martes, 6 de octubre de 2026

De la inteligencia artificial individual a la inteligencia colectiva: aprender con otros en tiempos de IA

La expansión de la inteligencia artificial generativa en la educación superior ha creado una escena que ya resulta familiar. Un estudiante se sienta frente a una pantalla, formula una pregunta y recibe una respuesta elaborada en pocos segundos. Puede pedir otra explicación, solicitar ejemplos, resumir un texto, corregir un escrito o generar ideas. La interacción parece muy activa, pero ocurre casi siempre de manera individual. Es el estudiante frente a la inteligencia artificial y es esta la que hace todo.

Es que estamos utilizando una tecnología nueva para reforzar una concepción bastante antigua del aprendizaje.

En el informe de UNESCO (UNESCO., 2026) The algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI for the future of education, Imogen Casebourne y Rupert Wegerif plantean una perspectiva diferente. Su pregunta no se limita a cómo la inteligencia artificial puede mejorar el aprendizaje individual. Se preguntan si puede contribuir al desarrollo de la inteligencia colectiva, entendida como la capacidad de los grupos para pensar, aprender y resolver problemas de una manera que supere las posibilidades de cada integrante por separado.

La pregunta resulta especialmente relevante para la educación superior. Muchas de las herramientas actuales prometen personalización, respuestas adaptadas, tutoría individual y retroalimentación inmediata. Sin embargo, los problemas que los futuros profesionales tendrán que enfrentar rara vez podrán resolverse mediante una conversación aislada entre una persona y una máquina.

El cambio climático, los conflictos sociales, los problemas educativos, la pobreza, la salud pública o las transformaciones derivadas de la propia inteligencia artificial exigen interpretar perspectivas diferentes, dialogar, contrastar información, negociar significados y construir soluciones con otros.

La pregunta pedagógica cambia entonces de dirección: ¿qué ocurre si dejamos de pensar en la IA solamente como asistente de cada estudiante y comenzamos a considerarla como una mediación dentro de procesos colectivos de aprendizaje?

De conversar con la IA a pensar con otros

Casebourne y Wegerif parten de una idea sugerente. La inteligencia no tiene que concebirse únicamente como algo que existe dentro de la mente individual. También puede emerger de las relaciones entre las personas. Por ello, el diálogo adquiere un papel central en la inteligencia colectiva.

Pero dialogar significa algo más que hablar. Implica formular preguntas, escuchar, cuestionar supuestos, interpretar perspectivas diferentes y modificar las propias ideas como resultado de la interacción. Los autores relacionan estas características con las pedagogías dialógicas y con actividades abiertas donde los estudiantes construyen conjuntamente explicaciones y soluciones.

Esta perspectiva encuentra un punto de encuentro muy interesante con el enfoque histórico cultural. No porque ambos planteamientos sean equivalentes, sino porque permiten pensar el aprendizaje desde una concepción social. Desde la perspectiva vigotskiana, el desarrollo de las funciones psicológicas superiores tiene un origen social y está mediado por herramientas y signos culturales. El estudiante no aprende simplemente recibiendo información, sino participando en actividades con otros, apropiándose progresivamente de instrumentos culturales y transformando esas experiencias en procesos internos. Por ello debemos comprender que la inteligencia artificial no elimina esta relación, por el contrario Introduce una nueva mediación dentro de ella.

El problema surge cuando la IA ocupa el centro de la actividad y desplaza la interacción social. Un estudiante pregunta, la IA responde y el estudiante acepta la respuesta. El circuito puede ser eficiente, pero pedagógicamente pobre. Incluso cuando veinte estudiantes realizan la misma tarea con veinte conversaciones independientes, seguimos ante veinte procesos individuales. En este caso la tecnología genera muchas respuestas sin generar necesariamente una construcción colectiva del conocimiento.

Casebourne y Wegerif proponen mirar en otra dirección. La IA podría facilitar proyectos en los que los estudiantes recopilen información, contrasten perspectivas, interpreten datos y elaboren soluciones comunes. También puede ayudar a traducir entre idiomas, sintetizar posiciones diferentes o identificar puntos de consenso dentro de grupos numerosos. Estas posibilidades podrían reducir algunas barreras que dificultan la colaboración.

Pensemos en una clase universitaria que estudia el abandono estudiantil. La actividad podría comenzar sin IA, cada estudiante analiza el problema desde su experiencia, formación y contexto. Después se contrastan perspectivas y se construyen preguntas comunes. La IA puede incorporarse posteriormente para analizar documentos, organizar información, sugerir interpretaciones o cuestionar argumentos. Pero sus respuestas no constituyen el resultado de la actividad, se convierten en un nuevo objeto de discusión. Un grupo puede aceptar una interpretación de la IA, otro puede rechazarla y un tercero puede detectar un sesgo. Los estudiantes deben explicar sus decisiones y construir una interpretación colectiva.

La diferencia parece pequeña, pero pedagógicamente es considerable. En el primer caso el estudiante pregunta a la IA qué debe pensar. En el segundo, la respuesta de la IA se convierte en un elemento para pensar con otros.

La paradoja de muchas respuestas parecidas

Existe, sin embargo, un problema que no debemos minimizar. La inteligencia artificial también puede reducir la diversidad cognitiva de un grupo. Casebourne y Wegerif advierten que cuando diferentes personas utilizan el mismo sistema de IA como fuente de inspiración pueden terminar generando ideas similares. La aparente multiplicación de respuestas podría ocultar una progresiva homogeneización del pensamiento. Esta posibilidad merece especial atención en nuestras clases.

Un profesor puede solicitar a treinta estudiantes que propongan soluciones para un problema. Antes de la IA, las respuestas podían ser incompletas, desiguales e incluso equivocadas, pero provenían de experiencias, conocimientos y procesos de razonamiento diferentes.

Ahora treinta estudiantes pueden consultar sistemas semejantes. Las respuestas serán probablemente más correctas en su forma, mejor organizadas y lingüísticamente más elaboradas. Sin embargo, también pueden parecerse considerablemente. Tendríamos treinta productos, pero no necesariamente treinta perspectivas.

Aquí aparece una paradoja educativa: la IA puede aumentar la producción individual y, al mismo tiempo, disminuir la diversidad necesaria para construir inteligencia colectiva.

Este problema se agrava porque los propios modelos se alimentan de conjuntos de datos que contienen ausencias, desigualdades y sesgos. Si un grupo construye su discusión a partir de respuestas semejantes generadas por sistemas entrenados con fuentes parcialmente homogéneas, determinadas voces pueden quedar invisibilizadas. Los autores advierten que estos procesos podrían reproducir e incluso amplificar prácticas de exclusión. Por ello, la inteligencia colectiva no consiste en colocar a varias personas alrededor de una herramienta de IA. Requiere preservar la diferencia.

Antes de consultar una IA, los estudiantes deberían tener oportunidades para expresar sus propias interpretaciones. Después de recibir una respuesta automatizada, necesitan contrastarla con otras fuentes, con sus compañeros y con la realidad que estudian. Finalmente, deben explicar qué conservaron, qué rechazaron y qué modificaron. En este proceso el docente mantiene una función decisiva.

Casebourne y Wegerif destacan que los profesores tendrán que enseñar a dialogar, cuestionar, desafiar e interpretar las recomendaciones automatizadas. También deberán favorecer condiciones de respeto, empatía y participación que hagan posible una auténtica construcción colectiva.

La función docente no disminuye. Cambia.

Ya no consiste solamente en proporcionar información que los estudiantes pueden obtener mediante una máquina. El profesor diseña situaciones donde esa información debe ser interpretada, confrontada y transformada mediante la interacción social.

Este cambio también obliga a revisar la evaluación. Si continuamos calificando exclusivamente el producto individual, será lógico que cada estudiante busque la manera más eficiente de producirlo con ayuda de la IA. Si valoramos la argumentación, la contrastación, la negociación de significados y la construcción compartida de soluciones, la relación con la herramienta cambia. La IA deja de ser una máquina para terminar tareas y comienza a formar parte de una actividad intelectual colectiva.

El reto, por tanto, no consiste en enseñar solamente a nuestros estudiantes a conversar mejor con ChatGPT, Gemini, NotebookLM o cualquier herramienta que aparezca después. Necesitamos enseñarles a pensar con otras personas en un contexto donde también participan sistemas de inteligencia artificial.

Casebourne y Wegerif imaginan una educación que no enseñe únicamente qué saber, sino también cómo negociar significados, construir soluciones y desarrollar comprensiones compartidas. Reconocen que todavía no existe una fórmula para conseguirlo. Será necesario experimentar, reflexionar y construir nuevas prácticas. Tal vez esa incertidumbre sea precisamente una oportunidad para la universidad.

Durante los últimos años hemos preguntado con insistencia qué puede hacer cada estudiante con la inteligencia artificial. La siguiente pregunta debería ser más exigente: ¿qué podemos llegar a pensar y construir juntos, con ayuda de la IA, que ninguno de nosotros podría alcanzar por separado?

Ese cambio de pregunta puede conducirnos desde una inteligencia artificial centrada en el individuo hacia una pedagogía de la inteligencia colectiva.

 

Referencias

Casebourne, I., & Wegerif, R. (2026). AI and education for collective intelligence: A futures perspective. In UNESCO, The algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI for the future of education (pp. 145–150). UNESCO

UNESCO. (2026). The algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI and the futures of educationThe algorithm in the room: Seeing and confronting the implications of AI and the futures of education. UNESCO. https://doi.org/10.54675/PMRO5023

 

 

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