En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz
No te pierdas el debate entre dos personas, una a favor del empleo de la IA y la otra que se opone a su empleo constante; el podcast lo escuchas desde aquí.
Recientemente, en medio de una clase, pregunté a mis estudiantes si conocían Sócrates, una herramienta de IA, que en semestres pasados empleé con frecuencia. Inmediatamente escribí en el navegador la URL de dicha aplicación y de pronto una pantalla en blanco, pensé en un error y nada; la app dejó de existir.
Cada día nace una nueva
aplicación de inteligencia artificial. La probamos, nos entusiasma, la llevamos
al aula, la comentamos con colegas, la presentamos en un congreso y, en no
pocos casos, hasta escribimos sobre sus bondades. Nos convencemos de que esta app
llegó para quedarse y cada día crecer más. Organizamos algunas clases en base a
ella, la insertamos en los métodos y la evaluación. Luego ocurre algo que ya se
está volviendo habitual: la app cambia sus condiciones de uso, se vuelve de
pago, es absorbida por otra plataforma o, simplemente, deja de ser visible,
desaparece como me ocurrió días atrás.
Esta escena me lleva a
recordar al Tamagotchi. Aquel juguete que llenó los mercados a finales
de los noventa comenzaba como un huevo, crecía con los cuidados de los niños y
podía morir. Había que atenderlo, seguirlo, alimentarlo y sostenerlo. Su
existencia dependía de una relación constante. Algo parecido ocurre hoy con
muchas aplicaciones de IA. Nacen con fuerza, reclaman atención, generan apego
y, de pronto, dejan de existir en el lugar que ocupaban en nuestras rutinas
digitales. La comparación puede estar traída por los pelos, pero ayuda a
nombrar un fenómeno serio: la vida breve de muchas herramientas tecnológicas
y el modo en que esa fragilidad termina afectando la práctica pedagógica.
El problema no radica en
que aparezcan nuevas aplicaciones. Esa dinámica forma parte del ecosistema
digital contemporáneo. El problema comienza cuando el docente deposita en
una herramienta efímera una función que debería descansar en una decisión
pedagógica más estable. En ese punto, la desaparición de la app deja de ser
una anécdota tecnológica y se convierte en una dificultad didáctica. Es
necesario destacar que otras muchas herramientas empleadas diariamente, crecen
en sus posibilidades y mejora de interacción y están lejos de desaparecer. Tal
vez debamos fijarnos más en ellas, que en las otras para evitar el efecto
Tamagotshi.
Del huevo digital al
vacío metodológico
El ciclo suele repetirse de manera similar. Primero aparece una app con una promesa potente. Dice
ahorrar tiempo, mejorar resultados, personalizar aprendizajes o ampliar la
creatividad del estudiante. Después llega la etapa del entusiasmo. Se
multiplican los tutoriales, los videos de recomendación, las pruebas rápidas y
las publicaciones en redes. La herramienta entra a las clases, a los talleres y
a las conversaciones académicas. Todo parece apuntar a que estamos ante una
innovación de largo alcance.
Al poco tiempo, el
escenario cambia. La aplicación comienza a poner límites, a cerrar funciones, a
modificar su interfaz o a exigir pagos que antes no pedía. En otros casos,
desaparece sin anuncio visible para la mayoría de los usuarios. Queda entonces
una sensación extraña. Aquello que hace poco era tema de moda se convierte en
un recuerdo amargo. El aula, sin embargo, no funciona con recuerdos amargos y
lamentos tecnológicos. El aula necesita continuidad, criterios y decisiones que
soporten el paso del tiempo.
En educación, esto merece
una lectura crítica. Una cosa es usar una app como medio complementario, tal
vez como experimento. Otra muy distinta es organizar una experiencia de
aprendizaje entera alrededor de una tecnología cuya permanencia nadie puede
garantizar. La fascinación por la novedad, en ese contexto, puede nublar el
juicio profesional. El docente empieza a seguir herramientas como quien sigue
una tendencia, y no como quien examina recursos desde objetivos, contenidos,
mediaciones y formas de evaluación.
Esta situación se conecta
con un fenómeno que cada vez se vuelve más visible: la saturación de propuestas
de IA, que conducen a la Aitoxicación, fenómeno que hemos abordado en el
blog. Cada semana aparecen nuevas plataformas que prometen hacer mejor lo que
otra prometía ayer. La abundancia no siempre mejora el panorama. En ocasiones
lo vuelve más confuso. Se instala la sensación de que siempre falta probar la
siguiente app, como si el valor pedagógico estuviera en la novedad y no en la
coherencia del uso. El resultado puede ser una práctica dispersa, frágil y
dependiente del ritmo comercial de las empresas tecnológicas. Todas las
herramientas, como hemos comentado más de una vez en el blog, son recursos,
medios del proceso pedagógico que se subordinan al método y dependen por
completo de la relación objetivos contenidos.
Lo que debe permanecer
cuando la app desaparece
La primera lección que
deja el efecto Tamagotchi es clara: el centro del trabajo docente no puede ser
la app. El centro debe ser la intención pedagógica, el objetivo a alcanzar. La pregunta decisiva no es
qué herramienta está de moda, sino qué se quiere lograr en el aprendizaje. Si
la meta consiste en promover pensamiento crítico, fortalecer la redacción,
organizar información, comparar fuentes o producir una imagen con sentido
didáctico, entonces la función debe quedar por encima de la plataforma
concreta. Es decir, se subordina a la metodología seleccionada.
La segunda lección tiene
que ver con la transferencia metodológica. Una buena actividad debería poder
migrar de una app a otra sin perder su valor formativo. Si una estrategia solo
funciona con una plataforma específica, la dependencia es demasiado alta. En
cambio, si la tarea conserva su estructura, aunque cambie el soporte, hay mayor
solidez didáctica. El docente deja de ser usuario cautivo de una app y pasa a
ser diseñador de experiencias de aprendizaje.
La tercera lección remite
a la curación de herramientas. No basta con conocer muchas aplicaciones. Hace
falta aprender a seleccionar, que es el primer paso en la ruta crítica en el trabajo con los medios. Conviene mirar estabilidad, claridad en las condiciones
de uso, facilidad de acceso y de manejo por parte de los estudiantes,
posibilidades de exportar resultados, protección de datos y pertinencia para el
contexto educativo real, entre otras razones. Una app puede resultar
espectacular en una demostración breve y fallar por completo en una secuencia
de clase más exigente. Ahora bien, no toda adopción
intensa de una herramienta implica dependencia ingenua; en algunos casos, el
uso sostenido permite consolidar prácticas valiosas. El problema no es la
frecuencia de uso, sino la ausencia de criterios para reemplazar, adaptar o
evaluar la herramienta.
La cuarta lección alcanza
a la escritura académica y a la divulgación educativa. Cada vez que un docente
o investigador escribe sobre una app de IA, debería evitar el tono de
deslumbramiento. Presentar una herramienta como solución definitiva, o la que cambia todo lo que antes hacías con otra IA, suele ser una
forma de simplificación. Es más honesto analizarla como recurso provisional,
situado y condicionado por un mercado muy inestable. Esa cautela no enfría la
innovación, la vuelve más seria.
También hay una enseñanza
para los estudiantes. Formarlos solo en el manejo de una app concreta produce
aprendizajes débiles. Formarlos en criterios, preguntas, análisis, evaluación
de fuentes y producción reflexiva produce capacidades que sobreviven a la
desaparición de una plataforma. La educación no puede depender de la duración
comercial de un producto digital. Debe apoyarse en procesos cognitivos que
mantengan vigencia, aunque cambie el entorno tecnológico.
Por eso, la metáfora del
Tamagotchi no es una simple imagen nostálgica. Permite comprender un rasgo
central del presente digital. Muchas aplicaciones de IA nacen como huevo
brillante, crecen con rapidez, capturan nuestra atención y luego se apagan.
El riesgo aparece cuando el docente también apaga con ellas una parte de su
estrategia de enseñanza; entonces conviene detenerse. La mediación
pedagógica no puede tener la misma esperanza de vida que una app.
Las herramientas pasarán,
unas morirán pronto, otras mutarán y algunas serán absorbidas por plataformas
mayores. El reto del docente consiste en no confundir innovación con
dependencia. Probar, explorar y experimentar sigue siendo necesario. Lo que
no debe perderse es la distancia crítica. En tiempos de sobreoferta
tecnológica, esa distancia se vuelve una forma de madurez profesional.
Tal vez esa sea la
enseñanza más útil de todo este proceso: no hay que enamorarse de la app.
Hay que trabajar con criterios que sigan vivos cuando la app ya no esté.
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