domingo, 25 de octubre de 2026

Cuando el trabajo es excelente, pero el aprendizaje sigue siendo una pregunta



El pasado semestre, en una de mis materias, orienté la creación de un ensayo, donde no se prohibía el empleo de la IA. Durante la defensa oral le pregunté a un estudiante por una frase de su trabajo. Su respuesta fue: “De tanto que escribí, no recuerdo esa parte”. Era obvio que la IA había creado el ensayo.

La pregunta que debemos plantearnos es: ¿qué comprende el estudiante de aquello que acaba de presentar? Esta situación real y que se repite todos los días expresa una dificultad que merece nuestra atención, porque la calidad de un producto elaborado con inteligencia artificial no basta para determinar el aprendizaje de quien lo entrega.

La discusión suele concentrarse en cuánto utilizó el estudiante la IA, qué herramienta empleó o si declaró su intervención. Estas preguntas tienen sentido, pero resultan insuficientes cuando el objetivo es valorar conocimientos, capacidades de análisis y decisiones fundamentadas. Conocer la herramienta utilizada no permite establecer, por sí solo, qué operaciones intelectuales realizó el estudiante y cuáles delegó.

La revisión sistemática de Crompton y Burke (Crompton & Burke, 2026) , publicada el 16 de octubre en International Journal of Educational Technology in Higher Education, ofrece un punto de partida para examinar este problema. Las autoras analizaron 72 estudios empíricos correspondientes a 24 países y 20 disciplinas, e identificaron tres enfoques de rediseño evaluativo: orientación al proceso, autenticidad y evaluación oral y dialógica. Predominaron las metodologías cualitativas, por lo que conviene leer estos resultados como una descripción de prácticas emergentes, sin atribuirles una superioridad universal demostrada.

A partir de esta lectura, el análisis pasa más a lo pedagógico: necesitamos diseñar evaluaciones que permitan relacionar lo entregado con lo que el estudiante puede explicar, revisar y utilizar en una situación diferente.

La calidad del producto necesita evidencias que la expliquen

Estoy trabajando con estudiantes de la mención en Tecnología Educativa en un portafolio que denomino: “La alcancía digital”. Cada lunes, estos estudiantes deben “depositar” una idea del empleo de la IA en clases. Esta idea es creada por ChatGPT, pero ellos deben revisarla y verificar si la misma es posible de ser realizada y comprobar varios elementos de dicha idea. El resultado no es solo la contribución, sino la valoración de su empleo.

En el caso de cualquier producto creado por IA si cambiamos un ensayo por una infografía o sustituimos una exposición por un podcast, solo logramos modificar el lenguaje del producto, pero queda pendiente la pregunta que responde al razonamiento que lo sostiene. Por ello, antes de elegir el formato, es necesario precisar qué objetivo se pretende evaluar y qué actuación permitiría reconocerlo.

Si el objetivo consiste en analizar la coherencia de una propuesta educativa, la evaluación tendría que permitir que el estudiante detecte desajustes, explique sus consecuencias y fundamente una corrección. Una secuencia impecable ofrece información sobre el resultado; la explicación de por qué una actividad no permite alcanzar el objetivo aporta otra evidencia, relacionada directamente con la capacidad de análisis.

Desde una lectura pedagógica vinculada con el enfoque histórico cultural, también interesa examinar cómo el estudiante utiliza las ayudas disponibles y qué puede hacer después de trabajar con ellas. En este artículo se asume esa perspectiva como criterio de interpretación, sin atribuirla a las autoras de la revisión. La pregunta que orienta esta mirada es cómo la interacción con una herramienta contribuye a que el estudiante se apropie de una forma de razonar y pueda emplearla con creciente autonomía.

Una explicación generada por IA puede servir para contrastar interpretaciones, mientras que aceptar esa explicación sin comprenderla deja sin resolver el propósito formativo. Para valorar esa diferencia necesitamos observar decisiones concretas: qué se verificó, qué se modificó, con qué fundamento y qué límites se reconocieron. Esto exige mayor esfuerzo por el profesor y mayor tiempo dedicado a la evaluación, además de una mayor preparación del docente en el empleo de la IA.

La documentación del proceso que sigue el estudiante debe responder a ese objetivo. Solicitar todas las conversaciones con la IA puede producir un archivo extenso cuyo valor evaluativo sea reducido si el docente no sabe qué buscar en él y además disponga de mucho tiempo. Un registro seleccionado y comentado puede resultar más pertinente cuando muestra una decisión relevante, la evidencia utilizada para revisarla y el cambio introducido.

Incluso ese registro necesita contrastarse con otras actuaciones, porque también puede elaborarse con asistencia de IA. Su utilidad dependerá de la relación que conserve con los avances del trabajo y con las explicaciones que el estudiante pueda ofrecer durante el curso.

Una evaluación que permita reconstruir las decisiones

Pongamos como ejemplo una actividad evaluativa cuyo objetivo es diseñar y justificar una metodología didáctica para un contexto educativo específico. Al comenzar, el estudiante elaboraría en clase una planificación breve donde identifique a los destinatarios, el problema educativo, el objetivo, los recursos, así como la posible evaluación. Este primer momento permitiría conocer su comprensión inicial y ofrecer retroalimentación antes de desarrollar el recurso. Para esto no se pide, ni es necesaria la presencia de la IA.

Después podría utilizar IA para explorar alternativas, revisar instrucciones o someter su propuesta a preguntas críticas. El profesor explicaría previamente qué usos están permitidos, y qué decisiones requieren una justificación propia. Las condiciones de acceso también formarían parte del diseño, procurando que la evaluación no dependa de disponer de una suscripción de pago.

Durante el desarrollo, el estudiante debe mostrar cómo la IA influyó en su trabajo. Por ejemplo, podría comentar una actividad sugerida por la IA que decidió rechazar porque exigía conocimientos que los destinatarios todavía no habían desarrollado. El interés evaluativo estaría en la relación entre la propuesta recibida, el criterio aplicado y la modificación realizada. Nos interesa conocer porqué la rechazó, pero con sus palabras.

La entrega final reuniría el recurso educativo, que en mi caso puede ser un recurso en HTML5 y además un comentario escrito sobre las principales decisiones adoptadas. Para evitar un informe largo, creado por IA, bastaría con seleccionar aquellas decisiones que permitan valorar el objetivo de la actividad, como la correspondencia entre contenidos y tareas, la pertinencia de los recursos o la claridad de los criterios de evaluación.

Una conversación breve en el aula permitiría ampliar esas evidencias. El profesor podría solicitar que el estudiante explique una modificación, identifique una debilidad todavía presente o adapte una actividad ante un cambio de contexto. Si la propuesta fue diseñada para una clase con conexión permanente, por ejemplo, podría preguntarle cómo conservaría el objetivo cuando parte del grupo solo dispone de acceso ocasional a internet.

Esta conversación tendría que centrarse en criterios conocidos y ofrecer condiciones accesibles. La rapidez para responder, la seguridad al hablar o la soltura frente al profesor no deberían sustituir la valoración del razonamiento pedagógico, salvo que la comunicación oral constituya expresamente un objetivo de aprendizaje.

La evaluación consideraría entonces la coherencia del producto, la fundamentación de las decisiones, la verificación de las aportaciones de la IA y la capacidad para adaptar lo elaborado a otras situaciones. La retroalimentación señalaría tanto los logros como las dificultades que requieren atención, sin imponer modificaciones cuando el trabajo ya cumple los criterios. Pero en todos estos casos, es necesario que el profesor tenga el conocimiento necesario sobre el tema.

En grupos numerosos, sería razonable organizar momentos de revisión dentro de las actividades habituales y seleccionar decisiones representativas para el diálogo. La viabilidad del procedimiento debe estudiarse junto con su valor formativo, pues una propuesta difícil de sostener durante el semestre necesita ajustes antes de convertirse en una exigencia general.

Esta forma de evaluar también abre preguntas para nuestras investigaciones universitarias. En el contexto latinoamericano podríamos estudiar qué evidencias ayudan a reconocer la comprensión del estudiante, qué carga de trabajo generan y qué barreras encuentran quienes tienen diferentes condiciones de acceso. Sería necesario contrastar los resultados antes de recomendar un modelo para toda una institución.

La misma cautela corresponde al estudio de la dependencia cognitiva o la aitoxicación. Una dificultad para explicar un trabajo puede justificar una indagación pedagógica, pero no demuestra por sí sola dependencia de la IA, ya que también podrían intervenir ansiedad, comprensión parcial o instrucciones poco claras. Cualquier interpretación de ese tipo requiere una definición precisa del fenómeno e instrumentos validados.

Evaluar en tiempos de IA nos exige justificar mejor las conclusiones que obtenemos a partir de las evaluaciones a los trabajos estudiantiles.

Referencia

Crompton, H., & Burke, D. (2026). Higher education assessments in the age of GenAI: A systematic review. International Journal of Educational Technology in Higher Education, 23, Article 56. https://doi.org/10.1186/s41239-026-00627-4

 

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