lunes, 7 de septiembre de 2026

Aprender, desaprender y mantener la curiosidad en tiempos de inteligencia artificial


Ilustración conceptual de docentes y estudiantes explorando la inteligencia artificial con curiosidad, aprendizaje continuo y pensamiento crítico

Durante muchos años, los docentes tuvimos cierto margen para conocer una nueva tecnología antes de incorporarla al aula. Llegaba una plataforma, una aplicación o un recurso digital; aprendíamos a utilizarlo, explorábamos sus posibilidades y, con el tiempo, decidíamos si realmente aportaba algo a nuestra enseñanza. Con los años este plazo se fue acortando cada vez más. Algunos medios y equipos llegaron al aula desde “abajo”, fueron los estudiantes los que lo insertaron y después los profesores los “descubrimos”. El mejor ejemplo es el celular.

Con la inteligencia artificial generativa, esa sensación de estabilidad parece haberse reducido. Cuando apenas comenzamos a comprender una herramienta, aparece una nueva versión con más capacidades. Lo que ayer parecía novedoso hoy puede convertirse en una función habitual. Esta velocidad tecnológica nos coloca frente a una situación poco común: enseñamos con herramientas que nosotros mismos todavía estamos aprendiendo a utilizar.

El reto, por tanto, no consiste únicamente en dominar aplicaciones. Ningún docente podría conocer todas las herramientas de inteligencia artificial que aparecen cada semana. El verdadero desafío es desarrollar capacidades que nos permitan movernos con criterio en un entorno tecnológico que seguirá cambiando.

Tres de ellas parecen especialmente importantes: aprender a aprender, atrevernos a desaprender y mantener viva la curiosidad.

Aprender a aprender también es parte de ser docente

Ser experto en una disciplina sigue siendo fundamental. Un profesor de matemáticas necesita conocer matemáticas; uno de medicina debe dominar los fundamentos de su campo; quien enseña marketing debe comprender mercados, consumidores y estrategias.

Pero hoy ese conocimiento necesita complementarse con otra capacidad: saber aprender continuamente.

La investigación sobre el aprendizaje ha mostrado que las personas aprenden a lo largo de toda la vida y que este proceso depende de sus experiencias, conocimientos previos y contextos. También sabemos que aprender mejor implica observar nuestro propio proceso: reconocer qué comprendemos, identificar errores, ajustar estrategias y buscar nueva información cuando es necesario (National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine, 2018).

En tiempos de inteligencia artificial, esta capacidad adquiere una importancia especial.

Un docente no necesita dominar cada nueva aplicación. Puede seguir un proceso mucho más sencillo identificar una necesidad educativa, explorar si alguna herramienta puede ayudar, probarla en pequeña escala, revisar los resultados y decidir si realmente mejora la experiencia de aprendizaje.

La pregunta importante deja de ser “¿qué herramienta está de moda?” y pasa a ser “¿qué problema educativo quiero resolver?”.

También podemos hacer visible este proceso frente al alumnado. Cuando un profesor muestra cómo verifica una respuesta producida por una inteligencia artificial, detecta un error, contrasta una fuente o modifica una pregunta, está enseñando algo más valioso que el funcionamiento de una aplicación: está mostrando cómo piensa una persona que aprende de manera crítica.

Desaprender no significa olvidar

La experiencia docente es una ventaja, pero también puede convertirse en una limitación cuando repetimos prácticas simplemente porque siempre las hemos realizado de la misma manera.

Por eso necesitamos aprender a desaprender, esto no significa borrar conocimientos ni despreciar la experiencia acumulada. Significa revisar prácticas, supuestos y rutinas cuando dejan de responder adecuadamente a las nuevas condiciones.

De la sorpresa a la curiosidad

Existe otra capacidad que a veces olvidamos cuando hablamos de tecnología: la curiosidad.

Las nuevas herramientas generan sorpresa. Una inteligencia artificial puede redactar un texto, analizar documentos, producir imágenes, organizar información o proponer soluciones en pocos segundos. Esa sorpresa puede conducir a dos caminos diferentes.

El primero es aceptar el resultado sin cuestionarlo, el segundo es preguntar:

¿Cómo llegó a esa respuesta?
¿Qué información utilizó?
¿Qué podría estar equivocado?
¿Qué falta comprobar?
¿Existe otra explicación?

Ahí comienza la curiosidad.

La investigación ofrece razones interesantes para tomársela en serio. En un conocido estudio experimental, Gruber, Gelman y Ranganath (2014) encontraron que las personas recordaban mejor cierta información cuando se encontraban en estados de mayor curiosidad.

Esto no significa que cualquier tecnología novedosa produzca automáticamente mejores aprendizajes. Pero sí recuerda algo importante: tener preguntas puede preparar nuestra mente para aprender.

En el aula, podemos aprovechar esta capacidad antes de proporcionar respuestas.

Por ejemplo, podríamos plantear un problema y pedir primero a los estudiantes que anticipen una solución. Después pueden consultar una herramienta de inteligencia artificial, comparar ambas respuestas, identificar diferencias y buscar evidencias para decidir cuál resulta más sólida.

La IA deja entonces de funcionar como una máquina de respuestas y se convierte en un objeto de análisis.

La sorpresa abre la puerta. La curiosidad nos invita a atravesarla.

¿Qué cambia con modelos de IA cada vez más capaces?

Los modelos actuales de inteligencia artificial pueden realizar tareas cada vez más complejas: analizar documentos, utilizar diferentes herramientas, organizar información, generar alternativas y participar en procesos compuestos por varios pasos.

Para los docentes esto abre posibilidades interesantes, pero ninguna de ellas debería adoptarse automáticamente.

Una herramienta de IA puede ayudar a revisar la coherencia entre objetivos, actividades y evaluaciones de un curso. Puede proponer ejemplos con diferentes niveles de dificultad, construir borradores de casos profesionales o elaborar comentarios preliminares a partir de una rúbrica.

También puede convertirse en material de trabajo para desarrollar pensamiento crítico.

Imaginemos una clase de marketing. El profesor solicita a una herramienta de inteligencia artificial una propuesta de campaña para una pequeña empresa. En lugar de entregar esa campaña como producto terminado, los estudiantes reciben el documento y deben analizarlo.

¿Los datos son confiables?
¿El presupuesto es realista?
¿La propuesta comprende verdaderamente al público?
¿Qué información debería verificarse?
¿Qué modificarían y por qué?

El aprendizaje no proviene entonces de aceptar lo producido por la herramienta, sino de evaluarlo, cuestionarlo y mejorarlo.

Innovar también significa poner límites

La curiosidad tecnológica necesita acompañarse de responsabilidad.

La UNESCO ha señalado la importancia de que la utilización educativa de la inteligencia artificial generativa mantenga un enfoque centrado en las personas y considere cuestiones como privacidad, equidad, transparencia y validación pedagógica (Miao & Holmes, 2023).

En la práctica, esto significa algo bastante concreto.

No deberíamos introducir información sensible de estudiantes en cualquier plataforma sin revisar previamente las políticas institucionales y las condiciones de privacidad. Tampoco deberíamos considerar verdadera una respuesta simplemente porque está redactada con seguridad y fluidez.

Los contenidos producidos por inteligencia artificial necesitan ser verificados.

También existe un problema de acceso. Si una actividad depende de una herramienta que requiere una suscripción costosa, algunos estudiantes pueden encontrarse en desventaja.

Innovar responsablemente implica preguntarnos no solo qué puede hacer una tecnología, sino también qué aporta al aprendizaje, qué riesgos introduce y quién podría quedar excluido.

Una pequeña práctica para comenzar

No necesitamos transformar todo un curso para empezar a experimentar.

Podemos elegir una actividad que ya utilizamos y hacernos cuatro preguntas:

¿Qué dificultad tienen actualmente mis estudiantes?
¿Cómo podría ayudar la inteligencia artificial?
¿Qué tendría que seguir haciendo necesariamente el estudiante?
¿Cómo sabré si la modificación realmente mejoró el aprendizaje?

Después podemos probar el cambio en pequeña escala.

Al finalizar, conviene observar los resultados: ¿los estudiantes comprendieron mejor?, ¿formularon mejores preguntas?, ¿aparecieron nuevos errores?, ¿la retroalimentación fue más útil?, ¿cuánto trabajo de revisión exigió la herramienta?

Registrar estas observaciones y compartirlas con otros docentes puede ayudarnos a construir algo que necesitamos con urgencia: conocimiento basado en experiencias reales y no únicamente en expectativas sobre la tecnología.

Seguir aprendiendo mientras enseñamos

Probablemente la inteligencia artificial continuará cambiando con una rapidez difícil de anticipar. Por eso, preparar a los docentes para el futuro no significa enseñarles a dominar una herramienta específica, lo que se busca es:

Fortalecer capacidades que sigan siendo útiles cuando esa herramienta desaparezca o sea reemplazada.

·         Aprender a aprender nos permite explorar lo nuevo sin depender de cada novedad.

·         Desaprender nos ayuda a cuestionar prácticas que dejaron de cumplir su propósito.

·         La curiosidad mantiene abiertas las preguntas que impulsan el conocimiento.

·         Mostrar que seguimos aprendiendo, incluso cuando nos corresponde enseñar.

Referencias

Gruber, M. J., Gelman, B. D., & Ranganath, C. (2014). States of curiosity modulate hippocampus-dependent learning via the dopaminergic circuit. Neuron, 84(2), 486–496. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2014.08.060

Miao, F., & Holmes, W. (2023). Guidance for generative AI in education and research. UNESCO.

National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. (2018). How people learn II: Learners, contexts, and cultures. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/24783

 

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