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sábado, 25 de julio de 2026

El cubo de Rubik cubano vuelve a girar: 176 medidas para que el centro no se mueva


 

Recientemente publiqué un artículo en el que comparaba la economía cubana con un cubo de Rubik. La metáfora surgió de una conversación con un amigo cubano que me alertó de una sospecha: el desorden visible del país podía ocultar una reorganización silenciosa de la propiedad. La crisis desarmaba la vida de la mayoría, pero colocaba determinadas piezas en beneficio de los grupos vinculados al aparato estatal, militar y empresarial.

En aquel texto afirmé que el cubo no se estaba armando para el pueblo, sino frente al pueblo. Las 176 transformaciones económicas y sociales aprobadas en junio de 2026 obligan a volver sobre esa imagen. Ya no se trata únicamente de observar movimientos dispersos. Ahora existe un documento que propone reorganizar la empresa estatal, reconocer empresas privadas de mayor tamaño, permitir la venta de propiedades estatales, ampliar la participación del capital extranjero y modificar el comercio, la banca, la agricultura, el turismo y la protección social.

El cubo vuelve a girar.

Existe una característica del cubo de Rubik que adquiere aquí un significado político. Las piezas centrales permanecen unidas al núcleo y determinan el color de cada cara. Las restantes cambian de posición, pero el centro conserva su lugar. Algo semejante ocurre con las transformaciones anunciadas: se mueven las formas de propiedad, la gestión empresarial, las divisas, los salarios, los subsidios y las importaciones, pero la autoridad que decide quién participa, qué se vende, cuánto vale y en qué condiciones continúa siendo la misma.

El documento oficial presenta 176 transformaciones agrupadas en 23 ejes temáticos. Muchas de ellas sorprenden menos por su contenido que por el tiempo que fue necesario esperar para reconocerlas. Lo que debieron hacer 30 años atrás, lo resolvieron en pocos días. Son los mismos “dirigentes”, pero resulta que ahora aprueban las medidas a su conveniencia, falta de memoria o abuso de poder.

Se propone conceder mayor autonomía a las empresas estatales, descentralizar la aprobación de precios y salarios, eliminar subsidios a entidades ineficientes, establecer procedimientos de quiebra, reducir trámites, facilitar la creación de empresas privadas, permitir que una persona sea propietaria de más de una empresa y autorizar sociedades anónimas por acciones. También se admite que las empresas privadas contraten a más de cien trabajadores, desarrollen varias actividades y participen en sectores antes reservados al Estado.

Varias de estas decisiones pudieron adoptarse hace treinta o cuarenta años, cuando todavía existían recursos humanos, infraestructura productiva y una población con mayores expectativas dentro del país. Fueron postergadas bajo el argumento de que amenazaban los principios del sistema. Ahora reaparecen no como amenazas, sino como respuestas necesarias ante una economía que apenas logra sostenerse.

La transformación 17 propone convertir empresas estatales en sociedades mercantiles por acciones o participaciones. El Estado definirá su presencia accionaria y conservará una participación mayoritaria en los sectores clasificados como estratégicos. Las empresas estatales podrán comprar acciones de otras empresas. También podrán hacerlo las formas de gestión no estatal y las personas naturales, según una gradualidad que todavía debe definirse.

Las transformaciones 20, 21, 22 y 23 amplían el tamaño y las posibilidades de las empresas privadas. Una persona podrá ser titular de más de una empresa y participar como accionista en varias. Se reconocen empresas privadas con más de cien trabajadores y se incorporan nuevas formas societarias. No estamos ante una pequeña apertura dirigida únicamente al trabajo individual. Se está trazando la arquitectura de un sector empresarial privado con capacidad de acumulación, contratación e inversión.

La transformación 34 avanza todavía más: permite vender propiedades estatales a personas jurídicas y naturales, nacionales y extranjeras, incluidos los cubanos residentes fuera del país, siempre que demuestren el origen lícito de los fondos. No se habla solamente de gestión privada de un activo estatal. Se emplea la palabra venta. Esto supone transferencia de propiedad. No toma de sorpresa que mencionen a los cubanos residentes en otros países, lo que siempre fueron tildados de traidores. Pero conocemos que se refieren a los hijos y nietos de estos gobernantes, que estratégicamente hicieron su fortuna fuera de Cuba. Casualidad o pensamiento macabro.

En 2021, el discurso oficial había colocado ese camino dentro de los límites que no podían rebasarse. El Informe Central al Octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba advertía que un proceso de privatización barrería los cimientos de la sociedad socialista. También rechazaba la importación comercial privada porque rompería el monopolio estatal del comercio exterior. El informe asociaba estas demandas con el egoísmo, la codicia y el deseo de restauración capitalista. Fue aprobado por los mismos que hoy siguen en el poder.

Cinco años después, la transformación 148 permite la importación comercial directa para todos los actores económicos. La 17 contempla participación privada en empresas estatales. La 34 autoriza la venta de propiedades del Estado. La 52 abre la generación y comercialización de energía a capital privado y extranjero. La 84 incorpora capital privado en la actividad bancaria. Otras medidas reconocen empresas privadas agropecuarias, agencias de viajes privadas, cadenas de tiendas, restaurantes, servicios logísticos y operaciones inmobiliarias.

La contradicción no puede resolverse diciendo que el país cambió y ahora requiere otras respuestas. Eso explica la necesidad económica, pero no aclara la incoherencia política. Si en 2021 se afirmaba que determinadas decisiones destruirían el socialismo y en 2026 esas decisiones son aprobadas por las mismas estructuras, alguien debe explicar qué cambió en los principios, qué errores se cometieron y quién responde por las oportunidades perdidas.

Durante años se impidió a los ciudadanos realizar actividades que ahora son presentadas como parte de la recuperación nacional. Se cerraron caminos, se limitaron profesiones, se prohibió la acumulación empresarial y se mantuvo el monopolio del comercio exterior. Las consecuencias de aquellas decisiones fueron asumidas por la población. Sin embargo, el documento de 2026 no contiene una evaluación de las prohibiciones anteriores. El cubo gira, pero nadie reconoce haberlo movido antes en la dirección equivocada.

También conviene distinguir entre una transformación anunciada y una transformación ejecutada. Gran parte del documento está redactada con verbos como diseñar, crear, permitir, establecer, actualizar y transformar. Estos verbos expresan propósitos, no resultados. La comunicación oficial del 9 de julio informó que las normas jurídicas serían publicadas pronto. Al momento de esta redacción, ya se había creado el Instituto Nacional de Activos Empresariales Estatales, pero buena parte de las 176 medidas seguía dependiendo de regulaciones, procedimientos y decisiones futuras.

La distancia entre anunciar y aplicar ha sido una constante en la economía cubana. Por eso, el documento no debe evaluarse solo por lo que promete. Habrá que observar las normas, los plazos, las instituciones responsables y los mecanismos de control. Una cosa es autorizar la venta de una propiedad estatal y otra conocer cómo se valorará, quién podrá presentar una oferta, qué información será pública y quién verificará que no existan privilegios.

Las piezas se reparten, pero el centro permanece

La pregunta principal no es si Cuba necesita transformar su economía. La gravedad de la crisis hace difícil negar esa necesidad. La pregunta es quiénes estarán en condiciones de beneficiarse de la transformación.

Permitir que las personas compren acciones o propiedades estatales puede parecer una apertura general. Sin embargo, la igualdad jurídica no crea igualdad económica. La mayoría de los trabajadores cubanos ha vivido durante años con salarios devaluados, escasez, inflación y pocas posibilidades de ahorro. Muchas familias dependen de remesas. Una parte numerosa de la población joven y profesional abandonó el país. En tales condiciones, reconocer el derecho a comprar no significa que todos puedan hacerlo.

Quienes administran empresas, controlan información económica, poseen acceso a divisas o mantienen relaciones con las estructuras estatales parten desde una posición muy diferente. También disponen de ventaja los grupos empresariales ya establecidos y quienes cuentan con capital fuera de Cuba. La medida 34 incluye a cubanos residentes en el exterior, lo que puede atraer recursos, pero también confirma que buena parte del dinero necesario para adquirir propiedades nacionales ya no se encuentra dentro del país.

Este es el punto donde las 176 transformaciones se conectan con el artículo anterior. Durante años se produjo una concentración económica en conglomerados administrados por estructuras militares y estatales. Ahora se plantea valorar activos, convertir empresas estatales en sociedades mercantiles, vender propiedades, permitir participaciones accionarias y reconocer la acumulación patrimonial. Las piezas que antes se movían sin demasiada publicidad empiezan a recibir una forma jurídica.

No significa que todas las medidas hayan sido creadas para entregar el país a determinados grupos. El documento contiene propuestas necesarias y algunas podrían beneficiar a productores, trabajadores, municipios y pequeños empresarios. El problema nace de la ausencia de garantías suficientes sobre el reparto de esas oportunidades.

Para que una venta de activos estatales sea legítima se necesita conocer el inventario, la valoración, las condiciones de la convocatoria, los participantes y el resultado. También se requiere identificar posibles conflictos de intereses. Si quienes administraron una empresa durante años acceden antes que el resto a sus datos, deudas, activos y posibilidades comerciales, dispondrán de una ventaja difícil de compensar.

Las autoridades han hablado de transparencia, licitaciones públicas y plataformas para conocer los bienes disponibles. Esa intención tendrá que convertirse en procedimientos verificables. No basta con publicar que una propiedad fue vendida. Se debe conocer cómo se calculó su precio, quién compitió por ella y qué vínculos existen entre compradores, administradores y funcionarios.

La transformación 36 reconoce el crecimiento legítimo del patrimonio financiero y material de personas jurídicas y naturales. La formulación parece razonable, pero deja otra pregunta: ¿cómo se distinguirá la acumulación legítima de aquella obtenida mediante privilegios, información reservada, corrupción o acceso desigual a divisas? Reconocer la riqueza sin construir mecanismos públicos de fiscalización puede terminar validando diferencias cuyo origen nunca fue explicado.

El reacomodo también alcanza a la población que no comprará empresas ni acciones. La transformación 70 propone eliminar subsidios a productos y dirigirlos hacia personas seleccionadas. La 157 plantea sustituir la canasta familiar normada por ventas reguladas para personas vulnerables. La 100 anuncia devaluaciones sucesivas de la moneda nacional. Estas decisiones pueden responder a desequilibrios reales, pero trasladan riesgos hacia los hogares.

El documento promete incrementos salariales, actualización de pensiones y un Fondo de Protección Social. El resultado dependerá del orden y del tiempo. Si los precios, la devaluación y la eliminación de subsidios llegan antes que la ayuda, las familias perderán capacidad de compra. Si la identificación de las personas vulnerables falla, muchos quedarán fuera. En Cuba, la libreta no ha sido solo un mecanismo de distribución. Para numerosas familias representa el último acceso regular a ciertos alimentos.

Aquí surge otra contradicción con el discurso de 2021. En aquel momento se afirmó que jamás se aplicarían terapias de choque contra los sectores más humildes y que nadie quedaría desamparado. El documento de 2026 no utiliza esa expresión, pero reúne decisiones que pueden producir un impacto intenso si se ejecutan sin protección previa. Las palabras cambian y las piezas se desplazan, pero el costo vuelve a caer sobre la población.

Treinta años atrás, una apertura económica gradual habría encontrado una sociedad menos empobrecida, empresas menos deterioradas y una emigración menor. También habría permitido que muchos ciudadanos construyeran recursos propios a lo largo del tiempo. Hacerlo ahora significa iniciar la competencia después de que unos pocos han acumulado posiciones y la mayoría ha perdido capacidad económica.

Por eso, la demora no fue neutral. Cada año de prohibiciones redujo las posibilidades de unos y protegió las ventajas de otros. Cuando finalmente se abre la puerta, no todos llegan al mismo tiempo ni con los mismos recursos.

Las 176 transformaciones pueden modificar la economía cubana. Algunas corrigen prohibiciones que nunca debieron prolongarse. Otras reconocen relaciones económicas que ya existían. Varias abren oportunidades que deben ser observadas con atención. Pero ninguna responde todavía a la pregunta que recorre este artículo: ¿quién mueve el cubo y para quién se está ordenando?

El centro continúa en el mismo lugar. Desde allí se clasifican los sectores estratégicos, se decide qué propiedades se venden, se determina quién participa y se redactan las normas. Los ciudadanos reciben la invitación a controlar la implementación, pero no han decidido el modelo, sus prioridades ni el destino de los activos que durante décadas fueron presentados como propiedad de todo el pueblo.

En el artículo anterior escribí que muchos cubanos podían descubrir que el país que les pidieron defender ya había sido repartido antes de que les permitieran decidir sobre él. Las nuevas transformaciones no eliminan esa posibilidad. Pueden darle una forma legal.

El cubo de Rubik cubano vuelve a girar. Algunas caras cambian de color y ciertas piezas parecen encontrar su lugar. Sin embargo, el centro permanece inmóvil y las manos que realizan los movimientos siguen sin someterse al escrutinio ciudadano.

El problema ya no es solamente que el cubo se esté armando frente al pueblo. El problema es que ahora también pueden estar colocando sobre la mesa las reglas para repartir sus piezas.

 

sábado, 18 de julio de 2026

El cubo de Rubik cubano: cuando el poder empieza a repartirse la propiedad

Una conversación con un amigo cubano* me dejó una imagen difícil de olvidar: Cuba como un cubo de Rubik. No como juego, sino como método. No como entretenimiento, sino como operación política. La idea es dura, pero certera: el cubo parece desarmado durante mucho tiempo, aunque en cada giro algo va quedando colocado. Desde afuera, la gente ve desorden, crisis, apagones, escasez, colas, emigración, discursos repetidos. Pero dentro del mecanismo, pieza por pieza, se va armando otra cosa: la conversión del poder político y militar en poder económico.

El valor de esa metáfora está en que permite mirar a Cuba no solo desde el deterioro visible, sino desde la reorganización silenciosa de la propiedad. El país parece roto, pero tal vez no está roto para todos. Para la mayoría, la vida diaria se desarma. Para ciertos grupos, el cubo se acomoda.

La idea central es esta: los militares y los grupos vinculados al aparato del poder no solo administran el Estado; empiezan a colocarse como dueños reales de los sectores que generan divisas, control comercial, turismo, finanzas, importaciones y servicios. La discusión ya no es únicamente ideológica. No se trata solo de socialismo, bloqueo, resistencia o soberanía. Se trata de quién controla los activos, quién maneja las divisas, quién decide las inversiones y quién queda fuera del reparto.

Esa es la parte más delicada del cubo. Cada giro parece aislado: una empresa que pasa a manos militares, una cadena turística que se reorganiza, una tienda en divisas que aparece, una importadora que concentra operaciones, una cuenta que no se audita, una jerarquía que se vuelve empresarial. Nada de eso, visto por separado, parece el cierre del proceso. Pero la suma de los giros empieza a mostrar una figura reconocible.

La prensa internacional ha descrito a GAESA como un conglomerado empresarial operado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas. Associated Press recoge estimaciones del economista Pavel Vidal según las cuales GAESA controlaría cerca del 40 % del producto interno bruto cubano, con presencia en sectores como comercio minorista, turismo, finanzas, casas de cambio, hoteles, servicios y redes de negocios (Rubio Defends US Sanctions Targeting Cuba’s GAESA | AP News, n.d.). Reuters también ha reportado que el gobierno estadounidense identifica a GAESA como un conglomerado militar que controlaría al menos el 40 % de la economía cubana. (US Imposes Sanctions on Cuban Military Conglomerate, Mining Joint Venture | Reuters, n.d.)

La cifra puede discutirse, pero el fenómeno político no puede ignorarse: en Cuba se ha producido una concentración económica dentro de estructuras militares y estatales que no rinden cuentas ante la ciudadanía. Ese es el núcleo del problema. El ciudadano común recibe consignas; los grupos de poder reciben activos. Al pueblo se le pide sacrificio; a determinados sectores se les permite administrar la riqueza nacional sin transparencia suficiente.

La comparación con Rusia no es mecánica, pero ayuda a pensar. Tras la caída soviética, buena parte de la antigua estructura del poder político, administrativo y empresarial se reposicionó dentro del nuevo capitalismo postsoviético. No todos los antiguos cuadros se volvieron millonarios, pero muchas redes previas del Partido, los ministerios, las empresas estatales y los aparatos de gestión tenían algo que el ciudadano común no tenía: información, conexiones, acceso, experiencia administrativa y control sobre los recursos. Un estudio sobre la privatización rusa señala que la transferencia de derechos de propiedad desde 1991 favoreció a antiguos directivos de grandes empresas, funcionarios ministeriales y cuadros vinculados a estructuras económicas del Partido Comunista soviético. (Steiner, n.d.)

Esa experiencia rusa dejó una lección amarga: cuando un sistema cerrado entra en crisis, quienes mejor posicionados están para apropiarse del futuro no son necesariamente los ciudadanos, sino quienes ya controlaban el presente. No necesitan anunciarlo. No necesitan proclamar una reforma. Les basta con mover el cubo despacio.

En Cuba puede ocurrir algo semejante, con sus propias características. No estamos ante una privatización abierta al estilo clásico, donde el Estado reconoce que vende empresas y transfiere propiedad a actores privados. El proceso cubano parece más opaco: el poder mantiene el discurso socialista, pero administra zonas enteras de la economía con lógica corporativa, militar y cerrada. La palabra propiedad no siempre aparece, pero el control sí. Y en política, controlar de manera permanente equivale muchas veces a poseer.

Ahí entra la psicología social que mencionaba mi amigo. El pueblo ve, la gente sabe y muchos entienden que algo no cuadra. Ven hoteles levantarse en medio de hospitales deteriorados. Ven tiendas en divisas en medio de salarios devaluados. Ven militares convertidos en administradores de negocios. Ven dirigentes que hablan de sacrificio desde estructuras protegidas. Pero el miedo, el cansancio, la emigración, la vigilancia y la costumbre de callar van produciendo una sociedad que percibe el movimiento del cubo, pero no logra detenerlo.

La metáfora tiene otra fuerza: el cubo no se arma con un solo movimiento. Se arma por acumulación. Un cuarto de vuelta no cambia la figura completa. Dos giros tampoco. Pero cuando llega el último movimiento, todos se sorprenden al ver que el cubo ya estaba casi resuelto. La pregunta, entonces, no es si Cuba está en crisis. Eso es evidente. La pregunta más profunda es quién está ordenando la crisis a su favor.

Tal vez el drama cubano no sea solo la ruina de un modelo. Tal vez sea la transición encubierta de una élite política hacia una élite propietaria. Una mutación donde los viejos administradores del discurso revolucionario se preparan para ser los nuevos dueños de los recursos nacionales.

El cubo de Rubik cubano no se está armando para el pueblo. Se está armando frente al pueblo. Esa es la diferencia.

Y cuando termine de girar, muchos descubrirán que el país que les pidieron defender durante décadas ya había sido repartido antes de que les permitieran decidir sobre él.

·         No cito el nombre de mi amigo por razones de seguridad, la represión del régimen cubano es brutal y en su desesperación no les importa nadie

Citas

Rubio defends US sanctions targeting Cuba’s GAESA | AP News. (n.d.). Retrieved May 8, 2026, from https://apnews.com/article/us-sanctions-cuba-gaesa-moa-nickel-fe68b795495c84760a392db2affc10b9

Steiner, H. (n.d.). P 01-004 PRIVATISATION AND THE EMERGENCE OF NEW BUSINESS ELITES IN RUSSIA. Retrieved May 8, 2026, from http://bibliothek.wz-berlin.de/pdf/2001/p01-004.pdf

US imposes sanctions on Cuban military conglomerate, mining joint venture | Reuters. (n.d.). Retrieved May 8, 2026, from https://www.reuters.com/world/us/us-issues-new-cuba-related-sanctions-treasury-department-website-shows-2026-05-07/

 

jueves, 4 de junio de 2026

El precio de la dignidad: el agobio como daño humano en Cuba.


“Pero amigo, lo que casi no podemos es con el agobio, es aplastante. El precio de la dignidad es alto y no se paga parejo.”

La frase la escribió un amigo que vive en Cuba, no necesita adornos. Tiene la sequedad de quien ya no está describiendo una molestia, sino una forma de vida. No habla solo de un apagón, de una cola, de una enfermedad o de una noche sin dormir. Habla de una acumulación. Habla de una existencia empujada hacia el límite, donde cada día obliga a calcular lo mínimo: cuándo vuelve la corriente, cuándo entra el agua, qué comida se echará a perder, qué medicamento no apareció, qué transporte no pasó, qué fiebre será esta vez, qué explicación oficial volverá a pedir paciencia.

En Cuba, la crisis dejó de ser un episodio, se convirtió en permanente. La vida cotidiana quedó rodeada por una sucesión de fallas que ya no sorprenden, pero sí desgastan. La electricidad falla, el agua falla, el transporte falla, la salud pública falla, la alimentación se reduce, los medicamentos escasean, la información llega incompleta y la esperanza se va administrando en dosis cada vez más pequeñas. La población no enfrenta una emergencia puntual; vive una cadena de emergencias.

Por eso la palabra “agobio” es tan precisa, no es un simple cansancio. Es una presión sostenida sobre el cuerpo y sobre la mente. Es vivir sin descanso real, dormir mal porque no hay electricidad, levantarse de madrugada si llega la corriente, cocinar cuando se puede, lavar cuando se puede, cargar el teléfono cuando se puede, guardar agua cuando se puede, resolver (la palabra diaria) lo que el Estado no resuelve. La vida se transforma en una administración permanente de la carencia.

Las frases de la calle lo dicen con más fuerza que muchos informes: “Corriente y comida”. “Pongan la corriente”. “Solo queremos tres horas de electricidad”. “Nos estamos acostumbrando a vivir así”. “Esto es Apagonia”. “Ahorita seremos zombies”. Esas frases no son ocurrencias aisladas, es el registro de una subjetividad colectiva. En ellas aparece la reducción de las expectativas, el humor negro, la fatiga, la rabia contenida y la resignación forzada. Pedir tres horas de electricidad no es una demanda ambiciosa. Es la prueba de que la normalidad ha sido rebajada hasta niveles incompatibles con una vida digna.

Un apagón puede analizarse como un problema técnico: megavatios que faltan, plantas termoeléctricas detenidas, combustible que no llega, redes envejecidas. Pero ese análisis es incompleto. Un apagón prolongado es también un hecho humano. Significa comida descompuesta, niños con sueño, ancianos sofocados por el calor, enfermos sin condiciones adecuadas, familias sin agua porque las bombas no funcionan, estudiantes sin poder estudiar, trabajadores sin poder producir, personas desconectadas de sus seres queridos. La electricidad no es un lujo moderno, es una condición de funcionamiento de la vida diaria, es en última instancia un derecho humano.

Cuando los apagones duran horas y horas, el cuerpo empieza a pagar. El calor impide dormir. La falta de sueño aumenta la irritabilidad. La incertidumbre activa la ansiedad. La pérdida de alimentos produce rabia e impotencia. La imposibilidad de planificar destruye la sensación de control. La persona no descansa ni cuando se sienta, porque su mente sigue pendiente de lo que falta. El cuerpo está en la casa, pero la mente está en alerta. En muchos barrios cuando la electricidad “llega” la gente deja la escuela, su trabajo, para ir corriendo a su casa y aprovechar esos minutos de vida.

Desde la psicología, esto puede entenderse como estrés crónico por privación de recursos básicos. No es una reacción emocional exagerada. Es una respuesta comprensible ante una vida organizada alrededor de amenazas cotidianas. Si se pierde la comida, si no se duerme, si no hay agua, si no hay medicina, si no se sabe cuándo volverá la corriente, el organismo permanece en vigilancia. Esa vigilancia sostenida desgasta. El estrés ya no aparece como reacción breve ante un peligro, sino como clima permanente.

Ese desgaste tiene efectos; baja la concentración, aumenta la impulsividad, se reduce la paciencia, se altera el sueño, se deteriora el ánimo, crece la irritabilidad, se debilita la motivación. También aparece algo más difícil de medir: la sensación de que nada depende de uno. Si la persona se esfuerza, pero el resultado no cambia, aprende a esperar lo peor. Se adapta, pero esa adaptación no siempre es salud; a veces es una forma de rendición emocional.

Por eso la frase “es aplastante de espíritu” porta una gran fuerza. El espíritu, entendido aquí como ánimo, voluntad y expectativa de futuro, también puede ser aplastado. No solo se aplasta una economía o se derrumba una red eléctrica. También se deteriora la capacidad íntima de imaginar una vida distinta. La persona sigue funcionando, pero con menos energía moral. Se ríe, inventa, resuelve, pide prestado, se adapta, protesta o calla. Pero se va gastando por dentro.

La historia reciente de Cuba ofrece un antecedente doloroso de cómo la precariedad prolongada puede transformarse en daño corporal masivo. En los años 90, durante el llamado Período Especial, se produjo una epidemia de neuropatía óptica y periférica que afectó a más de cincuenta mil personas. La crisis alimentaria, la reducción de nutrientes, los cambios en la dieta, la pérdida de peso, el aumento del esfuerzo físico y otros factores tóxicos o nutricionales fueron parte de las explicaciones científicas revisadas entonces. Aquella epidemia demostró que una crisis económica no se queda en los bolsillos. Entra al sistema nervioso, a los ojos, a las piernas y se instala en todo el cuerpo.

Ese episodio debería impedir cualquier lectura superficial de las crisis cubanas, donde el pueblo de verdad se lleva la peor parte. La precariedad no es solo incomodidad, la escasez sostenida produce efectos orgánicos. El hambre parcial, la mala alimentación, la falta de vitaminas, el cansancio físico y la pérdida de condiciones básicas de vida pueden expresarse en enfermedad colectiva. La neuropatía de los años 90 fue una señal histórica: cuando una población vive demasiado tiempo en déficit, el cuerpo termina hablando. El cuerpo no cree en consignas, no cree en dirigentes panzones y en viejos militares.

El pasado año y en parte de este la epidemia de chikunguña y otras enfermedades transmitidas por mosquitos volvió a colocar el cuerpo en el centro del problema. No se conoce con certeza cuántas personas fueron afectadas. Las cifras oficiales y los registros sanitarios ofrecen una parte del cuadro, pero el subregistro parece inevitable cuando muchas personas no acuden al médico, no hay suficientes pruebas, se confunden diagnósticos y el sistema de salud enfrenta carencias severas. En ese contexto, la enfermedad circula no solo como virus, sino como miedo, rumor, dolor y agotamiento y se traduce en la protesta silenciosa.

La chikunguña es especialmente dura porque puede dejar dolores articulares persistentes. Hay personas que pasan semanas o meses con limitaciones para caminar, trabajar, cargar peso o moverse con normalidad. El dolor crónico modifica el carácter, la fatiga cambia la relación con los otros, el sueño se altera y la dependencia aumenta. La persona se vuelve más irritable, más triste, más vulnerable. No es debilidad moral. Es el efecto psicológico de vivir dentro de un cuerpo que duele y de un entorno que no ofrece alivio suficiente.

Si a ese dolor se le suman apagones, falta de repelente, escasez de medicamentos, acumulación de basura, ausencia de fumigación, agua almacenada en recipientes y hospitales deteriorados, el daño se multiplica. La enfermedad no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de una crisis mayor. El mosquito pica en una casa caliente, con ventanas abiertas por falta de ventilación, en un barrio con basura, en una familia sin medicamentos, en una ciudad cansada. El virus encontró un país debilitado.

La ineficiencia gubernamental se expresa justo ahí: en la incapacidad de impedir que las crisis se encadenen. Una administración responsable no puede evitar todos los desastres, pero sí debe reducir daños, anticipar riesgos, transparentar información, organizar recursos, proteger a los vulnerables y corregir errores. Cuando las fallas se repiten durante años, ya no basta con culpar a factores externos. Las sanciones, el bloqueo y las restricciones internacionales forman parte del contexto cubano, pero no explican por sí solos la falta de previsión, la opacidad informativa, la dependencia energética, la demora en transformar la matriz eléctrica, el deterioro hospitalario, la mala gestión de residuos, el abandono del transporte y la desigualdad real con que se reparten los sacrificios. Cuba y su gobierno de militares es un estado fallido, donde ellos cada día abren las tumbas a los cubanos de a pie.

Ahí entra la frase más dura: “El precio de la dignidad es alto y no se paga parejo.” Durante décadas, la palabra dignidad ha sido usada como emblema político. Se ha invocado para pedir resistencia, paciencia, disciplina y sacrificio. Pero una dignidad convertida en consigna puede terminar ocultando desigualdades. No todos viven los apagones igual. No todos consiguen comida igual. No todos acceden a medicamentos igual. No todos tienen planta eléctrica, divisas, familiares en el exterior, transporte propio o acceso privilegiado a servicios. El sacrificio colectivo rara vez es verdaderamente colectivo.

Cuando se dice que el pueblo debe resistir, habría que preguntar quién paga el costo mayor de esa resistencia. Lo paga la madre que espera la corriente de madrugada para lavar. Lo paga el anciano que no consigue el medicamento. Lo paga el niño que no duerme por el calor. Lo paga el trabajador que pierde comida comprada con esfuerzo. Lo paga el enfermo con dolor articular que no encuentra analgésicos. Lo paga la familia que no sabe si tiene dengue, chikunguña, oropouche o cualquier “virus” sin nombre preciso. Lo paga quien no tiene margen para escapar ni recursos para amortiguar la caída.

La dignidad no puede consistir en soportarlo todo. Una sociedad digna no es aquella donde la gente aprende a sobrevivir sin lo básico, sino aquella donde lo básico no se convierte en privilegio. Si la dignidad exige aceptar apagones interminables, dolor sin medicina, hambre parcial, sueño roto y silencio, entonces la palabra ha sido vaciada de su sentido humano. La dignidad verdadera debería proteger la vida, no exigirle a la vida que se acostumbre al deterioro. El Gobierno y sus cómplices externos, se robaron la dignidad, el discurso mentiroso y su mesa redonda diaria, solo son visto como la ausencia de dignidad.

Hay una dimensión moral en todo esto. No basta con medir cuántos megavatios faltan, cuántas toneladas de combustible no llegaron o cuántos casos sospechosos se registraron. Hay que medir el daño en términos de humanidad. ¿Qué ocurre con una población obligada a vivir durante años sin estabilidad mínima? ¿Qué ocurre con los niños que crecen viendo a sus padres resolver lo imposible cada día? ¿Qué ocurre con los jóvenes que aprenden que el futuro es una promesa rota? ¿Qué ocurre con los ancianos que sienten que resistieron toda una vida para llegar a una vejez sin descanso?

La respuesta no es solo económica ni médica. Es psicológica, social y ética. Una población sometida a crisis sucesivas puede desarrollar mecanismos admirables de solidaridad, humor, inventiva y resistencia. Pero también puede desarrollar desesperanza, cinismo, apatía, irritabilidad, duelo acumulado y pérdida de confianza. La adaptación no debe confundirse con bienestar. Que una persona sobreviva no significa que esté bien. Que un pueblo aprenda a resolver no significa que no esté siendo dañado. Que un pueblo se calle por la represión militar no quiere decir que esté en silencio. En Cuba protestar es sinónimo de represión, de cárcel.

El agobio se vuelve más peligroso porque muchas veces no se ve. No siempre produce una imagen dramática. A veces aparece como cansancio normalizado, como mal humor familiar, como pérdida de ilusión, como ganas de irse, como silencio, como chiste amargo, como cuerpo dolorido, como insomnio, como una frase enviada a un amigo: “lo que casi no podemos es con el agobio”.

Esa frase merece ser escuchada con seriedad. No es una queja menor. Es un diagnóstico humano. Cuba no está viviendo solo una crisis eléctrica, ni solo una crisis sanitaria, ni solo una crisis alimentaria. Vive una crisis de condiciones básicas para sostener una vida psicológicamente respirable. Cuando cada jornada se vuelve una prueba de resistencia, cuando la incertidumbre se instala como norma, cuando el cuerpo enferma y la mente no descansa, el daño deja de ser coyuntural. Se vuelve una marca.

El mayor fracaso de un sistema político no es solo producir pobreza. Es pedirle a la gente que llame dignidad a la administración cotidiana de su propio desgaste. Es convertir la resistencia en obligación moral. Es exigir paciencia a quienes ya han entregado demasiado. Es normalizar que la población pague con su cuerpo, su sueño, su salud y su esperanza los errores acumulados de quienes gobiernan en Cuba.

“Corriente y comida” no debería ser una consigna de protesta en pleno siglo XXI. “Solo queremos tres horas de electricidad” no debería ser una aspiración aceptable. “Nos estamos acostumbrando a vivir así” no debería ser leído como fortaleza. Esas frases muestran el punto exacto en que la vida se achica. Y una vida achicada durante demasiado tiempo no solo empobrece el presente; también hiere el futuro.

El precio de la dignidad no puede seguir cobrándose sobre los mismos cuerpos. No puede seguir pagándose con noches sin dormir, con alimentos perdidos, con dolor sin alivio, con enfermedades mal diagnosticadas, con jóvenes que se van y con ancianos que esperan. La dignidad, si todavía quiere significar algo, debe empezar por devolver a las personas aquello que nunca debió faltarles: luz, comida, agua, salud, descanso, información confiable y la posibilidad de vivir sin sentirse aplastadas por el día siguiente. Pero esa dignidad se inicia por la frase que hoy todos los cubanos piensan: que se vayan

lunes, 25 de mayo de 2026

Cuba y la deuda que no volvió

 

Cuba no solo envió discursos a África y América Latina. Envió hombres, armas, médicos, maestros, técnicos, asesores y una parte considerable de su limitada capacidad nacional. Lo hizo bajo el nombre de internacionalismo. Esa palabra ocupó durante décadas un lugar casi sagrado en la retórica política cubana. Servía para explicar la presencia en Angola, Etiopía, Argelia, Guinea Bissau, Mozambique, Nicaragua, Bolivia, Chile, El Salvador, Colombia y Venezuela. Servía también para convertir el sacrificio externo en deber histórico y causa del pueblo cubano.

Si hoy miramos esas acciones desde la situación actual, aparecen muchas preguntas y reclamos. La isla atraviesa apagones, escasez de combustible, deterioro alimentario, salarios sin capacidad real de compra y una vida cotidiana marcada por la espera. Se espera que haya electricidad, que se bombee agua, que aparezca con qué cocinar los pocos productos a los que tienen acceso la mayoría de los cubanos. Entre 2024 y 2026, el respaldo material visible de muchas naciones beneficiadas por la política internacionalista cubana ha sido reducido, desigual o casi inexistente. El apoyo diplomático contra el bloqueo permanece, pero no se convierte de manera automática en petróleo, alimentos, créditos o inversión. Esa diferencia entre gratitud verbal y ayuda concreta abre una pregunta incómoda: ¿qué recibió el pueblo cubano a cambio de tantos años de sacrificio?

El internacionalismo como política de Estado

La participación cubana en África y América Latina debe leerse dentro de la Guerra Fría, la radicalización de la Revolución cubana y la dependencia económica, militar y diplomática de la Unión Soviética. Cuba no fue un apéndice total de Moscú, pero tampoco actuó con autonomía material plena. Cuba combinó iniciativa propia, ambición ideológica, búsqueda de prestigio y dependencia de subsidios, armas, petróleo y protección soviética.

Angola fue el caso central. La Operación Carlota comenzó el 5 de noviembre de 1975. Su objetivo inicial fue impedir la caída de Luanda antes de la independencia. Luego se convirtió en una misión militar de larga duración. Datos conservadores estiman que más 300 mil militares cubanos pasaron por Angola entre 1975 y 1991. A ellos se sumaron cerca de 50.000 colaboradores civiles, entre ellos unos 10.000 docentes. Esa dimensión revela que no se trató de una ayuda simbólica, sino de una movilización nacional de gran escala.

La presencia cubana en África no se limitó a Angola. En Argelia hubo apoyo político, sanitario y militar. En Guinea Bissau, Cuba aportó médicos e instructores al PAIGC. En Etiopía envió entre 12.000 y 17.000 militares en el pico de la guerra del Ogadén. En Mozambique participó con cooperación educativa, médica y técnica. En Namibia su influencia fue indirecta, pero asociada al desenlace regional de la guerra angoleña y al proceso de independencia. Esa variedad muestra que el internacionalismo fue una política de múltiples instrumentos: guerra, salud, educación, asesoría, propaganda y diplomacia.

En América Latina, la política cubana tuvo otro rostro. En los años sesenta respaldó movimientos guerrilleros en varios países. Bolivia quedó marcada por la experiencia del Che en 1966 y 1967. Nicaragua recibió apoyo político, educativo y sanitario. El Salvador mantuvo vínculos con la insurgencia. Chile fue escenario de influencia política e inteligencia durante el gobierno de Salvador Allende. Colombia terminó representando una mutación: Cuba pasó de inspirar procesos insurgentes a ser sede y garante del proceso de paz con las FARC. Venezuela fue el caso tardío más rentable para La Habana, con la relación de médicos por petróleo y una alianza estatal de gran peso económico.

El discurso de Fidel Castro presentó esas acciones como deber moral. África aparecía como deuda histórica. Angola era una causa de dignidad. La lucha contra el apartheid, el colonialismo y el imperialismo funcionaba como argumento político y emocional. Esa narrativa no fue vacía. Hubo riesgos reales, muertos reales y una presencia cubana reconocida en varios procesos de liberación. Pero tampoco puede ser leída sin cálculo político. El internacionalismo elevó el prestigio de Fidel, fortaleció la imagen mundial de Cuba, le dio liderazgo en el Movimiento de Países No Alineados y permitió convertir las privaciones internas en parte de una épica exterior.

El costo que quedó dentro de Cuba

El costo humano fue alto. La Operación Tributo recordó 2.289 restos de combatientes repatriados desde África en 1989. Otras estimaciones ubican los muertos cubanos en Angola en torno a 2.016 a 2.100. No existe una contabilidad pública definitiva, lo que obliga a tratar las cifras con cautela, pero no reduce la gravedad del sacrificio.

El costo económico es más difícil de calcular. El propio Fidel afirmó que Angola pagaba alojamiento y alimentación de las tropas, y que Cuba pagaba salarios y primas de guerra. La Unión Soviética asumió una parte grande del aparato material. Sin embargo, eso no elimina el costo cubano. Cuba puso personas, organización, logística, cuadros profesionales y años de trabajo que no fueron dedicados a la agricultura, la vivienda, el transporte, la infraestructura o los servicios internos, con un costo incalculable.

Ese es el punto que más afecta al pueblo cubano. Los discursos hablaban de solidaridad internacional, pero la vida cotidiana cargaba con ausencias. Miles de familias entregaron hijos, padres, hermanos, médicos, maestros y técnicos a misiones lejanas. Muchas recibieron ceremonias, medallas y consignas, pero no necesariamente explicaciones completas. El dolor fue absorbido por el relato oficial del héroe internacionalista. La pregunta económica quedó casi siempre fuera del debate público: ¿cuánto dejó de construirse dentro de Cuba para sostener una política exterior tan ambiciosa? No olvidemos que Cuba estaba saliendo de la “Zafra de los 10 millones” en 1970 y las penurias económicas de aquella desastrosa idea de Fildel.

La comparación con el presente vuelve más dura esa pregunta. Entre 2024 y 2026, Cuba enfrenta una contracción económica, apagones masivos, escasez de combustible y problemas alimentarios, como nunca. El apoyo diplomático contra el bloqueo se mantuvo en organismos internacionales, pero la ayuda material visible fue limitada. Argelia es uno de los pocos casos con apoyo material relevante, por sus exportaciones de crudo y gas. Angola, país donde Cuba concentró su mayor esfuerzo histórico, solo da su apoyo diplomático, pero sin una ayuda material proporcional. Namibia muestra gestos solidarios incipientes. Colombia y Bolivia sostienen apoyo político. Venezuela, que fue soporte material decisivo durante años, aparece en 2026 con un auxilio reducido o interrumpido. Nicaragua, lejos de aliviar la situación cubana, eliminó la exención de visado para cubanos. Mozambique, Etiopía, Guinea Bissau y Congo no muestran, una colaboración material relevante y visible.

Esa realidad no se puede afirmar que todos abandonaron a Cuba. Hay apoyos diplomáticos, memorias agradecidas y gestos simbólicos. Pero sí permite sostener una tesis más precisa: la reciprocidad material ha sido débil frente a la magnitud del sacrificio histórico. Muchos países que recibieron tropas, médicos, maestros, armas, asesoría o respaldo político no aparecen hoy como sostén efectivo de la sociedad cubana. La gratitud existe en discursos, aniversarios y comunicados. El problema es que la electricidad, el combustible, los alimentos y los medicamentos no llegan por medio de discursos. El hambre no se elimina con palabras.

Aquí se produce el mayor desajuste entre memoria y realidad. Cuba construyó una red de prestigio, pero no una red de auxilio suficiente. Ganó reconocimiento en sectores del Sur global, pero no garantías materiales para su población. Ganó una narrativa heroica, pero perdió vidas, recursos, capital humano y autonomía económica. La política internacionalista presentó el sacrificio como virtud nacional, pero pocas veces permitió discutir cuánto costaba esa virtud a quienes hacían colas, vivían con salarios insuficientes o veían partir a sus familiares hacia guerras y misiones decididas desde arriba. Nunca se consultó al pueblo, fue una decisión de Fidel y así debía cumplirse.

No se trata de negar el valor histórico de algunas acciones cubanas. La defensa inicial de Angola, el aporte a la independencia de Namibia, la cooperación médica y educativa en países africanos y latinoamericanos dejaron huellas reales. Tampoco se trata de convertir toda solidaridad en cálculo mercantil. La ayuda entre pueblos no siempre puede medirse con una factura. Pero una cosa es reconocer el valor de la solidaridad y otra muy distinta es aceptar que un Estado use durante décadas los recursos de su pueblo sin rendir cuentas claras sobre costos, pérdidas y beneficios.

La paradoja es severa. Cuba ayudó a sostener gobiernos, formar cuadros, educar niños, curar enfermos y ganar batallas fuera de sus fronteras. Hoy, buena parte de esos antiguos beneficiarios no tiene capacidad, voluntad o prioridad política para auxiliarla de manera proporcional. La historia dejó una deuda moral, pero la política internacional contemporánea se mueve por intereses, recursos y coyunturas. La memoria agradece; los mercados deciden. La retórica acompaña; los barcos con combustible no siempre llegan.

El internacionalismo cubano fue una de las políticas exteriores más activas del siglo XX en el Sur global. Tuvo gestos de valor, resultados concretos y costos profundos. El pueblo cubano pagó una parte alta de esa política con vidas, trabajo, privaciones y silencio. La crisis actual permite mirar hacia atrás con menos consignas y más preguntas. La más dura no es si Cuba fue solidaria. Lo fue. La pregunta es si el pueblo cubano fue consultado, informado y recompensado por una solidaridad que hoy, en su hora más difícil, regresa en forma de homenajes, votos diplomáticos y muy poca ayuda material.

domingo, 15 de febrero de 2026

El bloqueo económico de EUA a Cuba es tan real, como real es la ineficacia del gobierno cubano

Escribir de la economía cubana sin caer en consignas y sin ser economista exige una disciplina simple: separar hechos verificables de interpretaciones y luego reconstruir cómo se encadenan. Si uno hace ese ejercicio con dos hilos documentales (citados al final del documento y de acceso abierto), el régimen de sanciones de Estados Unidos y la secuencia de decisiones económicas del Estado cubano desde 1959, aparece una conclusión incómoda para ambos bandos del debate. El bloqueo existe, tiene mecanismos concretos, genera costos medibles y añade fricciones financieras y comerciales que no se resuelven con retórica. A la vez, la persistencia de una productividad baja, la rigidez institucional, la administración discrecional de divisas y precios, los ciclos de reformas que abren una puerta y cierran tres, el despilfarro, la escasa información sobre inversiones, entre otros más, constituyen una fuente interna de ineficacia que también es verificable y que no puede explicarse solo por el bloqueo.

La discusión pública suele partir de una falsa disyuntiva: o todo es culpa del bloqueo o todo es culpa del gobierno cubano. En la práctica, el bloqueo opera como un conjunto de restricciones externas que encarecen y complican transacciones, y la ineficacia interna opera como un conjunto de normas y reglas que reducen la capacidad productiva y la generación de divisas. Cuando ambas dinámicas se superponen, el resultado es una economía con restricción externa crónica, desajustes monetarios recurrentes y deterioro del bienestar material. Queda claro, que, a las medidas de las administraciones norteamericanas, el gobierno cubano fue y es escasamente creativo, demostrando en más de seis décadas su ineficacia, donde la culpa “siempre” la tiene el bloqueo.

Bloqueo: mecanismo y efectos verificables

En Cuba se le llama bloqueo, mientras que en EUA se reconoce por embargo. El embargo o bloqueo estadounidense contra Cuba no es una metáfora. Es un régimen jurídico y administrativo que se fue construyendo por capas, con hitos normativos identificables y con un componente extraterritorial que afecta la relación de Cuba con bancos, navieras y empresas de terceros países. Un punto de arranque ampliamente citado es la Proclamación Presidencial 3447 de 1962, que formaliza la prohibición de importaciones cubanas y restringe exportaciones estadounidenses hacia la isla (Proclamación 3447, 1962). A partir de allí, la política se endurece con leyes posteriores que cambian la calidad del bloqueo. La Ley Torricelli (1992) amplía restricciones al impedir que filiales extranjeras de empresas estadounidenses comercien con Cuba, y la Ley Helms Burton (1996) codifica el embargo en ley federal y abre la puerta a litigios relacionados con propiedades nacionalizadas, lo que incrementa el efecto disuasivo sobre actores no estadounidenses (Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act, 1996).

La arquitectura del bloqueo importa por sus mecanismos económicos. No se trata solo de “no venderle a Cuba”, sino de elevar costos de transacción, aumentar riesgos legales y encarecer financiamiento. En una economía que depende de importaciones para sostener consumo, energía, insumos industriales y parte de su sistema sanitario, las fricciones financieras pueden traducirse en demoras, sobreprecios y sustituciones forzadas de proveedores. La investigación sobre el embargo sintetiza esta lógica al subrayar que las sanciones afectan comercio bilateral, penalizan relaciones con terceros y restringen viajes y remesas, con efectos acumulados en el acceso a divisas y al sistema financiero.

El hecho de que el bloqueo exista no implica que sea la única causa de la crisis. Implica algo más preciso: si Cuba tuviera un modelo productivo eficiente y flexible, el bloqueo seguiría siendo un lastre serio, pero su impacto podría amortiguarse con diversificación exportadora, sustitución eficiente de importaciones y acceso a mercados alternativos. El problema es que muchas de esas rutas de amortiguación también dependen de reglas internas que, por décadas, han limitado la capacidad de generar divisas de forma sostenible. A ellas se suman graves errores económicos del país, que van desde una nacionalización absoluta hasta el despilfarro de numerosos recursos. Los países salvavidas de Cuba, como la antigua URSS, Venezuela con Maduro y ahora México, han otorgado a Cuba, miles de millones de dólares en productos, especialmente combustible que no fue siempre bien empleado.

La dimensión multilateral del tema también es verificable. Año tras año, la Asamblea General de la ONU vota resoluciones que piden el fin del embargo, con apoyos abrumadores y una oposición sistemática de Estados Unidos e Israel, aunque esas resoluciones no son vinculantes (United Nations General Assembly, 2023). Más allá de la discusión jurídica, esto muestra aislamiento diplomático de la política y refuerza su carácter persistente. Esa persistencia tiene un efecto económico obvio: obliga a planificar bajo una restricción externa que no es coyuntural, sino estructural. En ese entorno, la creatividad y las maneras de sortear el bloqueo han faltado siempre en el gobierno cubano. Es más fácil pasar la culpa al otro, que asumir su propia culpa.

Un punto delicado es la cuantificación del daño. Cuba publica estimaciones anuales de pérdidas atribuidas al bloqueo, y esas cifras circulan ampliamente en medios y debates. Metodológicamente, deben tratarse con cautela: incluyen costos directos, sobreprecios, oportunidades perdidas y otros componentes que dependen de supuestos. Aun con esa cautela, el dato cumple una función: el costo no es cero y, en varios sectores, se manifiesta como escasez de repuestos, dificultades de pagos internacionales y problemas de abastecimiento.

Hasta aquí, el argumento es directo: el bloqueo es real, tiene base legal, opera por mecanismos económicos reconocibles y genera costos. El error analítico aparece cuando se usa esa realidad como explicación total, como si el resto de las variables internas no existieran o fueran irrelevantes. El segundo hilo documental, la secuencia de políticas económicas internas, muestra por qué esa explicación total no se sostiene.

Ineficacia interna: incentivos, productividad y política económica

La ineficacia del gobierno cubano, entendida en términos económicos, no se prueba con adjetivos, se prueba con instituciones, incentivos y resultados repetidos. Un hecho duro es que el Estado cubano construyó desde los sesenta un aparato de planificación central que reorganizó la propiedad, la producción y el abastecimiento. La creación de la JUCEPLAN en 1960 representa esa arquitectura de planificación (Ley 757, 1960). En el mismo periodo se consolidan mecanismos de control del consumo y distribución normada, y se expande la estatización de actividades económicas. Estas decisiones respondieron a objetivos políticos y sociales claros, y también a shocks externos tempranos, pero dejan una herencia institucional: centralización de decisiones, señales de precios debilitadas, y un sistema donde la asignación administrativa sustituye al cálculo económico descentralizado. En otras palabras, las leyes económicas universales, se rompen para imponer sus leyes, que en seis décadas siempre demostraron su total ineficiencia.

La investigación sobre la economía cubana desde mediados del siglo veinte hasta hoy propone una lectura transversal que es útil para este análisis: la economía cubana puede entenderse como una secuencia de soluciones de emergencia ante una restricción externa persistente y una productividad interna insuficiente. Cada paquete de medidas intenta cerrar el desequilibrio de divisas, pero crea distorsiones e incentivos que luego obligan a nuevas correcciones. Esa lógica de parches no describe solo una coyuntura, describe un patrón.

Hay tres campos donde la ineficacia interna se vuelve observable de manera recurrente.

El primer campo es la productividad. Una economía puede enfrentar sanciones externas y aun así sostener niveles aceptables de bienestar si su aparato productivo genera bienes, exporta valor y sustituye importaciones con eficiencia. El problema es que la estructura de incentivos en Cuba ha castigado, durante décadas, la productividad agrícola e industrial mediante precios administrados, restricciones a la empresa no estatal, controles sobre importación de insumos y un marco regulatorio cambiante. La consecuencia práctica es un ciclo conocido: escasez de oferta, inflación reprimida o abierta, y expansión del mercado informal. No hace falta idealizar el mercado para reconocer que, cuando la economía cotidiana depende de “resolver” fuera de los canales formales, la productividad formal está fallando. Más del 50 % de la tierra cultivable en Cuba está cubierta de un arbusto invasivo llamado marabú, que es no es culpa del bloqueo, sino de la política agraria del régimen cubano.

El segundo campo es la política monetaria y cambiaria. Cuba es un laboratorio de regímenes monetarios: legalización de divisas en 1993, creación del CUC en los noventa, desdolarización parcial en 2004, expansión posterior de circuitos en divisas, y el Ordenamiento monetario de 2020. En la investigación económica (se adjunta el final el enlace para ser leído en su totalidad) se subraya que los cambios monetarios no son solo técnicos, son regímenes que crean ganadores y perdedores y que reescriben expectativas sociales. El Ordenamiento, por ejemplo, se implementa con cambios salariales nominales y un intento de unificación, pero termina conviviendo con nuevas formas de segmentación asociadas al acceso a divisas (Gaceta Oficial, 2020;). Una lección histórica emerge: si no hay oferta suficiente y si la disciplina fiscal y productiva es débil, la reforma monetaria tiende a convertirse en inflación y brecha cambiaria, no en equilibrio. Después de casi una década creando el famoso Ordenamiento, en seis meses fue eliminado. Pudo más la realidad económica que el pensamiento gris de los burócratas socialistas. Pudieron más las leyes económicas reales, que las leyes socialistas, que solo llevan al callejón sin salida.

El tercer campo es la administración de divisas. En economías con restricción externa, la divisa es un recurso estratégico y escaso. La pregunta no es si debe administrarse, sino cómo. La evidencia reciente que recoge el documento económico sugiere que Cuba vuelve a operar con “reglas en movimiento” en materia cambiaria, con segmentación y ajustes por norma. Ese tipo de arquitectura puede ser una respuesta a la escasez, pero también revela un problema: la economía no está generando divisas suficientes para que una tasa oficial funcione como precio de equilibrio. Si el tipo de cambio es, en la práctica, un resultado administrativo, aparece un incentivo fuerte al arbitraje, a la captura de rentas y a la corrupción. En ese terreno, el bloqueo agrava, pero la raíz está en la capacidad interna de producir y exportar. Recordaremos cómo se trató de culpar al Toque un medio externo, de la caída del peso cubano, cuando la realidad es otra bien diferente y es la que da pie al título.

Con esto se entiende mejor la tesis de este artículo: el bloqueo y la ineficacia interna no se anulan, se potencian. El bloqueo eleva costos y reduce márgenes de maniobra. La ineficacia interna reduce productividad y multiplica la dependencia de importaciones y divisas. Una economía así entra en una trampa: necesita divisas para producir y producir para obtener divisas, pero su marco institucional dificulta ambas cosas. En ese punto, cada shock externo, pandemia, caída de un aliado energético, endurecimiento de sanciones, se transforma en crisis sistémica porque encuentra un aparato productivo frágil y descompuesto. Esto es lo que hoy hace tambalear el régimen. Un ejemplo claro, es la política de construir hoteles para el turismo internacional, cuando desde hace años, el índice de ocupación es bajo, y el turismo interno es casi inexistente. La casi totalidad de la población cubana no tiene los recursos mínimos para vacacionar en estas instalaciones.

Hay otro aspecto que suele omitirse por incomodidad: el embargo no ha logrado, en más de seis décadas, el objetivo político que Estados Unidos declara con frecuencia, y al mismo tiempo ofrece al gobierno cubano un argumento narrativo para explicar fracasos internos. Este doble efecto es funcional para ambos extremos del conflicto: en Washington, el embargo se mantiene por razones políticas internas; en La Habana, el embargo se usa como explicación dominante. El resultado es un equilibrio político de baja eficacia económica. Quien paga el costo principal es la población, porque el deterioro material no distingue entre causas externas e internas. Los gobernantes cubanos lo saben y se mantienen aferrados al poder por décadas.

Cualquier lectura honesta debe reconocer también la dimensión social. Cuba ha priorizado por décadas políticas sociales, y ese componente no puede borrarse del análisis económico, aunque el bienestar no se agote en salud y educación. En el presente, la erosión del bienestar material se expresa en escasez, migración y deterioro de servicios. Parte de esa erosión se conecta con restricciones externas, parte con fallas internas de gestión y productividad. Negar una de las dos partes empobrece el diagnóstico y conduce a soluciones ilusorias.

Cierre

El bloqueo de Estados Unidos a Cuba es un hecho histórico y jurídico, con mecanismos extraterritoriales y efectos económicos que elevan costos, reducen acceso financiero y complican importaciones. La ineficacia del gobierno cubano también es un hecho económico, visible en décadas de baja productividad, regímenes monetarios que crean segmentación, despilfarro de recursos, escasa comunicación sobre las inversiones con capital extranjero y sus ganancias y administración de divisas que sustituye equilibrio por decreto. La evidencia reunida en las dos investigaciones permite sostener una idea central: el bloqueo no explica por sí solo la crisis, y la ineficacia interna no ocurre en el vacío. La crisis es el resultado de la interacción entre una restricción externa persistente y una estructura interna que no logra generar oferta, divisas y confianza regulatoria de manera estable.

Si el debate público quiere dejar de ser propaganda, debe aceptar esta doble realidad. Solo así se abre una discusión más productiva: qué porción del daño proviene de sanciones y qué porción proviene de reglas internas, qué reformas institucionales aumentarían productividad aún bajo sanciones, y qué cambios en la política estadounidense reducirían costos humanitarios sin convertirse en premio político automático. Ese debate, si se quiere serio, empieza por lo que aquí se defendió: el bloqueo es real y la ineficacia interna también.


Cuban Liberty and Democratic Solidarity (LIBERTAD) Act of 1996 (Helms Burton Act), Pub. L. No. 104-114, 110 Stat. 785.

Ley 757. (1960, 11 de marzo). Creación, organización y funciones de la Junta Central de Planificación Económica (JUCEPLAN).

Proclamación Presidencial 3447. (1962, 3 de febrero). Embargo sobre el comercio con Cuba.

United Nations General Assembly. (2023). Necessity of ending the economic, commercial and financial embargo imposed by the United States of America against Cuba (resolución anual de la Asamblea General).

Diseño metodológico. Para la creación del artículo se llevaron a cabo dos investigaciones profundas en ChatGPT, en dos cuentas diferentes del autor de este trabajo. Cada una de ellas dio por resultado la consulta de más de 200 fuentes, incluidas las propias de Cuba, de las que se emplearon unas 70 citas. Si está interesado en acceder a ambas, añado las dos direcciones.

Primera investigación con un total de 27 citas, acceso desde este enlace

Segunda investigación con un total de 51 citas acceso desde este enlace

martes, 23 de diciembre de 2025

Mi primera Navidad en Cuba.

 

No dejen de escuchar el podcast, un relato de esta celebración

Tendría siete años cuando viví mi primera Navidad cubana. Recuerdo un auto norteamericano manejado por mi tío Pablo, de esos donde cabían muchas personas, en especial todo aquel grupo de primos, que después fui dejando de ver.

Mi primer recuerdo inicia cuando fuimos a recoger a mi padre en la peletería donde trabajaba, "La Cubana" una tienda de calzados con sus vitrinas repletas de todo tipo de zapatos, nacionales y extranjeros, de color negro, blanco y aquellos que combinaban los dos colores. Me gustaba el olor a calzado nuevo y, por supuesto, ver a mi papá trajinando con una caja de zapatos para llevarle a una dama, a un hombre o un niño que esperaba reposadamente por aquella prenda tan necesaria.

Aquel día, no recuerdo si un 23 o un 24 de diciembre, mi padre fue el último en subir a aquella nave familiar, donde con mis tíos, tías y primos pusimos rumbo a un pueblito casi en el centro de la isla. ¿A qué hora llegamos? No lo recuerdo, tampoco dónde nos quedamos a dormir, pero si cómo mis primos y otros primos de aquel lugar jugábamos corriendo de un lado al otro.

No recuerdo la cena de Navidad, pero mis únicos dos recuerdos son ver a mis tíos y a mi papá haciendo girar sobre carbón un palo que atravesaba un cerdo y el otro que los primos corríamos, jugábamos a los escondidos y a los policías y ladrones. A la mañana siguiente vi que los adultos desenterraron una garrafa de vidrio, que al destaparla llenó de un olor dulce con un toque alcohólico la sala donde estaba una mesa grande. Aquel preparado fue servido en vasos que solo los mayores probaban; el ambiente se llenó de risas, abrazos y de peticiones de los primos para que nos dejaran probar el elixir misterioso.

Supongo que ese día regresamos a La Habana, de nuevo con los tíos riendo y charlando de tantas cosas de la vida que no puedo recordar. El único recuerdo que tengo es que esa fue mi primera y última Navidad. Después, esa fecha fue borrada del calendario revolucionario cubano, convertidos en traidores los que la seguían haciendo y marginados por completo.

Hoy sé que no fue mi última Navidad, sino la última vez que la viví con inocencia, con abundancia de rostros y con la tranquilidad de no saber que algo podía perderse para siempre. Cuando la volvimos a retomar, nada fue igual; fueron mesas casi vacías, menos risas y pocas personas a las que abrazar.

Pero aquella primera vez sigue intacta, resistiendo al olvido y a los años, recordándome que hubo un momento en Cuba en el que la Navidad existió no como una fecha, sino como un abrazo colectivo que aún me acompaña, aunque ya no esté en el calendario.

 

domingo, 20 de octubre de 2024

Cuba el país de las casualidades.

Con el último apagón eléctrico general en toda la Isla se volvieron a poner de moda las casualidades de los problemas cotidianos. Digo casualidades porque hasta hoy no se señala a ningún responsable directo, no se remueve del cargo a ningún dirigente y tampoco se conocen las verdaderas razones de estas constantes desconexiones eléctricas. Es como el juego del dominó, la casualidad está presente en las fichas que te toquen.

Como aun mi memoria es buena, creo que una de las primeras casualidades fue cuando Fidel decidió que en 1970 se debían producir 10 millones de toneladas de azúcar, para satisfacer sus compromisos con los antaño países socialistas de Europa. Fidel, que era agrónomo, médico, economista, maestro, diseñador de moda, arquitecto y cualquier otra especialidad, se metió en cumplir su alocada idea.

Quiso plantar caña donde antes se cosechaban mangos y mameyes, en terrenos que no eran propios para dicho cultivo, pero si él lo decía debía plantarse allí, aunque después nadie le pidió cuentas. Incluso decidió que ese año el Sol debía retrasarse una hora, ya que extendió el horario de verano por todo un año. La casualidad hizo que el Sol no le hiciera caso y que los 10 millones nunca se lograran. Fue la casualidad, no hubo responsables, tampoco cambios en su gobierno.

Otra casualidad fue la famosa vaca Ubre blanca, donde de nuevo Fidel dijo que era el inicio de la producción de leche, soñando con abastecer al mundo entero, solo con una vaca que explotaron hasta que se convirtió en un monumento abandonado. De nuevo la casualidad fue la culpable que aquella idea loca no se hiciera realidad.

Después fueron otras ideas de la escuela al campo y la escuela en el campo, tergiversando una frase de José Martí referido a la formación teórica práctica. La casualidad de nuevo hizo que esas ideas fueran desapareciendo sin explicación alguna. Más absurdo fue eliminar las cocinas de gas y sustituirlas por pésimas cocinas chinas que funcionaban con corriente eléctrica, en un país donde la generación de electricidad ya era un problema. La casualidad hizo que poco a poco aquellas cocinas se quedaran de adornos en las casas. Nadie respondió por ello.

Otra de las ideas fue cambiarle el nombre a un mineral llamado zeolita y convertirlo en el mineral del siglo XXI, con el que se podía lograr casi todo. Las casualidades de nuevo fueron el mejor aliado del fracaso. Otras de esas casualidades agronómicas fue la del cultivo de la moringa, con la que se podía mejorar la alimentación de la población. La casualidad hizo que aquello desapareciera y fuera otro cuento más. 

En otra iluminación repentina, decidió que Cuba sería el país más culto del mundo, creando las aburridas clases por televisión. Regaló televisores y caseteras y logró que las maestras, en vez de que los estudiantes aprendieran de las clases, lo hicieran de las telenovelas que eran más entretenidas. La casualidad vino al rescate, nadie se hizo culpable de no lograr su meta.

Pero las casualidades siguen estando presente. En el 2022 un camión que cargaba gas en el hotel Saratoga explotó, matando a muchas personas, hiriendo a otras, destruyendo viviendas, pero sin un culpable a la vista. Fue la casualidad la que trajo la muerte y destrucción.

De nuevo, otra enorme explosión en los tanques de petróleo en la ciudad de Matanzas, fue obra de la casualidad. Miles de toneladas ardieron por obra y gracia de la casualidad, mientras unos pobres reclutas del ejército fueron enviados a apagar las llamas con equipo no apto y una explosión acabó con sus vidas. Hoy no hay culpables, fue la casualidad.

La lista es enorme, tanto como los sucesivos apagones diarios. En el 2021 hubo otro apagón general y hoy se repite con magnitudes insospechadas.

En Cuba, la casualidad ha sido la eterna compañera de los grandes fracasos, disfrazando la falta de responsabilidad como simples casualidades. La historia se repite una y otra vez: errores sin culpables, promesas sin resultados y tragedias sin respuestas. En la Isla, las casualidades parecen ser la única certeza en un país donde la rendición de cuentas es tan escurridiza como el sueño en un apagón.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La Habana, la capital de todos.

Donde yo nací, donde me crié, donde me formaron así comienza una popular canción de Pablo Milanés, el grande de la Nueva Trova cubana, que la pido prestada para escribir de mi Habana. La Habana que llega a sus 497 años rebosante de energía y llena de turistas.

La Habana es la ciudad donde el reloj camina más despacio, la vida es menos rápida y la gente vive más. Los vecinos son por casi toda la vida y muchas veces hasta que la muerte los lleve al descanso final. Usted puede salir al balcón de su casa y pedir al vecino más cercano un poco de azúcar o un limón y el pedido pasa de balcón en balcón hasta que a sus manos llega el limón más fresco de todo el vecindario.

En las mañanas el olor a café salta de una casa a otra, se filtra por las rendijas de las puertas y nunca adivinamos si es del vecino de la derecha, el de los altos o el de la izquierda. Los timbres de los teléfonos tienen el mismo sonido en casi todas las casas y tampoco reconocemos si el que se escucha es de nuestra casa o el de los vecinos más cercanos. 

La Habana es la ciudad donde en las esquinas y plazas populares su gente se reúne, no solo para disfrutar de la belleza del lugar o de la brisa refrescante, para conversar de política, de béisbol o salud, sino también para emplear las conexiones Wifi por la que la mayoría de los habaneros acortan la distancia con su familia allende los mares.

Dos lugares populares de La Habana donde acceden a la conexión Wifi
Es la Ciudad donde los teléfonos públicos, casi extinguidos en la mayoría del Planeta, son empleados por sus habitantes. Muchos de ellos llevan en sus bolsillos tarjetas, no del banco, ni de presentación, sino las empleadas para llamar a través de esos teléfonos.

La Habana es la ciudad donde la economía estatal arrastra muchos de los malos hábitos del extinto sistema socialista y que limitan la innovación del habanero. En La Habana los restaurantes privados, no son restaurantes, son paladares y durante muchos años les llamaron bonsái ya que solo podían contar con 12 sillas, como los doce apóstoles o la conocida cinta “Las doce sillas” todo un clásico del cine cubano.

La entrada de una paladar en una casa de dos plantas, un plato típico cubano
Es la capital donde los ómnibus tienen otros nombres, las guaguas se llamaron enfermeras en los años 50 por su color blanco, en los 80 se transformaron en aspirinas, porque quitaban el dolor de cabeza de transportar millones de habaneros, pero no resolvían el problema. La aspirina se combinó con el camello, que al decir del humorista Carlos Ruiz de la Tejera, era un monstruo rodante de muchas ruedas y donde cabían cientos de guaguanautas. A los camellos los relevó el metro bus, un adelanto de un metro para la Ciudad que solo fue portada de los periódicos. Con ese afán de transformación, los camellos cambiaron de nombre y bautizados como P, con una lista de números del 1 al no sé cuánto. 
El metrobus y el P, sustitutos del camello
La Habana es la ciudad cosmopolita, los extranjeros no son señores, son amigos, a los asiáticos les dicen chinos, a los españoles gallegos, aunque sean canarios y a los norteamericanos no se les dice gringos, sino yumas.

Es la Ciudad donde los autos norteamericanos de los años 40, 50 y 60, pierden su marca para ser llamados almendrones. Ellos no compiten con los modernos Audi, Mercedes y de otras marcas y modelos, simplemente ganan en cantidad, colores, contaminación y pasajeros.

Los habaneros, no tienen necesidades, ellos resuelven, lo mismo reparan un colchón en el medio de la calle, que la habitación de puntal alto la dividen a la mitad entre el techo y el piso y donde antes dos camas ocupaban todo el espacio, ahora la ocupan cuatro, gracias a la barbacoa, que nada tiene que ver con la conocida expresión culinaria.
A la izquierda la barbacoa de una casa, dividida a la mitad solo se puede aprecia
desde el frente de la vivienda. Reparación de un colchón
No hay cable de televisión, solo canales nacionales que cada vez menos personas sintonizan, a excepción del horario de la telenovela y la pelota. Pero el habanero es inventor por nacimiento, ante la falta del cable, creó el paquete. Es una selección de lo más actual en el mundo de la televisión, si quiere ver la última serie de Juego de Trones, en La Habana se ve primero que en muchos otros países. El paquete es moderno, cabe en una memoria USB o en un disco externo de 1 Tb, los noticieros y los documentales del paquete, tienen más credibilidad que Telesur.

Pero La Habana y toda Cuba por obra y gracia de la burocracia económica, tiene dos monedas nacionales, ambas se llaman pesos, pero solo el cubano sabe identificarlo. Cuando le dicen 10 pesos, generalmente son 10 pesos de la moneda oficial, la que se describe en Wikipedia. Pero cuando le dicen 10 fulas, 10 chavitos o 10 CUC, son 10 pesos de la otra moneda que equivale a veinte y cuatro veces más. Pero aún con monedas todos saben la conversión y lo mismo pagas el ómnibus con cuarenta centavos nacionales, que con cinco centavos de la otra moneda. En fin los habaneros son grandes matemáticos, el mejor ejemplo Baldor, el del libro de matemáticas que muchos creímos era árabe por la portada de su libro, pero habanero de nacimiento.

La Habana es la ciudad de las columnas, como expresó Alejo Carpentier, la de las sábanas blancas de Gerardo Alfonso, es la ciudad más coqueta que una flor, como canta Xiomara Laugart, es la capital por donde pasaron las grandes figuras de los últimos dos siglos, desde Humbolt, Einstein y todos los actores y directores del cine norteamericano de la primera mitad del siglo pasado, sin olvidar a los premios Nobel Hemingway y García Márquez.

Por eso nadie duda que entre cientos de ciudades, la Habana es la ciudad maravilla, es la ciudad de todos.