En estos días
estamos cerrando las notas de nuestras asignaturas y me vino a la mente una
conversación que establecí con estudiantes de evaluación educativa. En una
de las clases les pregunté que se pusieran en el papel de profesor y tenían un
estudiante que concluyó con 99 puntos.
¿Le otorgan 100 o lo dejan en 99? Casi todos indicaron que 100 era justo, que la diferencia de un
punto no hacía ni mejor ni peor al estudiante, pero sí que elevaba su
autoestima al obtener la máxima calificación.
Estoy totalmente de acuerdo con ellos. Sucede
que nos encontramos con docentes cuyo nivel de severidad es bien alto. Desde
la evaluación educativa, el problema es claro: en una evaluación referida a
criterios, el estudiante se mide contra esos criterios previamente definidos, no
contra una idea abstracta de perfección. No existe un reglamento que obligue
al profesor a cambiar su criterio; solo el sentido común es lo más cercano a
una evaluación justa.
Valdría la pena que el profesor revise el
historial del estudiante y ver sus calificaciones anteriores para acceder a la
máxima puntuación, o simplemente recuerde que la perfección no existe y sí el
deseo de mejorar cada día.
La discusión entre el 99 o el 100 no es
matemática, es ética y axiológica. Expresa una concepción del mérito, de la
excelencia y de la justicia evaluativa. Cuando el docente niega el 100 aunque
el estudiante cumpla todos los criterios, no está corrigiendo un desempeño,
sino imponiendo una creencia personal sobre la imposibilidad de la
perfección.
Desde el punto de vista axiológico, tiene
que ver con los valores que guían la calificación: justicia, mérito,
excelencia, esfuerzo, honestidad, reconocimiento y cumplimiento. Cabe la
pregunta: ¿qué valor defiende el profesor al no dar 100? Puede creer que
defiende la humildad, la exigencia o la superación constante. Pero también
puede estar negando el reconocimiento pleno de un logro.
En el plano ético, la calificación afecta
al estudiante. Una nota no es solo un número. Es una decisión con
consecuencias académicas, emocionales y formativas. Si el estudiante cumplió
todos los criterios y el docente le pone 99 por una regla personal no
declarada, hay un problema ético: la calificación deja de responder al
desempeño y pasa a responder a la creencia del evaluador.
El 100 puede comunicar: “alcanzaste
plenamente los criterios establecidos”. El 99 puede comunicar otra cosa:
“hiciste todo bien, pero nunca será suficiente”. Esa diferencia tiene impacto
formativo. Puede estimular la mejora, pero también producir frustración si el
estudiante percibe arbitrariedad.
La diferencia entre 99 y 100 es matemáticamente
de un punto; sin embargo, en el plano humano es de muchos puntos.
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