lunes, 28 de septiembre de 2026

Del asistente conversacional al colaborador digital en el trabajo docente

 

 

Hoy la inteligencia artificial ya no permanece únicamente en una ventana esperando preguntas. Puede trabajar con archivos, utilizar herramientas, producir artefactos y sostener procesos de revisión que se prolongan a lo largo de una tarea. El reto educativo, sin embargo, no consiste en delegarle cada vez más actividades, sino en aprender a colaborar con ella sin renunciar a comprender, decidir y responder por lo realizado.

De la respuesta al espacio compartido de trabajo

Durante los primeros años de la inteligencia artificial generativa nos acostumbramos a una interacción relativamente sencilla: escribir una instrucción y esperar una respuesta. La metáfora del copiloto representó un avance porque la herramienta dejó de percibirse únicamente como un buscador y comenzó a acompañar actividades de redacción, planeación, programación o análisis. Más tarde adquirió relevancia la figura del agente: un sistema capaz de organizar varios pasos, utilizar herramientas, consultar información y verificar parcialmente sus resultados.

La integración de modelos como los conocidos GPT y de agentes de programación como Codex están haciendo posible que la IA trabaje con archivos, documentos y hojas de cálculo para transformarlo en productos que posteriormente pueden ser revisados. También muestra procesos en los que un agente recorre ciclos de planeación, ejecución, observación, reparación y documentación, apoyándose en evidencia externa como archivos, registros y resultados de pruebas (Choi, 2026; OpenAI, s. f.).

El cambio no consiste solamente en que el modelo pueda generar mejores respuestas. Lo relevante es que dispone de un entorno en el que puede actuar sobre materiales concretos, recibir retroalimentación y conservar el contexto de una tarea durante más tiempo. Esto modifica la relación entre la persona y el sistema: se pasa de pedir respuestas aisladas a trabajar sobre objetos compartidos que pueden revisarse, modificarse y mejorar progresivamente.

En nuestra experiencia docente, este cambio también transforma la manera de solicitar apoyo. Antes podíamos pedir: “redacta una actividad” o “corrige este texto”. Ahora podemos proporcionar materiales de referencia, restricciones, criterios de evaluación y productos anteriores; revisar una primera propuesta; señalar lo que no corresponde al contexto; comparar alternativas; y continuar trabajando sobre el mismo objeto.

Por ejemplo, en una materia sobre evaluación educativa, los estudiantes trabajan con varios HTML, pero cada uno de ellos cumple una función diferente. El primero de ellos es solo informativo, donde se establecen las etapas del trabajo, el segundo es para crear un prompt que les permitirá iniciar el trabajo en la materia. El tercero de ellos es para la interacción en la clase. De estos comentaremos en un próximo trabajo. La interacción se aproxima así a una forma de colaboración porque existe una tarea compartida, un contexto común y diferentes momentos en los que la intervención humana modifica el curso del trabajo.

¿Podemos llamar colaborador a una inteligencia artificial?

Conviene utilizar el término colaborador con prudencia. La IA no comparte nuestras intenciones morales, no conoce por experiencia directa a los estudiantes y no asume responsabilidad profesional por las consecuencias de una decisión pedagógica. Llamarla colaboradora, por tanto, no implica atribuirle conciencia, autonomía moral ni colocarla en el mismo plano ético que una persona.

En este artículo empleamos colaborador digital para describir una forma de organización del trabajo en la que la persona mantiene el propósito, los criterios y la decisión final, mientras la IA participa activamente en determinadas operaciones: explorar alternativas, organizar información, identificar patrones o inconsistencias, comparar posibilidades y materializar borradores o prototipos que posteriormente serán evaluados.

Esta distinción permite diferenciar tres formas de interacción. Un asistente responde a solicitudes puntuales; un agente puede ejecutar secuencias de acciones orientadas a una meta; un colaborador digital, en cambio, participa en un proceso iterativo en el que sus aportaciones son continuamente contrastadas, modificadas o rechazadas por la persona. La diferencia decisiva no está solamente en la capacidad técnica de la herramienta, sino en la forma de organizar la relación con ella.

Sharples (2023) propuso comprender la IA generativa educativa no como una sucesión aislada de preguntas y respuestas, sino como parte de un proceso social de conversación y exploración. Desde esta perspectiva, aprender implica establecer metas, construir significados, confrontar diferencias y transferir lo comprendido a situaciones nuevas. La colaboración no reside, entonces, en recibir un producto terminado, sino en sostener una interacción que transforme tanto la propuesta inicial como la comprensión de quien participa.

Esta distinción resulta especialmente importante para la docencia. Si el profesor entrega a la IA la definición del problema, la selección de fuentes, la interpretación de los resultados, los criterios de calidad y la decisión final, la interacción se aproxima más a una sustitución cognitiva que a una colaboración. En cambio, cuando utiliza la herramienta para ampliar opciones, identificar vacíos, cuestionar argumentos y crear prototipos que posteriormente somete a juicio pedagógico, la IA puede actuar como mediadora de un proceso intelectual cuya orientación y responsabilidad continúan siendo humanas.

El riesgo: mejores productos con menos pensamiento

La OCDE (2026) advierte que la inteligencia artificial generativa puede contribuir al aprendizaje cuando su utilización responde a una orientación pedagógica definida; en ausencia de ella, externalizar una tarea puede favorecer el desempeño inmediato sin producir necesariamente una comprensión equivalente. En otras palabras, el producto visible puede mejorar mientras parte del proceso intelectual necesario para producirlo se desplaza hacia la herramienta.

La investigación de Lee et al. (2025) ayuda a comprender este riesgo. Los autores estudiaron a 319 trabajadores del conocimiento, quienes describieron 936 experiencias concretas de utilización de inteligencia artificial generativa en actividades laborales. El estudio encontró que una mayor confianza en la capacidad de la IA para realizar una tarea se asociaba con una menor presencia autoinformada de pensamiento crítico, mientras que una mayor confianza de las personas en su propia capacidad se relacionaba con una mayor participación crítica.

El resultado requiere una interpretación prudente. El estudio no se realizó específicamente con docentes y se apoya en experiencias y percepciones reportadas por los propios participantes. Por ello, no demuestra que utilizar inteligencia artificial reduzca de manera causal o inevitable el pensamiento crítico. Lo que sí muestra es que la introducción de IA puede modificar dónde se concentra el esfuerzo cognitivo: verificar información, integrar respuestas, supervisar resultados y determinar cuándo una propuesta es suficientemente confiable adquieren una importancia creciente (Lee et al., 2025).

Esta evidencia obliga a cambiar la pregunta que hacemos sobre la tecnología. Ya no basta con saber si un docente utilizó o no inteligencia artificial. Necesitamos conocer qué decisiones conservó, qué verificó, qué rechazó, qué modificó y cómo justificó el producto final.

Delegar el pensamiento ocurre cuando aceptamos una respuesta por su fluidez, incorporamos datos o referencias que no hemos comprobado, permitimos que el sistema defina los criterios de calidad o somos incapaces de explicar el camino seguido para llegar al resultado. También sucede cuando confundimos ahorro de tiempo con aprendizaje. Una herramienta puede acelerar la elaboración de un recurso, pero la velocidad no sustituye la deliberación necesaria para determinar si ese recurso es pertinente, inclusivo y formativamente valioso.

Cuatro acciones para una colaboración crítica

Si la inteligencia artificial modifica tanto las posibilidades de producción como la distribución del esfuerzo cognitivo, la tarea no consiste únicamente en aprender a utilizarla, sino en establecer mecanismos que mantengan activa la agencia profesional del docente. A partir de los riesgos anteriores, proponemos organizar la colaboración docente con IA mediante cuatro acciones inseparables: dialogar, decidir, supervisar y responder.

Dialogar implica proporcionar contexto, pero también preguntar, contrastar y reformular. De esta manera, la IA responde a una intención pedagógica explícita y no únicamente a una instrucción técnica.

Decidir de manera consciente qué tareas puede realizar la IA y cuáles requieren juicio profesional. Buscar alternativas, clasificar información, sintetizar materiales o producir un primer prototipo pueden ser actividades delegables. Definir el propósito educativo, interpretar las necesidades de los estudiantes, establecer criterios de calidad y tomar decisiones con consecuencias pedagógicas requieren responsabilidad humana.

La decisión fundamental no es simplemente “usar o no usar IA”, sino determinar qué parte del proceso estamos dispuestos a delegar y cuál necesitamos conservar para comprender y responder por el resultado.

Supervisar consiste en contrastar datos y referencias, examinar posibles sesgos, solicitar explicaciones, comparar versiones, identificar inconsistencias y registrar modificaciones. Supervisar no significa revisar apresuradamente un producto cuando la IA ha terminado. Supone intervenir durante el proceso y crear puntos explícitos de verificación.

Una colaboración crítica necesita la posibilidad real de disentir. Si todas las propuestas de la IA son aceptadas, la supervisión se convierte en una formalidad. Colaborar implica también poder decir: esta respuesta no corresponde al contexto, esta fuente no es adecuada, este criterio es insuficiente o esta alternativa no beneficia a mis estudiantes.

Responder nos lleva a explicar por qué se aceptó una propuesta, qué modificaciones se realizaron y qué evidencias respaldan la decisión final. La IA puede participar en la producción, pero la responsabilidad ética y pedagógica permanece en la persona.

Responder significa también ser capaz de reconstruir el proceso: identificar qué provino de la herramienta, qué fue modificado y qué decisiones fueron tomadas por el docente. La responsabilidad no desaparece porque una parte del trabajo haya sido automatizada.

Estas cuatro acciones coinciden con la orientación humanocéntrica del Marco de competencias en IA para docentes de UNESCO. Miao y Cukurova (2024) organizan el marco en 15 competencias distribuidas en cinco dimensiones: mentalidad centrada en el ser humano, ética de la IA, fundamentos y aplicaciones de IA, pedagogía con IA y uso de IA para el aprendizaje profesional. El marco sitúa así la agencia humana y la responsabilidad docente como elementos centrales de la integración tecnológica.

El profesor no queda relegado a supervisar una máquina. Por el contrario, adquiere la responsabilidad adicional de diseñar relaciones con la tecnología que protejan la autonomía, el aprendizaje y la dignidad de quienes participan.

El docente de los próximos años no trabaja solo, pero sigue pensando

El profesor del futuro no será necesariamente quien prohíba toda inteligencia artificial ni quien entregue a la herramienta la planeación, la evaluación y la escritura. Será quien aprenda a construir con ella sin desaparecer del proceso; quien utilice su capacidad para explorar más posibilidades, pero conserve la responsabilidad de elegir; y quien aproveche la automatización del trabajo mecánico para dedicar mayor atención a comprender a sus estudiantes, diseñar mejores experiencias y analizar las consecuencias de sus decisiones.

Desde esta perspectiva, la pregunta decisiva ya no es solamente qué puede hacer GPT por nosotros. La pregunta es qué tipo de relación intelectual queremos construir con una tecnología capaz de intervenir en nuestros archivos, proyectos y productos.

Conclusiones

La propuesta de: dialogar, decidir, supervisar y responder es para organizar una colaboración crítica con la IA, no constituyen una secuencia rígida, sino un ciclo que mantiene al docente intelectualmente presente durante todo el proceso. Dialogar permite definir el problema y proporcionar contexto; decidir establece los límites de la delegación; supervisar introduce contraste y verificación; responder mantiene visible la responsabilidad profesional. Las cuatro acciones convierten el uso de IA en algo distinto de una simple transferencia de tareas.

Todavía existen límites importantes en la evidencia disponible. No todos los resultados obtenidos con trabajadores del conocimiento pueden generalizarse a profesores y estudiantes; tampoco sabemos con precisión qué formas de interacción humano-IA favorecen aprendizajes duraderos en diferentes disciplinas y niveles educativos. Se necesita, por tanto, investigación que no evalúe únicamente la calidad o rapidez del producto obtenido, sino también la comprensión alcanzada, la capacidad de transferencia, la autonomía posterior y la calidad de las decisiones tomadas sin ayuda de la herramienta.

El desafío educativo no consiste en preservar artificialmente todas las tareas que antes realizábamos sin tecnología. Tampoco consiste en automatizar todo aquello que una IA sea capaz de ejecutar. Consiste en decidir qué merece seguir siendo pensado por nosotros. Si aprendemos a colaborar sin delegar esa responsabilidad, la inteligencia artificial no tendrá que reducir al docente a un espectador. Puede convertirse, por el contrario, en una oportunidad para hacer más visible, deliberada y exigente su inteligencia profesional.

Referencias

Choi, D. (2026, 23 de febrero). Run long horizon tasks with Codex. OpenAI Developers.

Lee, H.-P. (H.), Sarkar, A., Tankelevitch, L., Drosos, I., Rintel, S., Banks, R., & Wilson, N. (2025). The impact of generative AI on critical thinking: Self-reported reductions in cognitive effort and confidence effects from a survey of knowledge workers. Proceedings of the 2025 CHI Conference on Human Factors in Computing Systems, Article 1121, 1–22. doi:10.1145/3706598.3713778

OECD. (2026). OECD digital education outlook 2026: Exploring effective uses of generative AI in education. OECD Publishing. doi:10.1787/062a7394-en

OpenAI. (s. f.). Productivity & collaboration. ChatGPT Learn.

Sharples, M. (2023). Towards social generative AI for education: Theory, practices and ethics. Learning: Research and Practice, 9(2), 159–167. doi:10.1080/23735082.2023.2261131

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario