desde
sus primeras formas de preservación cultural. Hoy, en plena era digital y
algorítmica, esta práctica no solo se mantiene vigente, sino que se transforma
y amplifica, exigiendo nuevas competencias por parte de quienes educan y
aprenden.
Sin embargo, en este nuevo escenario de colaboración entre humanos y
tecnologías inteligentes, la curación
ya no es un proceso unidireccional ni estático. La participación activa
de los usuarios, la retroalimentación en tiempo real y el uso de plataformas
que permiten explorar, comentar, construir y compartir conocimiento han dado
lugar a una nueva dimensión: la
curación interactiva.
Curación interactiva.
La introducción de herramientas de IA permite
desarrollar otra manera de curar el contenido que se le puede denominar curación interactiva. Esta modalidad va más
allá de la simple recopilación y clasificación de información: propone una
experiencia activa, en la que el usuario puede interactuar directamente con el
conocimiento a través de interfaces conversacionales.
El primer paso es la selección
cuidadosa del contenido, guiado por un objetivo definido y sustentado en
el criterio del curador. Pero el elemento innovador está en el segundo paso: el diseño de un Bot conversacional,
capaz de responder preguntas específicas, adaptarse al nivel del usuario y
ofrecer información en tiempo real, dentro de un marco temático concreto.
Un ejemplo de esta práctica es la creación de GPTs personalizados en ChatGPT, como el caso del GPT “Estratega de IA”, diseñado para
recomendar estrategias didácticas sobre el uso de la inteligencia artificial en
distintos niveles educativos. Su desarrollo se basó en una curación profunda de
contenido especializado sobre este tema.
Para ello, se utilizaron plataformas como ResearchRabbit, Connected
Papers, Google Académico y Redalyc. En ResearchRabbit,
por ejemplo, se identificaron 30 artículos clave que, mediante sus conexiones,
permitieron explorar más de 300 documentos relacionados con estrategias de
enseñanza y aplicaciones de IA en contextos educativos. Esta red de
conocimiento curado sirvió como base conceptual y temática para alimentar al
GPT personalizado, garantizando la calidad y pertinencia de las respuestas
que ofrece.
En la siguiente imagen puede observarse el resultado visual de la
búsqueda inicial en ResearchRabbit, que da cuenta de la riqueza y
profundidad del proceso de curación interactiva llevado a cabo.
En Connectpapers, un sitio similar al anterior, la consulta
realizada con la cuenta gratuita, y solo solicitando los papers del 2014 y 2015, dio la cifra de más de cien trabajos, algunos
de estos enlaces se observan en el gráfico.
En Google académico, la cifra
ascendió a más de 17 000 trabajos con las palabras estrategias de empleo de la
IA. Por otro lado, en Redalyc el resultado fue más preciso con 114 trabajos.
Como se puede apreciar, el
volumen de artículos recuperados en las búsquedas especializadas resulta
abrumador, lo que vuelve prácticamente inviable que un docente —con una
carga laboral ya exigente— pueda leer, analizar y sistematizar siquiera una
mínima parte de esa producción académica. Esta realidad dificulta la toma de decisiones informadas sobre qué estrategias
implementar en el aula al integrar la inteligencia artificial, generando
aún más incertidumbre en un contexto que ya de por sí se percibe como vertiginoso
y cambiante.
Frente a esta situación, la
creación del GPT "Estratega de IA" representa una alternativa
innovadora y accesible para los docentes. Este asistente conversacional,
construido a partir de una curación rigurosa de contenidos académicos
especializados, permite establecer un
diálogo directo con el conocimiento, facilitando la exploración,
comparación y selección de estrategias didácticas adaptadas a distintos niveles
educativos y contextos.
Este enfoque representa lo que denominamos curación interactiva,
una forma de organización del saber en la que el usuario no recibe pasivamente la información, sino que interviene activamente en su configuración a
través de preguntas, ajustes y recorridos personalizados. Ya no se trata
de consumir contenido curado por otros, sino de co-construir una experiencia de aprendizaje con el apoyo de herramientas
de IA.
Este tipo de curación, habilitada por tecnologías como los GPT
personalizados, no solo ahorra tiempo y amplía el acceso al
conocimiento relevante, sino
que también contribuye a reducir los
efectos de la "aitoxicación" —ese estado de saturación y
desorientación frente al exceso de información sobre inteligencia artificial—
al ofrecer rutas claras, temáticamente acotadas y pedagógicamente
significativas.
En este sentido, la curación interactiva se perfila como una respuesta pedagógica y tecnológica eficaz
ante la sobrecarga informativa, promoviendo una relación más saludable, crítica
y estratégica con los contenidos disponibles en la era de la inteligencia
artificial.
Con
este ejemplo, se muestra cómo la
curación de contenidos se posiciona como una competencia clave, no solo
para organizar y filtrar datos, sino para construir conocimiento significativo.
Y cuando este proceso incorpora la
interacción directa entre el usuario y una inteligencia artificial entrenada
sobre bases académicas confiables, hablamos de curación interactiva: una nueva forma de mediar el conocimiento,
más ágil, personalizada y centrada en las necesidades reales del docente y del
estudiante.
El ejemplo del GPT “Estratega de IA” nos demuestra que es posible
transformar la saturación informativa —la llamada aitoxicación— en una
oportunidad para el aprendizaje guiado, el diálogo inteligente y la toma de
decisiones pedagógicas fundamentadas.
Educar con inteligencia artificial no
significa ceder el control a los algoritmos, sino aprender a dialogar con
ellos, a cuestionarlos y a integrarlos como herramientas al servicio del
pensamiento humano. La
curación interactiva no sustituye la labor docente: la amplifica, la acompaña y
la potencia, devolviendo al profesor el tiempo, el criterio y la claridad que
necesita para enseñar en tiempos de complejidad.