lunes, 6 de julio de 2026

Sesgo de severidad por aversión al puntaje máximo.

En estos días estamos cerrando las notas de nuestras asignaturas y me vino a la mente una conversación que establecí con estudiantes de evaluación educativa. En una de las clases les pregunté que se pusieran en el papel de profesor y tenían un estudiante que concluyó con 99 puntos.

¿Le otorgan 100 o lo dejan en 99? Casi todos indicaron que 100 era justo, que la diferencia de un punto no hacía ni mejor ni peor al estudiante, pero sí que elevaba su autoestima al obtener la máxima calificación.

Estoy totalmente de acuerdo con ellos. Sucede que nos encontramos con docentes cuyo nivel de severidad es bien alto. Desde la evaluación educativa, el problema es claro: en una evaluación referida a criterios, el estudiante se mide contra esos criterios previamente definidos, no contra una idea abstracta de perfección. No existe un reglamento que obligue al profesor a cambiar su criterio; solo el sentido común es lo más cercano a una evaluación justa.

Valdría la pena que el profesor revise el historial del estudiante y ver sus calificaciones anteriores para acceder a la máxima puntuación, o simplemente recuerde que la perfección no existe y sí el deseo de mejorar cada día.

La discusión entre el 99 o el 100 no es matemática, es ética y axiológica. Expresa una concepción del mérito, de la excelencia y de la justicia evaluativa. Cuando el docente niega el 100 aunque el estudiante cumpla todos los criterios, no está corrigiendo un desempeño, sino imponiendo una creencia personal sobre la imposibilidad de la perfección.

Desde el punto de vista axiológico, tiene que ver con los valores que guían la calificación: justicia, mérito, excelencia, esfuerzo, honestidad, reconocimiento y cumplimiento. Cabe la pregunta: ¿qué valor defiende el profesor al no dar 100? Puede creer que defiende la humildad, la exigencia o la superación constante. Pero también puede estar negando el reconocimiento pleno de un logro.

En el plano ético, la calificación afecta al estudiante. Una nota no es solo un número. Es una decisión con consecuencias académicas, emocionales y formativas. Si el estudiante cumplió todos los criterios y el docente le pone 99 por una regla personal no declarada, hay un problema ético: la calificación deja de responder al desempeño y pasa a responder a la creencia del evaluador.

El 100 puede comunicar: “alcanzaste plenamente los criterios establecidos”. El 99 puede comunicar otra cosa: “hiciste todo bien, pero nunca será suficiente”. Esa diferencia tiene impacto formativo. Puede estimular la mejora, pero también producir frustración si el estudiante percibe arbitrariedad.

La diferencia entre 99 y 100 es matemáticamente de un punto; sin embargo, en el plano humano es de muchos puntos.

 

 

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