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domingo, 21 de junio de 2026

El nuevo despertar docente frente a la inteligencia artificial

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez

La historia humana siempre ha estado vinculada con la capacidad de crear herramientas para ampliar las posibilidades de existencia. Durante miles de años, las tecnologías estuvieron orientadas principalmente a extender las capacidades físicas humanas: cultivar la tierra, transportar objetos, construir ciudades o acelerar procesos mecánicos.

La revolución industrial marcó un punto de inflexión al permitir que las máquinas sustituyeran parte del esfuerzo físico humano mediante procesos automatizados de producción. Más tarde, las tecnologías digitales ampliaron las capacidades de comunicación y acceso a la información. En la actualidad, la inteligencia artificial introduce una diferencia fundamental respecto a las revoluciones anteriores: la herramienta deja de limitarse al trabajo físico o mecánico y comienza a intervenir en espacios asociados históricamente con la cognición humana.

Actualmente, sistemas de inteligencia artificial pueden redactar textos, producir imágenes, analizar datos, generar simulaciones conversacionales y organizar grandes volúmenes de información en cuestión de segundos. Aunque estas tecnologías no poseen conciencia humana ni comprensión emocional auténtica, sí transforman profundamente la manera en que las personas interactúan con el conocimiento.

Esta transición modifica la percepción tradicional sobre la inteligencia y la creación. Durante siglos, escribir, interpretar o producir conocimiento eran actividades exclusivamente humanas. Hoy, la humanidad presencia el surgimiento de sistemas capaces de simular ciertas expresiones del pensamiento mediante algoritmos entrenados con enormes cantidades de datos.

El impacto cultural de este cambio es profundo. La humanidad atraviesa una etapa donde la inteligencia deja de percibirse únicamente como una capacidad biológica individual y comienza a coexistir con sistemas artificiales capaces de participar en procesos de producción simbólica y organización del conocimiento.

Caldevilla-Domínguez (2024) advierte que la incorporación de IA en la educación superior obliga a reflexionar críticamente sobre aspectos relacionados con transparencia, equidad, privacidad y responsabilidad ética. Por ello, el desafío contemporáneo no consiste solamente en incorporar nuevas tecnologías, sino en comprender críticamente el impacto humano y social de estas transformaciones.

El nuevo despertar docente

Durante décadas, gran parte del sistema educativo acostumbró al docente a desempeñar un papel predominantemente pasivo frente a la tecnología. Las plataformas digitales eran diseñadas por especialistas externos y el profesorado aprendía únicamente a utilizar herramientas previamente estructuradas. El docente ocupaba principalmente el rol de consumidor tecnológico.

Sin embargo, la inteligencia artificial generativa comienza a alterar profundamente esta dinámica.

Por primera vez, millones de docentes tienen acceso directo a sistemas capaces de asistir procesos de creación pedagógica mediante lenguaje natural. Actualmente, un profesor puede solicitar la generación de secuencias didácticas, rúbricas automatizadas, simuladores educativos, materiales multimedia o recursos adaptados a contextos específicos sin requerir conocimientos avanzados de programación.

Más allá de la automatización, este fenómeno representa una transformación histórica en la identidad profesional docente. El profesor deja de ser únicamente usuario de tecnología y comienza a participar activamente en la creación de soluciones pedagógicas digitales. Surge así una nueva figura: el docente creador.

El concepto de “despertar docente” no debe interpretarse únicamente como adquisición de competencias tecnológicas. Hace referencia a una toma de conciencia histórica frente a un cambio civilizatorio que redefine la relación entre humanidad, inteligencia y conocimiento.

El docente contemporáneo no solo aprende nuevas herramientas; también debe comprender críticamente las implicaciones culturales, éticas y epistemológicas de convivir con sistemas capaces de producir contenidos automatizados.

El riesgo de una automatización superficial

A pesar de las oportunidades que ofrece la inteligencia artificial, también existen riesgos asociados con una adopción superficial o acrítica de estas tecnologías.

Uno de los principales problemas consiste en sustituir el pensamiento pedagógico por producción automatizada de contenidos. Cuando la IA se utiliza únicamente para generar respuestas rápidas sin análisis crítico ni contextualización educativa, existe el riesgo de empobrecer la reflexión académica y debilitar la construcción intelectual propia.

Gallent-Torres et al. (2023) advierten que la inteligencia artificial generativa plantea desafíos relacionados con nuevas formas de plagio académico, problemas de autoría y riesgos para la integridad académica. El problema no radica exclusivamente en la existencia de herramientas inteligentes, sino en la posibilidad de reemplazar el pensamiento humano por automatización acrítica.

La preocupación ética también se extiende hacia la privacidad de datos, la transparencia algorítmica y los sesgos presentes en muchos sistemas inteligentes. Vílchez Ruiz (2024) señala que el desafío contemporáneo no consiste solamente en restringir el uso de IA, sino en enseñar formas éticas y responsables de interacción con estas tecnologías.

En este contexto, el nuevo despertar docente implica reconocer que la educación no puede reducirse a procesos automatizados. La inteligencia artificial puede asistir tareas pedagógicas, pero no sustituir dimensiones profundamente humanas como:

  • la sensibilidad educativa;
  • la interpretación crítica;
  • la comprensión contextual;
  • la construcción ética;
  • y el acompañamiento emocional del aprendizaje.

La tecnología puede generar información; sin embargo, comprender críticamente el sentido humano del conocimiento continúa siendo una tarea fundamentalmente educativa y por ende humana.

Conclusiones

La inteligencia artificial representa uno de los cambios culturales y tecnológicos más significativos de la historia contemporánea. Más allá de sus capacidades técnicas, su verdadero impacto radica en modificar la manera en que la humanidad comprende la inteligencia, la creación y la producción del conocimiento.

La especie humana que alguna vez aprendió a sembrar la tierra ahora desarrolla sistemas capaces de producir textos, imágenes y respuestas mediante inteligencia artificial. Esta transición histórica no constituye únicamente una revolución tecnológica; representa también un cambio profundo en la relación entre humanidad y conocimiento.

En este escenario emerge un nuevo despertar docente frente a la IA. Este despertar no consiste únicamente en aprender a utilizar plataformas digitales o automatizar tareas pedagógicas. Consiste en tomar conciencia de que la educación atraviesa una transformación histórica donde cambian las formas de construir pensamiento, producir conocimiento y comprender la inteligencia misma.

El docente contemporáneo ya no puede permanecer únicamente como consumidor pasivo de tecnologías diseñadas por otros. Debe desarrollar capacidades críticas, éticas y creativas que le permitan participar activamente en la construcción del nuevo ecosistema educativo digital.

No obstante, este proceso exige prudencia y reflexión crítica. La inteligencia artificial no reemplaza la complejidad humana ni garantiza automáticamente progreso educativo. Su incorporación debe realizarse desde enfoques éticos y humanistas que prioricen el pensamiento crítico, la autonomía intelectual y la formación integral de las personas.

El verdadero desafío educativo del presente no consiste solamente en adaptarse tecnológicamente a la inteligencia artificial, sino en comprender críticamente el cambio de época que esta tecnología inaugura para la humanidad.

Referencias

Caldevilla-Domínguez, D. (2024). Usos éticos de la IA en la universidad moderna: Más allá del plagio. EDU Review, 12(1), 57–65. https://doi.org/10.37467/revedu.v12.5184

Flores Morales, J. A., Quinteros María Fe Guadalupe, R., Contreras Maguiña, A. P., & Luna Román, E. A. (2024). Originalidad y honestidad intelectual: Navegando por las aguas del plagio. Revista de Climatología, 24, 2032–2038. https://doi.org/10.59427/rcli/2024/v24cs.2032-2038

Gallent-Torres, C., Zapata-González, A., & Ortego-Hernando, J. L. (2023). El impacto de la inteligencia artificial generativa en educación superior: una mirada desde la ética y la integridad académica. RELIEVE, 29(2). https://doi.org/10.30827/relieve.v29i2.29134

Ibarra Beltrán, Á. de J., Aguayo Álvarez, Z., & Velázquez García, R. E. (2023). Desmitificando el plagio digital: percepciones y realidades de la ética estudiantil desde el Centro Universitario de Tonalá. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, 4(5), 1418–1431. https://doi.org/10.56712/latam.v4i5.1403

Vílchez Ruiz, M. I. (2024). Contenido educativo con inteligencia artificial: ¿Restringir o enseñar a personalizar éticamente en el ámbito educativo? Revista Ciencia & Tecnología, 24(44).

 

domingo, 7 de septiembre de 2025

El ring no es para el docente ni para la IA

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

Estás apurado, entonces escucha el pódcast (2 min)


En lugar de subirse al ring a pelear contra la tecnología, el profesor del siglo XXI puede abrazarla como aliada estratégica. La historia ha demostrado una y otra vez que la impronta de un buen maestro persiste e incluso se fortalece cuando surgen nuevas herramientas que parecían destinadas a sustituirlo, recuerden cuando nace la radio educativa en el siglo pasado, después la televisión y más tarde hasta los satélites iban a enseñar a todos (Selwyn, 2022). Pero en 1947, por ejemplo, aparecía este anuncio en la revista norteamericana (Selecciones 1947): "En muchas escuelas la educación se hace más fácil y es más eficaz con el empleo de un maravilloso "profesor" la película cinematográfica Du Pont: Este "profesor" moderno lo creó la química".

Hoy la situación se repite con la inteligencia artificial: diversos estudios señalan que la IA no viene a “barrer” con la figura del maestro, sino a magnificar aquellos rasgos humanos que hacen invaluable la labor educativa (UNESCO, 2023). En otras palabras, la cuestión no es quién vence a quién, sino cómo unir fuerzas en favor del aprendizaje.

El rol insustituible del docente

La función estratégica del docente es irreemplazable: determinar qué debe aprender el estudiante según su perfil, contexto y necesidades. Solo el educador, con su experiencia y juicio pedagógico, puede diagnosticar las aspiraciones de sus alumnos y trazar un plan formativo significativo para ellos. Los profesores aportan un conjunto de habilidades humanas únicas que ninguna inteligencia artificial puede emular plenamente:
  • Empatía y apoyo emocional: Los docentes comprenden las emociones y motivaciones de sus alumnos, adaptando su enseñanza para atender sus necesidades afectivas. La IA, por muy sofisticada que sea, carece de empatía y no puede responder a las sutilezas emocionales del estudiante (Luckin, 2018).
  • Conocimiento contextual profundo: Un profesor conoce el entorno social y cultural de sus alumnos. Gracias a esa comprensión del contexto, diseña experiencias de aprendizaje relevantes y significativas, una riqueza de conocimiento situacional que la IA no alcanza a igualar (Williamson & Eynon, 2020).
  • Estímulo de la creatividad y el pensamiento crítico: Los buenos docentes plantean preguntas desafiantes, fomentan debates y motivan a sus alumnos a pensar por sí mismos. La inteligencia artificial, en cambio, opera con patrones y datos preestablecidos, sin la capacidad de inspirar genuinamente la creatividad o el juicio crítico de un estudiante (Zawacki-Richter et al., 2019).
·         En suma, el profesor dejó de ser un simple transmisor de contenidos, y se transformó en un arquitecto de experiencias de aprendizaje y un mentor que guía el desarrollo integral del alumno (Holmes et al., 2021). Su discernimiento profesional le permite decidir qué conocimientos, habilidades y valores son pertinentes para cada estudiante. Incluso en entornos donde se utilizan sistemas de personalización automatizada, siempre es el educador quien define los parámetros pedagógicos y orienta a la IA: qué contenidos considerar, qué nivel de dificultad es apropiado, qué objetivos se persiguen con cada alumno. La IA podrá ayudar a ajustar el cómo se enseña, pero la definición del qué y el para qué seguirá requiriendo la visión humana del docente.
·         Vale la pena recordar, además, que el rol docente está lejos de volverse obsoleto; más bien se transforma y evoluciona con cada avance tecnológico. Como señala el investigador Neil Selwyn, “cada gran revolución tecnológica ha conducido a una renovación del oficio [...] el papel del formador ha demostrado que es capaz de transfigurarse sin desvanecerse”. El maestro del presente y del futuro será aquel que se adapte, aprenda continuamente y se enfoque en lo que nos hace humanos, delegando en la tecnología lo automatizable y abrazando él mismo las tareas insustituibles.
Hacia una alianza efectiva con la IA
Si aceptamos que no se trata de subirse a un ring contra la IA, sino de subirse al mismo barco, el siguiente paso es pasar a la acción colaborativa y reflexiva. La tecnología por sí sola no mejora la educación; son los educadores, con su visión y liderazgo, quienes pueden lograr que la IA sume y no reste. ¿Qué podemos hacer los docentes para forjar esta alianza estratégica hombre-máquina en nuestras aulas? Algunas líneas de acción incluyen:
·         Formación continua en IA: Mantenernos al día y adquirir competencias digitales relacionadas con la inteligencia artificial es clave. Los educadores debemos capacitarnos en el uso eficaz (y límites) de estas tecnologías para poder aprovecharlas al máximo en el aula. Iniciativas recientes, como marcos de competencias en IA impulsados por organismos internacionales, subrayan la importancia de la preparación docente en este ámbito.
·         Colaboración e intercambio profesional: Unir fuerzas con colegas y expertos en tecnología nos permitirá aprender juntos y diseñar mejores soluciones. Es crucial fomentar el diálogo entre educadores y desarrolladores de IA para crear herramientas verdaderamente adecuadas y eficaces en el contexto educativo. Asimismo, compartir experiencias en comunidad –qué funciona, qué no, qué dilemas surgen– nos ayuda a reflexionar y mejorar la práctica de forma colectiva.
·         Uso ético y centrado en el estudiante: Incorporar la IA de manera responsable, siempre poniendo por delante los valores humanos y pedagógicos. Esto implica asegurarse de que estas herramientas se utilicen con equidad, respeto a la privacidad y transparencia. También supone enseñar a nuestros alumnos a usar la IA de forma crítica y ética, desarrollando su pensamiento crítico sobre la tecnología. El docente sigue siendo el guardián de los principios en el aula digital: modela con el ejemplo un uso consciente y moral de las nuevas herramientas.
En definitiva, la tecnología inteligente no viene a reemplazarnos, sino a potenciarnos. Nos ofrece nuevos medios para personalizar la enseñanza, pero requiere de nuestra guía para saber con qué fin y en qué dirección utilizarlos. Los docentes estamos llamados a dar un paso al frente, no para combatir a la IA, sino para abrazarla con discernimiento. Se trata de innovar sin renunciar a nuestra esencia, de apoyarnos en la máquina sin perder de vista el lado humano.
Levantemos entonces la mirada más allá de falsos combates: el aula no es un ring de boxeo, sino un espacio de encuentro y co-creación. En esa arena colaborativa, el docente marca la estrategia educativa y la inteligencia artificial aporta sus mejores técnicas.
Un ejemplo concreto es el uso de plataformas como NotebookLM.ai, que permiten analizar los textos previamente seleccionados por el profesor, considerando el tema, los objetivos de aprendizaje y el perfil del estudiante. A partir de esa base, el sistema genera propuestas didácticas que pueden materializarse en resúmenes, guías de lectura o esquemas interactivos. En el blog comentamos el empleo de este recurso como libro de texto. De manera similar, las herramientas de creación de podcast apoyadas en IA ofrecen opciones para transformar los contenidos en recursos auditivos, adaptados al nivel de comprensión y a la intencionalidad pedagógica que trace el docente, como se muestra en la siguiente imagen:

Así, la IA no sustituye el juicio profesional del maestro, sino que amplifica sus posibilidades: organiza, sintetiza y presenta los materiales de acuerdo con el propósito que el profesor determine, incluso alineándolos con diferentes niveles de las taxonomías de Bloom. Investigaciones recientes destacan precisamente que la IA puede ser un apoyo valioso para diseñar experiencias de aprendizaje que transiten desde la comprensión básica hasta la creación innovadora, siempre que exista una mediación docente crítica y reflexiva (Zawacki-Richter et al., 2019; UNESCO, 2023).
Trabajando en equipo, podemos lograr una educación más personalizada, inclusiva y eficaz, donde cada estudiante alcance su máximo potencial sin que nadie quede atrás. Al final del día, la victoria no será de la IA ni del profesor en solitario, sino de una comunidad educativa que aprende a integrar lo mejor de la tecnología con lo mejor de la pedagogía, manteniendo siempre al ser humano en el centro del aprendizaje.
Conclusiones
En definitiva, el futuro de la educación no se juega en un ring donde docentes e inteligencia artificial midan fuerzas. Se construye en un espacio compartido donde ambos aprenden a coexistir y complementarse. La función del maestro, lejos de debilitarse, se engrandece al recuperar su papel estratégico: definir qué aprender y para qué, guiando con sensibilidad humana los procesos que ninguna máquina puede imitar. La IA, por su parte, encuentra su verdadero sentido como colaborador técnico, un apoyo que permite diversificar las formas de enseñar, personalizar los itinerarios y liberar tiempo para aquello que constituye la esencia de la docencia: el acompañamiento humano, la inspiración creativa y el desarrollo del pensamiento crítico.
Aceptar esta alianza no significa renunciar a la vigilancia crítica ni a la ética; al contrario, implica asumir la responsabilidad de que la tecnología se use con sentido pedagógico, equidad y respeto. El aula del siglo XXI no será un cuadrilátero, sino un laboratorio de co-creación donde la pedagogía y la IA se potencien mutuamente. Solo así la victoria será compartida: una educación más inclusiva, personalizada y profundamente humana, donde la tecnología se ponga al servicio de la formación y no al revés.

Referencias:

Holmes, W., Bialik, M., & Fadel, C. (2021). Artificial Intelligence in Education: Promises and Implications for Teaching and Learning. Center for Curriculum Redesign.

Luckin, R. (2018). Machine learning and human intelligence: The future of education for the 21st century. UCL IOE Press.

Selecciones del Reader's Digest ". Tomo XIV jul-dic. 1947. EUA. Pág. 171.

Selwyn, N. (2022). Education and Technology: Key Issues and Debates (3rd ed.). Bloomsbury Academic.

UNESCO. (2023). Guidance for generative AI in education and research. París: UNESCO.

Williamson, B., & Eynon, R. (2020). Education technology and datafication: A critical perspective. Learning, Media and Technology, 45(1), 1–6.

Zawacki-Richter, O., Marín, V. I., Bond, M., & Gouverneur, F. (2019). Systematic review of research on artificial intelligence applications in higher education – where are the educators? International Journal of Educational Technology in Higher Education, 16(1), 39. https://doi.org/10.1186/s41239-019-0171-0


domingo, 17 de agosto de 2025

El superpoder del docente en la era de la IA

📘 Resumir en ChatGPT

En colaboración con Mercedes Leticia Sánchez Ambriz

Si no tienes tiempo para leerlo, aquí puedes escuchar el pódcast. 

Vivimos en un torrente infinito de información y respuestas instantáneas al alcance de un clic. En este paisaje, la vieja definición de un educador como el guardián y transmisor del conocimiento ha quedado obsoleta. Si ser un sabelotodo era la base del poder, entonces hemos sido destronados por el silicio.

En esta transformación, es necesario desbloquear el superpoder del docente. Un poder que no compite con la IA, sino que opera en una dimensión completamente diferente, una que es inmune a la automatización.

Este superpoder no requiere una capa, pero sí exige valentía. La valentía de ser vulnerable, de hacer preguntas en lugar de dar respuestas, y de priorizar la conexión humana por encima de la cobertura del currículo.

La IA no es tu criptonita. Al contrario, es la herramienta que te libera del trabajo pesado, de la personalización de ejercicios, la búsqueda de datos, la gestión de tareas, para que el docente pueda dedicar su energía a ejercer su superpoder.

En la era de la inteligencia artificial, el docente no es una especie en extinción. Es la siguiente etapa de la evolución educativa: la inspiración es la transferencia de pasión. Es la chispa que salta de un ser humano a otro y enciende una curiosidad que ningún algoritmo puede programar.

La IA: puede generar una lista de "razones por las que el Renacimiento es importante". Puede crear una presentación impecable con fechas y nombres clave.

Lo que solo un humano puede hacer es la historia que, al hablar de Leonardo da Vinci, baja la voz con asombro y dice: “Imaginen por un segundo… sentir que son capaces de entender el vuelo de un pájaro y pintar una sonrisa enigmática, todo en la misma vida". Es la vulnerabilidad en su voz, el brillo en sus ojos, la pasión auténtica por el tema. Un humano no solo transmite datos; transmite significado y emoción. La IA conoce los hechos, pero el docente te hace sentir por qué importan.

La inspiración es contagiosa, y el portador siempre es humano.

Guiar no es solo dar instrucciones, es un acto de ver al individuo detrás del estudiante, con todo su contexto, sus miedos y su potencial oculto.

Lo que hace la IA es crear una ruta de aprendizaje personalizada basada en el rendimiento pasado de un alumno. Puede corregir un error al instante y ofrecer el siguiente ejercicio optimizado.

Lo que solo un humano puede hacer: es analizar el lenguaje corporal de una alumna que, aunque saca buenas notas, parece apagada. Es acercarse y preguntar: "¿Está todo bien? He notado que no participas como antes". Es saber cuándo presionar a un estudiante que necesita un desafío y cuándo dar un paso atrás y ofrecer apoyo a uno que está abrumado. Es la capacidad de decir: "El error en este problema no es tan importante como la frustración que sientes. "Hablemos de eso primero". Esto requiere empatía, inteligencia emocional y lectura del contexto humano, algo que está a años luz de cualquier modelo de lenguaje.

La IA puede ser un GPS, pero el docente es la brújula que también orienta el corazón

La conexión es el puente entre el conocimiento abstracto y la realidad vivida. Es la habilidad de tejer conceptos, personas e ideas en una red coherente y significativa.

Lo que hace la IA es explicar cómo una fórmula matemática se aplica en la ingeniería. Puede crear un grupo de trabajo virtual.

Lo que solo un humano puede hacer: es conectar esa fórmula matemática con la construcción del puente que los alumnos cruzan cada día para llegar a la escuela. Es crear una cultura de aula, un espacio seguro donde los estudiantes se atreven a debatir, a equivocarse y a aprender unos de otros. Es mirar a los ojos de un estudiante y decir: “Sé que este tema te parece difícil, pero está directamente relacionado con tu sueño de ser diseñador de videojuegos. Déjame mostrarte cómo". El docente conecta el contenido con la vida del alumno y a los alumnos entre sí, generando una comunidad de aprendizaje.

La IA genera enlaces de información; los humanos construyen lazos de confianza y pertenencia.

Diseñar, en educación, es mucho más que planificar una clase. Es la arquitectura de una experiencia completa, una narrativa de aprendizaje que involucra intelecto, emoción y acción.

Lo que hace la IA: generar un plan de lección perfectamente estructurado siguiendo cualquier modelo pedagógico (ABP, clase invertida, etc.).

Lo que solo un humano puede hacer: es diseñar una "expedición de aprendizaje". Es convertir el aula en un "laboratorio de misterios" para enseñar el método científico. Es organizar un debate que se vuelve tan apasionado que los estudiantes olvidan que están siendo evaluados. Es tener la intuición creativa para descartar el plan del día porque ha surgido una pregunta brillante que merece ser explorada por todos. Un docente no solo entrega contenido; orquesta momentos, provoca epifanías y construye recuerdos de aprendizaje.

La IA puede construir una casa con instrucciones precisas, que dé como resultado una estructuralmente impecable, con paredes (los temas) perfectamente alineadas. Las ventanas (las evaluaciones) colocadas a intervalos regulares para medir la luz (el conocimiento). El tejado (el objetivo final) cubre toda la estructura sin una sola gotera. No hay errores de cálculo.

El docente es quien controla el "desorden" que da vida al aula, cuando un estudiante pregunta algo no planificado y desvía la clase por una tangente fascinante e imprevista. En el debate apasionado que borra el reloj de la pared. En el proyecto que fracasa estrepitosamente, pero enseña la lección más importante de todas: la resiliencia. La IA optimiza, pero el docente evita los desvíos; porque estos desvíos a menudo se encuentran en el aprendizaje más profundo.

El docente es el director de la orquesta integrada por los estudiantes, es el humor, la paciencia, la exigencia rigurosa mezclada con un apoyo incondicional. Es la energía palpable de una clase donde los estudiantes se sienten seguros para arriesgarse.

En conclusión

El superpoder del docente consiste en estar al día con los avances tecnológicos, en seleccionar con criterio pedagógico las herramientas adecuadas y en adaptar los contenidos a una diversidad de estilos de aprendizaje. Sin embargo, su mayor fuerza radica en ejercer todo ello con un profundo sentido humano: inspirando, acompañando y transformando. Entre la innovación y la empatía, el docente se revela como un verdadero héroe de la educación, un arquitecto del conocimiento, recordándonos que enseñar siempre será un acto irrevocablemente humano,.y de infinito amor. 


martes, 28 de abril de 2020

Sin dudarlo el profesor es organizador no facilitador del aprendizaje.


Recientemente en una video conferencia organizada por la Corporación Universitaria Minuto de Dios de Colombia  me referí en relación a las habilidades del profesor ante la didáctica colaborativa, a que este tiene un rol organizador y no facilitador como es costumbre escuchar.

Una profesora participante me preguntó por qué empleaba esta denominación y dio varios argumentos para seguir utilizando el término de facilitador. A pesar de los argumentos que expuse, me quedé con la necesidad de profundizar más en esta idea.

Comienzo por buscar el origen de facilitador y leo en el diccionario RAE que en algunos países se le llama a la persona que se desempeña como instructor u orientador en una actividad, mientras en Venezuela se le llama así al maestro o profesor. Como esta definición no me convence, fui a la raíz de la palabra facilitar y encuentro que se define como hacer fácil o posible la ejecución de algo o la consecución de un fin, así como proporcionar o entregar. Esta definición se desprende del vocablo latín facilis, que se traduce como “fácil” y que surge del verbo facere que es sinónimo de “hacer”
Con todas estas definiciones léxicas me quedo en la idea que facilitar es hacer más fácil un camino.

¿El profesor tiene como única tarea el hacer más fácil el camino?

Por supuesto que es una de sus tareas, pero cumple muchas más. Entonces por qué llamarle facilitador. Con el desarrollo de las ciencias se produjo un fenómeno de especialización que generó la fragmentación en muchos campos y subcampos, que a su vez se nutrieron del intercambio con otras ciencias. Este proceso dio lugar a una recombinación de especialidades las que a su vez tomaron categorías de otros campos y los hicieron suyos. En educación tenemos muchos ejemplos como el caso de estrategia y facilitador.

El profesor no solo facilita el camino, esa es una de sus responsabilidades, pero no la única. El docente debe conocer las posibilidades de sus estudiantes para trabajar con el contenido, previsto en los objetivos, que también están en función del estudiante. Además debe seleccionar los métodos y su soporte los medios. Pero este proceso no termina aquí sigue con la verificación y retroalimentación. Tampoco concluye en este paso, pues durante todo ese proceso tiene la tarea de educar, formar, generar valores, predicar con su ejemplo. Ninguna de estas tareas se puede facilitar.

Otra de las tareas importantes del docente es la planificación del proceso pedagógico, no la que se escribe en un papel que se copia de año en año, sino la real, la que desarrollamos en la clase, sea presencial o no. Esa planificación no se facilita se desarrolla. La formación de grupos en los estudiantes, a partir de la concepción de la didáctica desarrolladora, indica que es necesario participar en todas las etapas del trabajo grupal. No se puede facilitar esta tarea, se organiza desde el principio, con la participación de los estudiantes.

Además de lo anterior sumamos la obligatoria necesidad de la preparación del profesor para cumplir con todas las tareas anteriores. Tiene que ser experto en su ciencia particular, pero además en las ciencias pedagógicas. Son pocas las profesiones a las que se les exige que se prepare en dos campos diferentes, debe dominar la ciencia que “explica” y la ciencia que trata sobre cómo “explicar”. 

Trabajamos con decenas de personalidades diferentes, con edades variadas, intereses, gustos, conocimientos previos que confían en nosotros a veces sin conocernos, solo por el nombre.

Sumando todas las razones anteriores quedo convencido que nuestro papel es el de organizar el proceso de aprendizaje colaborativo. Es muchas veces más complejo que facilitar, es más que dar, organizar es un nivel más alto y complejo, así es nuestra profesión, una obra de infinito amor.